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Crónicas de la noche de Pinamar, una fiesta de sol a sol

En el balneario todo comienza a la tardecita y se extiende hasta el amanecer. Dominan los jóvenes, pero también hay ofertas para los más grandes y las familias

Crónicas de la noche de Pinamar, una fiesta de sol a sol

Todos de blanco, de rigor para la noche pinamarense / Roberto Acosta

Pedro Garay

Por: Pedro Garay
pgaray@eldia.com

27 de Enero de 2020 | 02:27
Edición impresa

Enviado especial a la Costa Atlántica

20 horas. “Despedimos al sol y lo recibimos”, grita el animador del after beach del Parador Boutique, mientras el público baila con el atardecer de telón. “Venimos acá todas las tardes”, dice Mariel al compás de las bases que lanza el DJ. No es una adolescente: es una de las tantas madres que acude religiosamente a los after beach de las playas pinamarenses, que toman distancia de lo “cool” y juvenil de la movida y abrazan a las familias.

Viene siendo una temporada diferente para Pinamar. Mucho más familiar, con noches llenas de jóvenes pero bastante más tranquilas que aquellas temporadas de excesos y desmanes. Los chicos tienen sus lugares, y Boutique es, de hecho, el principal, tanto de día como de noche, pero aún allí, en el atardecer, se filtran padres recién salidos de bailar con ganas de moverse un rato.

En Boutique, donde los after suelen derivar en fiestas de la espuma y fiestas de colores, con el correr de las horas (los after arrancan pasadas la 19), los más grandes se retiran y quedan los más chicos.

Pero otros paradores del balneario ofrecen after ya diseñados para las familias que este año han subido la temperatura en Pinamar. Los administradores hoteleros y comerciantes lo adjudican al 30%, que impidió a muchos realizar sus habituales viajes estivales a Brasil y Uruguay: y Pinamar, con sus after, sus gazebos, sus paradores eco, sus 4x4, sus restoranes hipster, su predominio de termos Stanley, funciona como un reflejo criollo de Punta del Este.

“PREVIANDO”

1.30 horas. “Estamos previando”, explica el líder de una bandita de platenses que copan la Bunge, avenida céntrica pinamarense, a la altura de la playa. Llevan sus heladeritas y “viajeros”, conocen chicas, charlan: la previa es en la calle, horas después de que los after se hayan apagado.

La noche juvenil comienza así a contramano de la noche familiar: los grandes salen al centro, comen, hacen shopping. Y hacia la una empiezan a desvanecerse, mientras aterrizan duchados y comidos (gracias a algún menú gasolero: fideos con salchichas, el más repetido) los jóvenes. Pero los paradores que abren de noche no abren hasta pasadas las dos: hay que hacer tiempo, y entonces la previa se alarga, una, dos horas, porque tampoco es cuestión de ir al boliche apenas abre y hacer cola.

En la primera quincena, las previas estuvieron tranquilas. Incluso algo raleadas: no se vieron las calles tomadas por el hormonazo adolescente de otros años, aunque los jóvenes vaticinan que a medida que se caliente la segunda parte de la temporada, las hordas juveniles desembarcarán.

“En la segunda quincena, los chicos cubren toda la playa”, explica sobre las previas un joven habitué del balneario, que se queda todo el mes y conoce el paño.

Y hay rumores de una fiesta en la playa, ya tradicional, hacia el cierre de la segunda quincena, la fiesta de blanco. El municipio todavía no dio el OK.

2.30 horas. “Es la white night”, explica Brian, un muchacho que como casi todos en la gran caravana, el gran éxodo de la costanera hacia el sur de Pinamar, viste de blanco. Boutique, el parador de los jóvenes, decretó que es la noche blanca, y hordas de blanco comienzan a abandonar sus previas playeras.

Boutique es una de dos opciones para los sub 23: la otra es Nina, que abrió esta temporada y quiere disputarle esa franja etaria al balneario que ya es tradición. Es el nicho que hizo de la noche de Pinamar, hace años, legendaria y escandalosa: la franja que copaba Ku, que llegó a tener hasta 8 mil visitantes los sábados. Hoy, estos paradores que abren de noche, boliches improvisados junto al mar, a lo sumo juntan 1.500 pibes.

EL ESPACIO VACÍO

Ku dejó un espacio vacío en Pinamar que nunca se llenó: en la localidad que supo tener 11 boliches, hoy “boliches, boliches, no hay. Tenés que ir a Gesell”, explica Juan Pablo, de 21 años, que llegó a Pinamar hace una semana junto con sus amigos. Y el éxodo hacia Pueblo Límite, el gran boliche gesellino, queda, claro, reservado para una o dos noches por temporada.

Entonces, los sub 23 salen a los paradores. Saltean noches, se quedan hasta tarde en la playa, aprovechan y ahorran. Durante las previas, ruegan por descuentos a los tarjeteros, usan sus contactos para conseguir entradas gratis, lo que sea. Luego, caminan hacia su destino nocturno, que según el éxito en las gestiones puede ser un parador o el departamento que alquilan.

3 horas. “Te juro que soy mayor”, ruega una joven en la entrada de Boutique. En los ingresos, se pide religiosamente documentos (también la policía). Pero algunos menores se filtran, o ingresan más tarde, cuando los controles son más relajados. Por las dudas, los encargados no dejan entrar a los fotógrafos al boliche: no vaya a ser que un padre vea, al otro día, a su hijo menor de edad bebiendo alguna sustancia para mayores…

Ku había sido eje de polémica por el ingreso ilegal sistemático de menores de edad durante años, una cuestión que hoy asoma más controlada, aunque, en off, un empresario de la noche explica que solo a medias: en Pinamar, dice, el negocio “son los teen”.

Para esta hora, de las previas solo quedan viajeros abandonados y botellas olvidadas en la costanera pinamarense: el éxodo hacia el sur, donde están los paradores de moda, ya es total. Pero ya no es hora de entradas anticipadas o de ingreso 2x1 (termina a las 3), por lo cual la mayoría de los que llegan tarde tiene que desembolsar entre 600 y 1.000 pesos. Los precios son más altos que en la primera quincena, y volverán a subir el fin de semana.

3.30 horas. “No sabemos qué hacer”, dice un grupo de muchachos de más de 30 años. Para ellos, la oferta en Pinamar es reducida. Y cara. La lluvia, para colmo, amenaza con clausurar la noche (casi todo es abierto, o semiabierto) mientras caminan por una desierta calle Bunge, buscando un destino.

Los bares y cervecerías de la zona están cerrados y los lugares para los jóvenes “más grandes” son tres. UFO Point, ubicado en Avenida de las Artes y playa, es ya una tradición, pero tiene un costo de ingreso de 1.500 pesos con consumición (con la promesa de subir el valor el fin de semana). Freda’s Beach es una alternativa nueva, que salió este verano a la caza de ese grupo etario sin destino. Y si no, siempre está Súper XV: una suerte de boliche abierto, pero no tan masivo como los de Gesell. Allí, temprano, suenan bandas de rock, y luego la electrónica marca el ritmo. Una oferta “para los que van a las cervecerías”, dice su encargado.

Allí se refugian los más grandes hasta que sale el sol. Como ya es tradición en Pinamar, a la madrugada caminarán, como también lo harán los más chicos, unos metros hasta la playa para recibir al astro. Ha terminado otra noche, otra vez, de día.

 

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