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La sede del Rectorado de la Universidad de La Plata/archivo
Luciano Román
Hace 103 años, la universidad pública argentina no solo se transformó a sí misma. La Reforma de 1918 produjo, además de un profundo cambio en los claustros y en el gobierno universitario, un modelo para la sociedad de aquel tiempo. Fue un movimiento inspirador y un giro que marcó, a principios del siglo XX, el rumbo de un espíritu reformista y transformador que permeó distintos estamentos sociales. El mensaje de aquella reforma –en tiempos del yrigoyenismo– fue que toda institución debía modernizarse, revisarse, atreverse a poner sus creencias en discusión. ¿Cuál es el modelo y el rumbo que ofrece hoy la universidad pública? Con las facultades cerradas desde hace casi dos años, lo que domina a la educación superior se asemeja a la antítesis de cualquier espíritu reformista. Replegada en las cuadrículas del Zoom, la universidad parece reivindicar una épica de la comodidad. Si ya hace años que había dejado de discutirse a sí misma, hoy ofrece a los jóvenes –y a la sociedad– un modelo de resignación, de conformismo y de chatura reñido con la propia naturaleza del espíritu universitario.
Que las universidades públicas sigan cerradas es algo que no resiste, a esta altura, ninguna justificación desde el punto de vista sanitario. ¿Cuál es entonces el fundamento? Las propias autoridades lo explican así: “Como muchos estudiantes son del interior y se volvieron a sus hogares, les generaríamos un trastorno si ahora los hiciéramos volver”. ¿Es un argumento o una excusa? Podría tomarse como un planteo demasiado elemental y pedestre, si no encerrara –en verdad– un mensaje revelador. “Quédense cómodos en las casas de sus padres; sigan cursando desde el sofá”, les dice la universidad a algunos de sus estudiantes, mientras obliga a los otros a esperarlos. “No se preocupen por volver; no les vamos a exigir apurones ni incomodidades… Así estamos bien; el año que viene veremos”. Es un modelo de paternalismo universitario; una contrarreforma basada en la comodidad, que, como aquella de 1918, también parece permear el ánimo y la estructura de la sociedad.
Con las cursadas virtuales se pierde calidad educativa, se empobrece la experiencia universitaria, se debilita el concepto de comunidad estudiantil y se hace más distante el vínculo con los docentes. Pero los costos no se limitan a la enseñanza y la formación profesional: con su actitud, la universidad le envía un mensaje peligroso a la sociedad. En términos simbólicos, una institución que desde todo punto de vista representa a la Argentina privilegiada está diciendo que no está dispuesta a hacer ni a exigir sacrificios, ni tampoco a maniobrar sobre la marcha para atenuar las pérdidas que implica la virtualidad. No debe ser casual que seis de cada diez argentinos (según un estudio de la Universidad Austral que reveló Diego Cabot en La Nación) prefieran trabajar en el Estado antes que en el sector privado. El dato se conecta con otras realidades: muchos pueblos del interior no tienen pediatras, ni anestesistas, ni ortodoncistas (por ejemplo) porque son cada vez menos los profesionales jóvenes dispuestos a hacer lo que hizo Favaloro en los años 50, cuando fue a ejercer como médico rural a Jacinto Aráuz, un pueblo remoto de La Pampa. ¿No serán las consecuencias de una universidad que prioriza y estimula la comodidad por encima del esfuerzo, el riesgo y el desafío?
El argumento con el que se demora la presencialidad universitaria en el sistema público es, además de insostenible, falso. ¿Cuántos son los estudiantes del interior que cancelaron sus contratos de alquiler y estarían imposibilitados de regresar? Nadie ha hecho ningún relevamiento. ¿No son más los que siguen pagando alojamiento a la espera de que vuelva la presencialidad? Es muy probable. ¿No son muchos los que volvieron porque, después de algunos meses, descubrieron que no podían sostener las cursadas virtuales desde sus lugares de origen? También es posible. ¿No son más los jóvenes del interior o del extranjero que se quedaron porque, además de estudiar, trabajan? Son muchos, seguramente. Pero además de la épica de la comodidad, la universidad parece practicar el arte de la improvisación y la ligereza. Se toman decisiones sin datos rigurosos, sin relevamientos confiables y sin fundamentos serios. Otro mensaje preocupante de una institución que debería ofrecer modelos de rigurosidad y precisión.
