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El jefe de Gabinete, Manuel Adorni / web
Mariano Pérez de Eulate
mpeulate@eldia.com
Manuel Adorni reunió ayer a la llamada mesa política del oficialismo para delinear la estrategia legislativa del Gobierno. Un día antes, el hombre había obtenido una foto respaldatoria con Karina Milei en Vaca Muerta, ambos con mamelucos de trabajo de YPF. Mientras, avanza la causa por supuesto enriquecimiento ilícito que complica al jefe de Gabinete, que a simple vista ha incrementado notoriamente su patrimonio desde que llegó a Balcarce 50. “Adorni no se va”, parece ser el mensaje.
En este tema, más de un mes después de que se desató el affaire, el Gobierno actúa como si estuviera en su pico de popularidad, en la cresta de una ola en la que efectivamente estuvo allá por octubre del año pasado, después de ganar ampliamente las elecciones de medio término.
Pero no es el mismo país; no es el mismo oficialismo.
En el medio, un desgaste perceptible con la opinión pública por la cuestión de la micro economía irresuelta, la del bolsillo de la gente, surge como una variable que es imposible de ignorar a la hora del análisis sobre el costo político de mantener en su cargo al cuestionado jefe de Gabinete. Lo dicen prácticamente todas las encuestas que se conocen. ¿Esto no se evalúa en la Rosada?
El Gobierno actúa como si estuviera en su pico de popularidad, y eso no ocurre
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Lo curioso del caso, quizás inédito en la política argentina, es que el presidente Javier Milei asume el rol de pararrayos del escándalo, aunque la lógica de la política tradicional dice que la cosa debería ser al revés: el que se sacrifica es el apuntado por la sospecha, no la cabeza del proyecto.
Esa escena actual se entendería, acaso, en un contexto de bonanza económica porque la sociedad argentina tiende a perdonar enchastres de corrupción si tiene el bolsillo relativamente lleno. Ahí están las reelecciones de Carlos Menem y Cristina Kirchner para atestiguarlo, por ejemplo. Presidentes que fueron a la reelección y la ganaron caminando aún cuando los títulos de la prensa denunciaban casos de corrupción, malversación de fondos públicos y sospechas de enriquecimiento ilícito.
No es el caso de Milei, que llega a este punto con lo que el analista Facundo Nejamkis, director de la consultora Opina Argentina, define como “la convergencia de dos dinámicas”, digamos, negativas. Una es el escándalo Adorni, funcionario de la verdadera mesa chica del Gobierno, y otra la de la economía doméstica decaída.
Eso explica en parte que el Gobierno no logra fijar agenda con iniciativas positivas que, en otros momentos, hubieran tapado cualquier desliz negativo propio. Por ejemplo: Ley de Glaciares y el desembarco de inversiones que eso podría conllevar, la ratificación del acuerdo con el FMI y la posible liberación de 1.000 millones de dólares, el superávit logrado en marzo y demás.
Los números turbios del jefe de Gabinete y las explicaciones tardías o viscosas sobre el tema han golpeado el capital simbólico del Gobierno. Las sospechas de corrupción (se suman la supuestas coimas en la Andis, por ejemplo) hacen que La Libertad Avanza, de a poco, sea emparentada por un universo grande de ciudadanos -no los del núcleo duro fanático, claro- con “lo que había antes”. Esto es: la clase política tradicional, la “casta”, los de siempre. Sentimiento que se sintetiza en una frase que ciertos “focus groups” ya han empezado a registrar: “Al final son todos iguales”. O “son todos lo mismo”.
Es lo peor que le puede pasar al mileísmo, en términos de su relacionamiento con la sociedad, ya no sólo con los votantes propios. Un estatus que se ve agravado por algo muy básico que en el caso Adorni fue especialmente patético: la debilidad de las explicaciones.
El jefe de Gabinete no pudo enfrentar seriamente las preguntas de la prensa sobre su sorpresivo incremento patrimonial y sus viajes de lujos y se llamó a silencio. Después, la irrupción de las jubiladas prestamistas, aún cuando sea un mecanismo legal, han sonado a sarasa. Ahora se habla de que Adorni hablará de una herencia del padre para justificar cierto patrimonio, que por cierto nunca fue incluida en la declaración jurada obligatoria. La respuesta inicial al escándalo fue tan pobre que parece haber agigantado el daño.
Adorni nunca dio explicaciones claras y contundentes que permitiesen bajarle la espuma al tema
Y no es un dato menor. Porque en un caso así, lo dice la historia reciente argentina, no hay demasiados caminos para tomar si se quiere amortiguar las consecuencias políticas del “error”. O sea da una muy buena explicación, sólida, respaldada con papeles, o se cambia el “elemento” objetado. Ninguna de las dos opciones se están evidenciando en este momento.
Existe, además, un temor que circula “sotto voce” en el mundillo libertario, sobre todo extra Casa Rosada, y es la posibilidad de que el caso Adorni -con una Justicia que está actuando con una inusual celeridad- revele una sospecha que viene desde siempre: que los funcionarios de los gobiernos perciben una suerte de sobresueldo en negro que les mejora los haberes oficiales. Eterno debate que ha tenido causas judiciales abiertas en gestiones anteriores. Justamente por deslices de “gula adquisitoria” como los que parecen haber aquejado al jefe de Gabinete actual. Final abierto.
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