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La ley y el orden en el país de Donald Trump

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Por Jorge Elías
@JorgeEliasInter

Cuando Donald Trump aceptó la nominación para la candidatura presidencial, durante la convención de Cleveland, reflotó el lema de la campaña de Richard Nixon. El de la ley y el orden. El asesinato de George Floyd en 2020 y el de Martin Luther King en 1968 no guardan relación entre sí, más allá del color de la piel, pero sacuden tanto a Estados Unidos como a otros países por la falta de vacunas contra dos virus imperecederos, la discriminación racial y la violencia policial, y otro de igual cepa, acaso tan contagioso como el COVID-19, la supremacía blanca. Esa que alienta Trump, como Nixon en su tiempo el de “la mayoría silenciosa”.

Era un llamado a la polarización, tan eficaz para algunos líderes como la pobreza para otros. En 2016 había disturbios raciales y masacres policiales. La premisa de la ley y el orden, reiterada por Trump en medio de los disturbios por la muerte de Floyd bajo la rodilla del policía Derek Chauvin, levantó ampollas más allá de sus fronteras. Sobre todo, porque hizo revivir al colectivo Black Lives Matter (Las vidas negras importan), nacido en 2013, durante el gobierno de Barack Obama, por la absolución del policía George Zimmerman tras haber matado a tiros a Trayvon Martin. Un adolescente cuya única culpa era ser afroamericano.

La indignación por la muerte de Floyd rompió cuarentenas en Londres, París, Milán, Berlín, Vancouver, Toronto, Wellington y otras ciudades. No hubo diferencia entre gobiernos aliados o adversarios de Estados Unidos. En Jerusalén coincidió con otra protesta contra la policía por la muerte de un palestino autista y desarmado. En Río de Janeiro, contra las operaciones policiales en las favelas en busca de narcos, que también siguen cobrándose vidas. Sólo en abril, la policía estatal mató a 177 personas, un 43 por ciento más que en el mismo mes de 2019. Entre ellos, menores de edad negros baleados en sus casas.

En respuesta a las primeras movilizaciones en Minneapolis, donde murió Floyd por la sospecha de haber pagado en una tienda con un billete falso de 20 dólares, Trump no sólo recurrió al léxico copiado de Nixon, sino también al de George Wallace, candidato presidencial por el Partido Americano Independiente y exgobernador de Alabama que en aquella campaña, la de 1968, lanzó un aviso con tono de amenaza: “Cuando empiezan los saqueos, comienzan los disparos”. Quiso capitalizar, con la denominada estrategia sureña, el voto de los blancos resentidos.

La consigna de la ley y el orden atribuía a los blancos el papel de víctimas. A finales de los sesenta, la Guerra de Vietnam y los asesinatos de Robert Kennedy y de King fijaban la agenda. La asfixia de Floyd ocurre en otra coyuntura, marcada por la crisis sanitaria global, más allá de la lectura de Trump: actos de “terrorismo nacional” organizados por la extrema izquierda y los demócratas. Una forma de mantener viva la fisura social y política. La tolerancia cero de Rudolph Giuliani, exalcalde de Nueva York y abogado de Trump, aplicada en un país con toque de queda y despliegue militar en varias ciudades y en el exterior, con las disputas en curso con China, Irán y otros países.

La Guardia Nacional, parte de las fuerzas armadas norteamericanas, no puede actuar en defensa de la ley, “excepto que se trate de una insurrección, de una secesión o de una asamblea, obstrucción o ambas a la vez contra la autoridad de Estados Unidos”. Los disturbios y los saqueos lejos están de representar esos riesgos, por más que George Bush padre haya enviado a las tropas cuando estallaron las revueltas raciales en Los Ángeles por el indulto de cuatro policías blancos que habían apaleado al taxista negro Rodney King en 1992. Las imágenes de la paliza, también grabadas en un video, eran elocuentes.

Las plagas que azotan a Estados Unidos, el coronavirus con más de 100.000 muertes y la segregación racial con el virus de la violencia policial, coinciden con otra: el desempleo. En particular, de negros y latinos. Sólo en Minneapolis, la población afroamericana reportó el 35 por ciento de los casos de COVID-19. Caldo de cultivo para la reaparición de los antifas, grupo antifascista que ve en Trump una reencarnación de Hitler y de Mussolini. Estados Unidos, dice The Washington Post, “se vuelve cada vez más contra sí mismo”. En un momento clave, resumido cual síntoma de la pandemia en las últimas palabras de Floyd: “No puedo respirar”.

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