Pero a la argumentación universitaria (avalada por el nuevo ministro de Educación de la Nación) no solo le faltan datos; también le falta coherencia. Si el problema son los estudiantes que se fueron y no pueden volver, ¿por qué una universidad nacional como la de La Plata, por ejemplo, no abre su biblioteca pública con aforo y protocolos seguros? ¿Por qué esa misma casa de estudios mantiene cerrado el Museo de Ciencias Naturales, cuando ya han abierto todos los museos del país? ¿Por qué tiene abandonado y convertido en un pastizal el Jardín Botánico de Agronomía? Pueden parecer datos aislados, pero revelan que las universidades públicas siguen cerradas porque han encontrado su propia comodidad, no por los estudiantes que se volvieron a las casas de sus padres. Nos encontramos entonces con otro mensaje perturbador: una universidad que no dice la verdad.
El manejo dogmático, improvisado y oportunista de la cuarentena le ha provocado al sistema educativo un daño irreparable. Con excesiva e inexplicable demora se ha reconocido el terrible costo que implicó el cierre de las escuelas primarias y secundarias durante casi un año y medio. Sin embargo, la universidad asiste a ese debate con impavidez y, lejos de proponer modelos y alternativas, ofrece un mal ejemplo que también tendrá, en el largo plazo, consecuencias catastróficas.
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¿A quién le reclamarán los graduados por Zoom cuando descubran, en el mundo laboral que en estos años recibieron una formación de baja intensidad? A la hora de rendir cuentas, los rectores de las universidades públicas, que se repliegan en silencios y lugares comunes, seguramente apelarán a la jerga autojustificadora de la burocracia universitaria.
A tono con el poder, que cree que todo pasa por “poner platita en los bolsillos”, las universidades prometen cursadas y títulos por Zoom para garantizar el conformismo y la comodidad de todos. El problema es que esos títulos quizá terminen convertidos en papel pintado, igual que la plata en el bolsillo. ¿No hay, desde los decanatos y rectorados, una subestimación de la propia comunidad universitaria? Es cierto que los reclamos por la presencialidad (que existen y no son pocos) no han dominado la escena, más bien monopolizada por una pasividad general. Pero el silencio empieza a incomodar. Que no estemos asistiendo a una gran ebullición por las facultades cerradas no significa que no haya un sustrato de malestar que algún día pase factura.
Los rectores y decanos, en connivencia con el Gobierno y los sindicatos, se han convertido en abanderados de esta “contrarreforma” de la comodidad y el conformismo. Tal vez les asegure sus reelecciones y sus cargos. Pero ¿qué lugar les deparará en la historia del sistema universitario argentino? ¿Terminarán acentuando un éxodo hacia la universidad privada, como ya ha hecho la escuela pública con su propia degradación? Hay que remontarse a tiempos oscuros para encontrar un contraste tan grande con el espíritu universitario, que nunca prefirió la comodidad y el silencio, sino el esfuerzo y el debate; nunca se refugió en el statu quo, sino que se lanzó a la búsqueda; nunca se resignó a la quietud, sino que se arriesgó en las vanguardias.
Tal vez se imponga la indiferencia y la universidad pública quede reducida a una maquinaria burocrática expendedora de títulos devaluados. Pero quizá detrás del silencio se esté incubando una nueva reforma: la de los universitarios que exigen un modelo de futuro. La moneda está en el aire. Discutir el statu quo puede ser un punto de partida.
El artículo fue publicado en el diario La Nación el 28 de septiembre
¿A quién le reclamarán los graduados por Zoom?
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