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DESTACADO DE LA CARTELERA

Juana Molina en La Plata: desmarques y resistencias de una artista inclasificable

Dejó la carrera de comediante en la cuesta de la ola y comenzó a hacer una música incomprendida durante años. El jueves llega a la Ciudad convertida en figura en la escena musical internacional

Juana Molina en La Plata: desmarques y resistencias de una artista inclasificable

Juana Molina viene el jueves a La Plata con su show basado en “Halo”, su último disco / FunHome

Por PEDRO GARAY

pgaray@eldia.com

“Un día voy a ser otra distinta, voy a hacer cosas que no hice jamás, no va a importarme lo que otros me digan, ni va a importarme si resultará”, canta Juana Molina, con su particular voz que remite, a la vez, a cantos folclóricos y a otro mundo, en “Un día”, liberador himno con mucho de autobiográfico de la hoy hacedora de músicas reconocidas desde Nueva York a Japón (y no tanto, como suele ocurrir, en nuestras pampas), que hace dos décadas abandonó una exitosísima carrera como comediante en la tevé para perseguir su sueño musical.

“La gente necesita que uno sea una sola cosa, y uno no es una cosa, es muchas cosas”, dice Molina, y la hija del cantante popular Horacio Molina y la actriz Chunchuna Villafañe es así en su vida y en su música, desmarcándose todo el tiempo de las definiciones en canciones que desafían la forma de la canción, trances misteriosos y vulnerables hechos de tramas de música hindú, celta, folclore, balbuceos, notas pedal y una lírica entre naif y trascendental. Pero ese entramado no es una búsqueda intelectual, consciente, sino que parece emanar, encarnarse, en Molina, para producir una experiencia física que los platenses apreciarán este jueves, cuando la artista se presente desde las 21 en la Sala Ópera.

Y ese es mi intento, uno de miles, por asir lo inasible y ponerle palabras a la música de Juana Molina: porque, por diseño, no se parece a nada, empujada por la pulsión de quebrar barreras establecidas, abrazar la libertad y dejarse llevar por la música.

“Cuando llaman a algo inclasificable, es simplemente cuando alguien está haciendo lo que le sale a esa persona y nada más”, se ríe al respecto Molina, en diálogo con EL DIA. “Y eso en general coincide con lo que más me gusta”, agrega, y dice que si bien le encantan algunas músicas de género, “ahí ya hay algo que sabés lo que es. Aunque sean buenísimos, ya estás inmerso en una zona que tiene un código. Y aunque rompa esos códigos, hay una referencia cuando hacés un género musical, o de cine, o literario: es como si hay un ancla, y el botecito da vueltas alrededor de ese ancla. En cambio lo otro es suelto, no sabés bien qué es, a dónde te lleva, si se va a meter en aguas revueltas o en esos lagos que ni se mueven”.

Y en definitiva, abrazar esas formas familiares para el público tampoco garantiza nada porque “ninguno de nosotros mortales tiene la fórmula de lo que la gente quiere”.

“Uno puede intentar hacer lo que cree que la gente espera, pero debe haber habido también grandes fracasos con esa fórmula. Y yo dejé una carrera exitosísima para hacer algo que me gustaba, hubiera sido medio triste intentar hacer algo para gustarle a otro. Es como cuando te gusta alguien que no gusta de vos. Tratás de ser distinto para conquistarlo… pero en algún momento la verdad se revela”, explica quien temprano en su carrera fue apadrinada por el genio de Talking Heads David Byrne, que le propuso girar por todo Estados Unidos tras su primer disco.

Esa sabiduría fue la misma que la impulsó a cambiar de carrera en la cumbre de la ola. Pero mentes más estrechas se lo hicieron pagar. “Hubo una resistencia y un castigo, sobre todo de los medios. ¿Vos vas a cambiar de carrera? Entonces no te vamos a dar bola. Venían a hacerme notas y aunque yo hablara de música, lo que salía escrito era por qué había dejado de ser actriz”, cuenta.

Para colmo, comenzó su carrera musical con “Rara”, cuyo nombre lo dice todo, y luego siguió con “Segundo”, según ella misma su disco más experimental, “con un sonido casero, hecho por alguien que no tiene la menor idea de como se graba”, que “fue para mucha gente algo que cambió las cosas”, aunque “no en Argentina”, donde “venía muchísima gente a los shows, pero no quedaba casi nadie al final”.

“Venía mucha gente a verme, por el nombre, y era una sorpresa. Por la música, y también por la actitud que tenía en el escenario, muy tímida, sin experiencia, todo lo contrario a lo que era como actriz”, confiesa Molina, que si en su carrera actoral sentía que no exponía nada de sí misma, que se ponía máscaras de otros, en el escenario se sentía desnuda. Y “cuando venís con semejante bagaje atrás, y estás arriba del escenario completamente inseguro, aterrorizado, eso genera una reacción negativa en la gente que te va a ver porque sos Juana Molina”.

“Pero cuando se iban los que huían despavoridos, de golpe se armaba algo lindo con los que quedaban: yo era muy sensible a ese rechazo, mientras estaban ahí, criticando, sorprendiéndose de la porquería que estaban viendo. Pero quedaban los otros, los que podían ver más allá de mi timidez, de mis inseguridades, de mis problemas cerebrales”, se ríe, “y a partir de ellos se fue formando un público que siento de una firmeza y una afinidad totales. Pero fue muy lento, muy de a poco, porque yo era quien era, porque la música era medio rara y porque yo no sabia tener una actitud ganadora arriba del escenario”.

Hoy, con apenas una guitarra, una consola, dos socios como laderos, su presencia etérea y su música de tintes alienígenas, domina el escenario. Pero sigue encontrando, de tanto en tanto, resistencias. Como en su última visita a la Ciudad, cuando fue telonera de Depeche Mode en el Estadio Ciudad de La Plata y recibió abucheos de una platea VIP impaciente e intolerante. “Un público medio hostil”, concede Juana. “Ya tirarle con tomates podridos al telonero no se hace más. Yo hacía mucho que no veía una cosa de tanta hostilidad… pero bueno. Nosotros sonamos bárbaro y ellos sonaron horrible”.

 

 

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