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El sonido de la desesperación, la postal repetida de otra tarde triste y sin respuestas

Los generadores eléctricos trajeron un poco de alivio a algunos vecinos de Villa Elisa y de City Bell pero todos coinciden en lo mismo: a ninguna autoridad le importa lo que sufren

El sonido de la desesperación, la postal repetida de otra tarde triste y sin respuestas

Claudia recién ayer pudo trabajar por los generadores / Dolores Ripoll

Facundo Bañez

Por: Facundo Bañez

26 de Junio de 2019 | 01:33
Edición impresa

Son las seis de la tarde y por las calles de Villa Elisa, cerca de las torres y aún más allá, hacia el horizonte descampado del camino Centenario o en los comercios que se levantan a ambos lados de la rambla, lo único que se oye es el rumor constante y latoso de los generadores eléctricos. Es un ruido que lo cubre todo y al que uno parece acostumbrarse casi por cansancio, como si el aire, de pronto, hubiese sido conquistado por una turbina invisible y unánime que truena en todas partes. “Al principio molesta -dice Rubén, un comerciante que pudo abrir su local de comida recién ayer, cuando comenzó a funcionar uno de los generadores instalados bajo los monoblocks-, pero te acostumbrás y es la única que queda. Preferible esto a no tener luz ni agua. Imagino que cuando volvamos a la normalidad nos va a parecer una bendición no escuchar más ese zumbido insoportable...”.

Volver a la normalidad suena a estas horas y por esos lados como una utopía propia del tercer mundo. O de un mundo olvidado y pretérito. Tener luz, tener agua. Tener un poco de dignidad. “No les interesa lo que estamos sufriendo”, lo resumía ayer Claudia, empleada de una lavandería de la calle Arana que funcionaba gracias a los generadores de luz. En ese local el negocio trabajaba a pleno -casi como una ironía del éxito- pero ella no daba más. “Pensá que los días normales recibimos un promedio de veinte bolsas de ropa para lavar -decía-. Y ahora, desde que volvió la energía por los generadores, en lo que va de la tarde ya recibimos más de setenta bolsas de ropa sucia. Por eso bajamos la persiana y no recibimos más. No podemos. Los lavarropas no dan abasto y van a reventar...”.

A unas cuadras de ahí, en el camino Centenario y 422, a esa ahora de la tarde -cuando el cielo se hacía naranja y el frío empezaba a picar - unas cincuenta personas prendían gomas y cortaban la circulación entre vaharadas de humo negro y el olor rancio y dulzón del caucho quemado. Cuatro días sin luz. Queremos una respuesta, decía el cartel principal. “El problema es ahora, cuando llega la noche -alertaba Mariana, mamá de tres nenes y una de las tantas vecinas que ayer se sumaron al corte-. Ahora ves policías paraditos en las esquinas y los inspectores de tránsito en el camino. Pero llega la noche y no queda nadie: sólo nosotros, que es como si no existiéramos. Nos hablan cuando nos tienen que pedir el voto. Pero es mentira: no les importamos. A ninguno de estas lacras les importamos”.

***

Patricia es otra de las vecinas de Villa Elisa que desde el sábado a la noche está sin luz. En su caso, aunque hubiese querido, ayer no pudo participar de ningún corte porque tuvo que ir a atender el negocio de ropa de la calle Cantilo, en City Bell, donde trabaja como empleada.

“Hasta las 17,30 aguanto -decía, en la puerta del local y con la cortina enrejada de la vidriera casi a la mitad-. Cuando baja el sol da miedo estar. La otra noche en Villa Elisa hubo una locura de robos y nadie controlaba nada. Además con esto de los cortes que hay en todo el camino tengo un viaje interminable hasta mi casa. Imaginate: lo que antes hacía en quince minutos ahora me lleva casi una hora y media”.

En esas cuadras céntricas de City Bell el paisaje ayer a la tarde era el de un día feriado y desparejo. Algunos negocios trabajaban con generadores propios. Otros, unos cuantos desde la plaza Belgrano hasta el camino Centenario, tenían el servicio restablecido desde temprano y trabajaban con las luces encendidas y los locales vacíos.

A Patricia le tocaba ayer la peor parte: no tenía grupo electrógeno y, al igual que lo viene sufriendo en su propia casa, estaba sin luz desde hacía casi cuatro días. “Tras que la cosa venía fulera con el trabajo encima esto... -se lamentaba-. Obviamente con tarjeta no se puede hacer ninguna venta, nada de nada, y en estos días si vendí tres o cuatro cositas es mucho. Un desastre, de terror. Pero bueno: no quiero darme manija porque sino te dan ganas de matarlos a todos. Y así no se soluciona nada...qué vamos a hacer: te la tenés que aguantar”.

***

La postura sabia y casi zen de Patricia era la que intentaba alcanzar Fernando, un vecino de La Plata que tuvo que viajar a City Bell el sábado a la noche para participar de un evento y reservó una habitación en el hotel de City Bell. “Podés creer que tengo tanta sal que los generadores no le funcionaron y estuvimos hasta el domingo sin luz ni agua en ese bendito hotel. Y muertos de frío, que es lo peor...”. Ayer, ya solucionado el desperfecto con el grupo electrógeno, en ese negocio boutique preferían no entrar en detalles sobre los inconvenientes que les trajo el apagón y se ufanaban de tener luz, ahora sí, como la mayoría de los locales vecinos. A metros de allí, en los alrededores de esa zona coqueta y silvestre de City Bell cercana a la calle Cantilo, la mayoría de los negocios funcionaba con normalidad pero bajo el zumbido monótono de los generadores -enormes como contenedores- apostados en la calle.

“A nosotros la luz nos volvió a la mañana sin necesidad de poner los generadores -contaba la empleada de un casa de zapatos de Cantilo-, pero sabemos que muchos trabajan por los generadores. Igual, si mirás un poco, te vas a dar cuenta de que casi no hay movimiento. Si bien no estamos en las mejores épocas, los días de semana a esta hora tenés más gente dando vueltas, otro ritmo, otro clima. Hoy no entra nadie, y los que andan por la calle están de pésimo humor, putean y hablan de una sola cosa: de la falta de luz”. Y era cierto: una simple recorrida por esa zona lo confirmaba al instante. Vecinos malhumorados. Promesas de votos en blanco e insultos que se repetían en cualquier comentario y charla de esquina como una retahíla de la que nadie podía escapar. Y el ruido. Ese zumbido de panal eléctrico que se instaló en el aire de la zona norte de la región y pareciera convertirse, casi por inercia y a fuerza de repetición, en la banda sonora de una película triste. Desesperante y triste.

 

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Multimedia

Claudia recién ayer pudo trabajar por los generadores / Dolores Ripoll

El negocio donde trabaja Patricia está desde el sábado sin luz / D. Ripoll

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