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Espectáculos |CINE Y POLÍTICA
¿Regreso casual?: EE UU y Rusia, puño a puño en otra “Rocky IV”

Cuando el fantasma de otra Guerra Fría se impone, Stallone desempolva su clásico y lanza una nueva versión de la cuarta entrega en la que su héroe se enfrenta al temible Ivan Drago

¿Regreso casual?: EE UU y Rusia, puño a puño en otra “Rocky IV”

Rocky contra Drago, la libertad contra el totalitarismo

14 de Abril de 2021 | 05:04
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Sylvester Stallone no estará en “Creed 3”, por lo que probablemente no vuelva a ponerse en la piel de Rocky Balboa, pero eso no significa que suelta a la criatura que lo catapultó a la fama: el actor, escritor y director de la saga pugilística más famosa del mundo reveló desde las redes sociales que acaba de terminar el “Stallone’s Cut”, el corte del director, de “Rocky IV”, quizás la más emblemática entrega de la franquicia, aunque también la más exacerbada, en coincidencia con el 35º aniversario del filme. Claro, esa es la excusa: el regreso de “Rocky IV”, en medio de lo que asoma como una nueva Guerra Fría con el bloque oriental, no parece casual en absoluto.

Stallone prometió para noviembre el relanzamiento de esta cuarta parte, una versión extendida de la original con varias escenas añadidas, incluida una nueva aparición del robot mascota de Paulie y, sorpresa, una nueva pelea entre Rocky e Ivan Drago. Una nueva batalla de Estados Unidos contra los asesinos de la libertad y la individualidad, simbólica, sin sutilezas.

Es que a Stallone, que escribió y dirigió la cinta, le interesaba dar un mensaje claro. La Guerra Fría, por fría, se jugaba en otros campos: el deporte, la carrera espacial, todo servía para mostrar la superioridad de una forma de vida sobre otra. El cine no estuvo exento, y “Rocky IV” fue el apogeo del alegato nacionalista: sin ningún prurito, era triunfalista, exacerbada, caricaturesca en su retrato del enemigo. Denostada por la crítica que hace nueve años le había dado el Oscar a “Rocky”, fue abrazada por el público.

Esos nueve años entre una y otra entrega de la saga son claves para comprender la evolución del personaje, de héroe barrial a ícono más grande que la vida: la cinta de 1977 mostraba a una Estados Unidos deprimida, sumida en una crisis política, económica y existencial tras los fracasos en Vietnam, el final del hippiesmo y Watergate. La primera “Rocky” es diametralmente diferente a “Rocky IV”, silenciosa, oscura, melancólica. Rocky, incluso, pierde. No es que el púgil de Stallone fuera antisistema: encarnaba el sueño americano, pero señalaba como el sueño americano había dejado de creer en sí mismo, como le ocurría al propio Stallone, que hace años golpeaba sin éxito las puertas de Hollywood. Era reflejo de la crisis de confianza de la potencia mundial.

Pero en los 80 llegó Reagan y, consciente del poder de la cultura popular, comenzó a lanzar desde Hollywood y los medios mensajes positivos: Stallone era un visitante asiduo a la Casa Blanca en aquellos días y su “Rocky IV” se convirtió en el anabolizado mensaje patriotero para inspirar a Estados Unidos a volver a creer, a volver a empujar para, de una vez, terminar con la amenaza soviética.

La confianza de la película en esa idea patriota, en el destino manifiesto de Estados Unidos, es tal que, sin quererlo, anticipó la Perestroika y el posterior resquebrajamiento soviético en aquel final donde Rocky pide, victorioso e inflamado, un acercamiento entre las potencias. La victoria es con armas bien estadounidenses: Rocky entrena solo (el héroe individual) en la naturaleza, inspirándose en los trascendentalistas de su país, y ese encuentro con la crudeza del medioambiente lo fortalece mucho más que el entrenamiento “de comité” de su rival, Ivan Drago, encarnación de la “máquina” soviética.

Así, si el primer Rocky es un pobre tipo en busca de una chance (el sueño americano) en una tierra que se olvidó de dar esas chances, en la cuarta entrega Rocky es el reflejo de otra Estados Unidos, valiente y potente. La situación, en realidad, no había cambiado demasiado, la pobreza seguía acechando a la potencia mundial, pero el discurso cambiaba. Y ese mensaje llegaba, con Rocky, a todo el mundo, puro poder blando en medio de la guerra global, la cabeza nuclear simbólica de ese arsenal invisible que, con sus códigos, conquistó a la juventud del mundo. 

35 años después, aprovechando un aniversario más o menos redondo, Stallone vuelve a “Rocky IV”, justo cuando el mundo vuelve a pensar binariamente (y cuando el cine, habrá notado más de uno, se llena de villanos soviéticos): el poder ruso y chino pelea con Occidente hasta en la producción de vacunas, y los discursos que dividen a ambas potencias se endurecen. Incluso, ha vuelto a aparecer en el vocabulario de los debates en torno a la libertad la palabra “soviético”: el monstruo soviético, un monstruo zombie, porque vuelve ya muerta la URSS, es sinónimo de liberticidio, en debates que a menudo, por lo caricaturesco, por maniqueos, se parecen bastante a ese glorioso pedazo de comida chatarra que fue “Rocky IV”.

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