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IMPRESIONES: ENTRE EL HUMOR Y LA REFLEXIÓN

Estatuas y esculturas se meten en la grieta

Estatuas y esculturas se meten en la grieta

Por ALEJANDRO CASTAÑEDA

afcastab@gmail.com

Joaquín Furriel se ataja: “Soy pudoroso. Los problemas que puede tener una actriz en una escena erótica conmigo, son los mismos que puedo tener yo. No siento que haya diferencias. Nunca hice una escena de sexo pensando en aprovecharme”. Da un poco de pena este certificado de buena conducta que aportan los actores. Hay tanto temor por las lecturas capciosas que algunas mujeres hacen sobre las iniciativas masculinas, que cada galán de pantalla debe fijar de antemano el alcance de su recato. La fuga varonera hacia zonas más respetable es medio forzada. Aquí no entran en juego ellas y sus legítimas demandas, aviso por las dudas. Lo que provoca una incómoda cosquilla es el desfile culposo de actores que transitan en puntas de pie por zonas de cortesía y que advierten de entrada que ellos son tan cuidadosos que, llegado el caso, si hay que darle realismo a escenas pasionales, van a obedecer el nuevo instructivo de los rodajes. ¿Cuál es? Iluminadores tapándose los ojos para no ver a la moza en pañales y directores vigilando que las escenas ardientes suenen verdaderas, aunque sin pasarse de las rayas. El dogma es que sólo los primeros planos expresen el deseo del personaje pero que, en la zona baja, nada se mueva y todo se respete. Esta confesión a veces roza el puritanismo. Antes, Hollywood había prohibido las parejas en la cama. Y hoy se permite siempre y cuando la señorita que está debajo no se sienta implicada por las caricias del compañero de arriba. Ella debe sentirse intocada y complacida. Y él debe hacerle el amor con una fuerza arrebatada y respetuosa. Nada de lengua o insinuaciones. Los besos con la boca abierta están mal visto. Hasta la saliva debe estar guionada.

La actualidad golpea con sus hechos y sus decires. Los cuadernos cuestan muchísimo. En las librerías y en Comodoro Py. Y los arrepentidos siguen apareciendo. La frase del intendente salteño de Pichanal hace honor a la época: “Hay que ser inteligente hasta para robar. Y yo soy inteligente”. Una descarnada confesión que sorprendió a una tropa acostumbrada a los exabruptos de este patrono de la caja chica en tierra de de milagros y empanadas.

Por abortos, cesáreas y violaciones, hasta los quirófanos andan recargados de ideología

 

Mientras los actores estudian el libreto de los nuevos modales, fantasmas y esculturas se hicieron sentir. La falsa estatua andariega de la calle 8 abandonó por un rato su quietud para meterse de lleno en la grieta. Una tarde hizo a un lado su silencio y cargó duramente contra Macri. Una vecina salió a exigirle que siga quietita y callada y deje de comentar la realidad. Se trata de un limosnero inmóvil que tiene posición tomada más allá de su mentirosa placidez. Pero en Cambiemos temen que esta oleada de críticas vaya aumentando a medida que el dólar y la inflación - ese perverso matrimonio- sigan trepando en silencio. Por las dudas vigilarán a los quietos callejeros y a los pedestales. Lejos de la estatua de la calle 8, apareció en el Centro Cultural Haroldo Conti, en Buenos Aires, una escultura de la Virgen con un pañuelo verde. Una sorpresa. En los templos ya empiezan a cachear de accesorios ante la proximidad de una campaña que no va a dejar nada quieto. Las de enfrente, las de los pañuelos celestes, se han puesto en guardia. Y las neutrales van a pedir que no metan a las mercerías en un debate cada vez más radicalizado. El pañuelerío colorido y opinador es una manera de manifestarse ante una realidad que obliga al compromiso. Están los verdes, los celestes, los anaranjados. Con matices, pero todos puntiagudos. En medio de una actualidad crispada por abortos, cesáreas y violaciones, hasta los quirófanos andan recargados de ideología. Hoy los ginecólogos, antes de meter mano, piensan en el catecismo más que en la ecografía ¿No hará falta un pañuelo a favor del buen polvo de siempre, sin relatos ni posicionamientos? Un texto de Eduardo Galeano pasa revista a los métodos usados por las mujeres de todas las épocas para poder esquivar el embarazo no deseado. Y aporta una memorable cita de las creyentes españolas que querían seguir pecando sin miedo a la cigüeña: “San José, tú que tuviste sin hacer/ haz que yo haga sin tener”.

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