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Información General |Una aventura que comenzó en 2000
La familia argentina que viaja por el mundo en un auto de 1928

Los Zapp salieron hace 18 años con destino incierto. Ahora están en Francia y planean el regreso al país para culminar su sueño

La familia argentina que viaja por el mundo en un auto de 1928

Los Zapp en Francia, con su Graham Paige color azul. Sus cuatro hijos nacieron durante el viaje / web

14 de Agosto de 2018 | 02:22
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Los Zapp son una familia argentina, oriundos de Los Cardales, que ahora, y sólo por ahora, están en Francia. Y ese por ahora es porque, desde hace 18 años, viajan permanentemente, con el detalle de que lo hacen en un auto modelo 1928 con el que salieron desde nuestro país. Desde entonces, pasaron por el desierto de Atacama, por las tierras de los masáis y la campiña bretona, y tienen pensado pasar por todo el mundo, lo que definen como su sueño y el de sus cuatro hijos nacidos en el camino.

“Nuestro plan inicial -cuenta Candelaria Chovet-Zapp, de 48 años- era viajar durante seis meses desde Argentina hasta Alaska y luego volver”.

Sin embargo, aquel proyecto que había imaginado con su esposo, Herman, tomó otro rumbo, ya que un conocido escuchó hablar de su viaje y les ofreció un auto.

“La idea era ir con mochilas, así que le dije ‘no’. Pero me dijo ‘vení a verlo’ y me enamoré de este coche”, confiesa Herman Zapp, de 50 años.

Fue así que sin saber nada de mecánica, la pareja se lanzó a la aventura el 25 de enero de 2000 a bordo de un Graham-Paige azul oscuro, con 3.000 euros en los bolsillos.

“Al principio nuestras familias nos trataban de locos, nos dijeron: ‘dentro de dos días nos van a llamar para que los vayamos a remolcar’, pero seguimos”, recuerdan.

Su libro “Atrapa tu sueño”, traducido en inglés, francés e italiano, permitió financiar el viaje

 

Con su motor chirriante, el auto de fabricación estadounidense ya recorrió en cerca de dos décadas decenas de miles de kilómetros. En la localidad francesa de Montauban-de-Bretagne, situada en la región de Bretaña, donde la familia hizo ahora un alto, varios curiosos se agolpan alrededor del coche, que tiene encima una carpa. Alrededor, hay un adhesivo “Family driving around the world” (“una familia conduciendo alrededor del mundo”).

“El primer día pudimos hacer solamente 50 kilómetros porque el auto se rompió”, recuerda Herman. Pero tres hermanos que conocieron en el camino los ayudaron.

“Cuando les pregunté cuánto me iba a costar el trabajo me dijeron ‘no te vamos a cobrar porque queremos ser parte de su sueño’. Los primeros angelitos del camino ya nos estaban esperando”, rememora este antiguo electricista.

Otros “angelitos” se les presentaron en los más de 385.000 kilómetros recorridos en los cinco continentes.

En Perú, una familia modesta los invitó a pasar la noche en su casa. “Nos ofrecieron sus únicos pedacitos de carne y a la hora de dormir nos dieron su cama y ellos durmieron en el suelo. Al día siguiente cuando nos íbamos nos pedían perdón porque no tenían más para darnos, nos habían dado todo”, relata Herman.

En Sudán, durante el Ramadán, la gente los invitaba a celebrar juntos el iftar, la comida con la que se rompe el ayuno. “No podíamos ni comunicarnos, entablar conversación, pero una sonrisa bastaba”, comenta.

“Lo que nos dio ganas de seguir viajando es conocer gente”, explican los Zapp, quienes por estos días se hospedan en Francia en la casa de una familia franco-argentina que los contactó a través de las redes sociales.

La familia Zapp fue creciendo durante el viaje: Pampa, de 16 años, nació en Estados Unidos, Tehue, de 13, en Argentina, Paloma, de 10, en Canadá, y Wallaby, de 9, en Australia. Los niños siguen clases a distancia que combinan con las experiencias aprendidas durante el periplo.

“Pensábamos que era imposible viajar con niños, pero es mucho más lindo compartir el viaje con nuestros hijos, vemos el mundo con sus ojos”, cuenta Candelaria.

Herman y Candelaria habían ahorrado para viajar durante seis meses, pero su recorrido siguió durante 18 años y con cuatro hijos. Cuando se quedaron sin dinero, en medio de la Amazonia, Candelaria comenzó a pintar y a vender sus cuadros, algo que no había hecho nunca antes. “Llegar a Argentina va a ser el final del sueño, pero también el comienzo de otro”, dicen, aun de viaje.

 

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