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La obsesión de una diva

La nueva ópera de Buenos Aires Lírica se estrenó en el Teatro Avenida

10 de Junio de 2014 | 00:00

Por Nicolás Isasi

Adriana Lecouvrer es una ópera en cuatro actos del compositor italiano Francesco Cilea con libreto de Arturo Colautti basado en el drama Adrienne Lecoucreur escrito por Eugéne Scribe (1791-1861) con la colaboración de Ernest Levouvé (1807-1903).

Francesco Cilea (1866-1950) fue un compositor italiano contemporáneo a Puccini, aunque pasara inadvertido por el mundo entero. Nacido en Palmi (municipio perteneciente a la región de Calabria, justo en la punta de la bota) supo tener un gran éxito dentro del ambiente musical, a pesar que dedicó gran parte de su vida a la docencia y a la dirección de instituciones o academias musicales. No es casual que el Conservatorio estatal de Reggio Calabria lleve el nombre en su honor. Adriana Lecouvreur es la más importante de todas sus obras.

Adrienne Couvreur (1692-1730) era el nombre real de la reconocida actriz parisina recordada por sus grandes interpretaciones de tragedias griegas, que encontró la muerte en el transcurso de su representación de Marianne, sobre el escenario. Aparentemente le habrían suministrado una dosis de veneno en la copa que debía beber durante su actuación. Entre sus admiradores y amantes, el más recordado fue Mauricio de Sajonia o Moritz von Sachsen (hijo de Augusto “el fuerte”, primer rey sajón de Polonia), quien sirviera para la corona francesa como Mariscal. Parte de esa historia es la que toma Scribe para la realización del drama en cinco actos que luego Colautti adaptaría en cuatro para la ópera de Cilea.

El estreno fue el 6 de noviembre de 1902 en el Teatro Lírico de Milán, con el mismísimo tenor Enrico Caruso (Maurizio) y dirección de Cleofonte Campanini. En Buenos Aires, Adriana Lecouvreur se estrenó en 1903 en el Teatro de la Ópera, nuevamente con Caruso; esta vez dirigido por el maestro Arturo Toscanini. En el Teatro Colón se vio por primera vez en 1948 bajo la batuta de Héctor Panizza. BAL la presentó en 2005 también en el Teatro Avenida.

LA PUESTA DE BAL

La directora norteamericana Crystal Manich, creadora de Opera Omnia y conocida por su puesta en BAL de Madame Butterfly, es la primera vez que aborda este título como directora escénica. Ella no concibe esta puesta en la actualidad por el arraigo a una época concreta que presenta la obra. Es fiel seguidora de la partitura y aquello que dice el libreto original.

El colorido vestuario de época fue realizado por Lucía Marmorek aportando movimiento propio a los diversos personajes. La escenografía, de carácter simple pero muy bien realizada (cabe destacar las pinturas del teatrino y telones) es obra de Noelia González Svoboda. En un comienzo resulta poco clara, pero a medida que pasan los diferentes cuadros, todo cobra sentido cuando esos mismos elementos van rotando, apareciendo y desapareciendo, mientras el público pasa a ser observador de los mismos espectadores (interpretados por cantantes). Toda la calidez del primer acto cambia rotundamente con la llegada de La princesa de Buillon. Un momento bello dentro de la obra fue la puesta en escena de la tragedia griega mientras Adriana y la Princesa de Bouillon se miran con sed de envidia. La iluminación, realizada por Rubén Conde, y los movimientos pausados de los actores generan un toque sutil que permanecerá en la memoria aún finalizada la obra. Toda la “platea escénica” permanece en penumbras con una leve luz azul, mientras se destaca el Teatrino gracias a las candilejas (incomprensibles en el primer cuadro) que iluminan a los actores de la tragedia. La obra transcurre entre bastidores. Término de uso común aunque erróneamente llamado “entre bambalinas”. Podemos ver personajes a punto de salir a escena de ese pequeño teatro, en sus camarines, o en la sala junto al público.

El coro se desempeñó de forma correcta tanto vocal como actoralmente, bajo la dirección de Juan Casasbellas, a pesar que Cilea no le otorgara gran importancia en la totalidad de la obra. El mismo se hace presente con su breve participación en el “Honor a Adriana” y luego durante la representación de la tragedia. Las arias tampoco tienen la presencia que en Verdi o Puccini, pero tuvieron la claridad y la entrega total de cada uno de los cantantes. Virginia Wagner, como Adriana, deleitó con la frescura de su canto y gran seguridad en el terreno actoral. Eric Herrero se mostró dúctil, aunque por momentos comprometido, en el difícil papel de Maurizio. La princesa de Buillon, interpretada por Adriana Mastrángelo, brilló vocalmente y fue una de las más aplaudidas en la noche del estreno. Omar Carrión hizo un solvente Michonnet. Uno de los personajes más queridos por el público fue el Abate de Chazeuil interpretado de manera histriónica por Sergio Spina. El director musical, Carlos Vieu supo conducir de forma serena y concisa una partitura poco habitual, donde se destacaron clarinete y oboe por sus delicadas melodías.

Cuando termina la función, el merecido aplauso de un público bastante callado, dejó una sensación más que positiva en todos los presentes.

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