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RELIQUIAS URBANAS DEL CORREO

Testigos de otro siglo, en las calles platenses sobreviven seis buzones

En total desuso, son parte del patrimonio histórico local pero también blanco del vandalismo

Testigos de los días y las noches, con décadas plantados en la misma esquina, son sin duda el único mobiliario urbano del siglo pasado que se mantiene en pie. Media docena de buzones es todo lo que queda en La Plata de aquellos viejos objetos de hierro fundido, estafetas postales que mediaban entre los vecinos y el correo, y que el cartero abría, dos o tres veces por semana, empezando así el viaje de las cartas del barrio.

Son seis, como se dijo, los que se conservan en la Ciudad: en 7 y 34, 6 y 50, 7 y 61,16 y 47, 51 y 21 y 1 y 36. En rigor, están, pero no muy bien preservados. Carentes ya desde hace muchos años de su función, en total desuso, y más adorno urbano que otra cosa, son blanco del vandalismo, se ven despintados, con grafitis encima y, en algunos casos, utilizados como “transparente” para la publicidad de “pedidos y ofrecidos”.

Equipamiento clave del Correo, que fue hasta los años 90 el sistema de correspondencia oficial y único, en esa década se desreguló la actividad e irrumpieron como competencia las empresas privadas, que no se valían para el servicio de los buzones barriales. Ahí nomás apareció internet, la “carretera global” que anunciaba, como ya de inminente estreno, a mediados de 1992, el entonces presidente de Estados Unidos. El correo electrónico, las poderosas redes sociales, los mensajes instantáneos vía teléfono, en definitiva, el combo de nuevas modalidades y tecnologías acabó con ellos: no más la antigua costumbre de enviar cartas y postales.

CUENTAN SU HISTORIA

Cada una de esas reliquias urbanas, declaradas en vías de extinción (aunque el Correo se negó a responder a las inquietudes planteadas por este diario y no dice qué se hará con ellos), cuenta su historia. El de 8 y 34 sea, quizás, el que en mejor estado se encuentre. Fue fabricado, como otros de la dotación que se montó antes de los años 50, en los porteños Talleres del Fénix. Mantenido en el último tiempo por un grupo de vecinos, hay quienes recuerdan en el barrio, como picardía de la infancia, a mediados de los 70, cuando era de color amarillo y no rojo como en la actualidad, el juego de hacerle explotar petardos en su interior.

El de la esquina de 6 y 50, el más céntrico de todos, obra de los talleres Vasena, se ve, en ese lugar emblemático de la Ciudad, a un costado del Pasaje Dardo Rocha y frente a la plaza San Martín, totalmente deslucido; despintado y convertido en un mamarracho por los pedazos de afiches que le han ido pegando con el tiempo.

Tampoco es muy digno de presentación, si de conservarlos como patrimonio urbanístico se trata, el buzón de 7 y 61, tapizado de viejos papeles de propagandas y escritos con grafitis, y con la base carcomida. Ese también salió de la fábrica Vasena.

Pintarrajeado y descascarado, el de 46 y 17, lleva la firma de L. Sanz e Hijos, y sufre, de manera frecuente, ataques vandálicos. Durante varios años, un vecino con comercio en la zona se encargaba de cuidarlo, pero el hombre se mudó y el buzón quedó librado a su suerte.

El buzón de 1 y 36, con base de adoquines y que alguna vez se salvó del desguace por pedido de los vecinos, es factura de los talleres del Fénix; mientras que el de 51 y 21, al lado de una concurrida parada de micro, salió del Vasena.

AL RESCATE DE LOS PORTEÑOS

En la ciudad de Buenos Aires, de acuerdo a un relevamiento efectuado por un grupo de vecinos reunidos en el colectivo Rescatando Buzones, resisten el paso del tiempo alrededor de 170.

Esos vecinos empezaron a recuperar los buzones que estaban abandonados o en mal estado. Incluso, algunos integrantes del grupo tienen en su poder la llave del que está en la esquina de su hogar y lo abren cada tanto para mantenerlo sin la basura que la gente suele tirar en su interior, pues hay quienes los utilizan como cesto de residuos.

Los buzones pertenecen al Estado nacional y son administrados por el Correo Argentino. Los primeros fueron traídos desde Europa (en especial, Inglaterra) a fines del siglo XIX y se empezaron a instalar a partir de 1892 en las esquinas de varias ciudades del país. En La Plata, recién fundada, debutaron por esos años. Aunque no los que permanecen hoy, ya que estos son los cilíndricos, modelos nacionales que comenzaron a fabricarse en el siglo XX y que se estima, en la década del 40, había, en toda la Argentina, unos 2.300.

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