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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
En medio de una religiosidad menguante, luces y campanas siguen siendo viejas contraseñas de la fe. Antes, los campanarios celebraban o advertían, eran como un noticioso que escapaba de su rutina horaria para comunicar contentos o desgracias. Hoy, otros ruidos aturden la marcha. La Catedral ahora ha querido recuperar presencia y protagonismo. Es más que un edificio sublime que se hunde en el nacimiento de su ciudad. Estrenó tañidos y reflectores para ser mejor contemplada y escuchada en el más acá y en el más allá. Su retoque poblado de luces y cacofonías buscaron recuperar aquel ayer, cuando ellas nos acompañaban hasta muy lejos. En ese reino del misterio que es la fe, la música de la noche del viernes puso gala y embrujo con sinfonías llenas de mansedumbre que trajeron belleza y sosiego.
La Catedral nació casi a la par de la nueva capital y de entrada nomás le dio vuelo a esa aldea nuevita que entre oficinas y albañiles la mantuvieron siempre inmensa y bien rodeada. La de la noche del viernes fue como la escenificación de una serenata dedicada a ventanales espirituales, una puesta en valor y un saludable maquillaje dedicado a una ciudad que allí saca pecho y gana imponencia y brillo.
Es una Catedral a la que los fundadores la emplazaron en un lugar donde casi nada impidiera mirarla, una mole que los nuevos tiempos le han ido restando trascendencia y visitas, pero que ayer, en esa plaza donde se festejan goles partidarios y deportivos, logró que el equipo del cielo viviera una noche de triunfo. Frente a ella, a manera de cuidadoso contrapunto, el reloj de la Municipalidad parecía avisarnos que hoy sólo importan los instantes, mientras la Catedral, que se desentiende de atrasos y minuteros, es como un ministerio de la eternidad que lo miraba indiferente desde su rotunda silueta.
Las campanas de mi pueblo sabían sonar jubilosas o fúnebres. Eran el sonido templado que traía calma y noticias en aquellas tardecitas a cielo abierto. Ahora y aquí, las campanas nos dejan otra vez su dulce estruendo. Buscan recuperar creyentes indecisos y devolvernos un poco de fulgor gracias al renovado resplandor que estrenaron el viernes. Con su sonoridad de otro tiempo, las campanas nos traen recuerdos de un ayer que las había callado y que están listas para poder ganarse su lugar entre tanto griterío.
Hoy, que todo es espectáculo, las campanas volvieron a repicar para reconquistar su lugar en medio de una urbe ruidosa que, cuando se las escuche, quizá haga un alto entre los escapes, los balazos y las sirenas, para poder oír otra vez un tañido que invita a la pausa y a otras devociones.
Lo saliente es que la Catedral volvió a reunir millares de vecinos atraídos por una revitalización que desde su nuevo encandilamiento aspira a poder alumbrar un camino mejor. Luz y campana son viejos compañeros de alivios que buscan porfiar en estos días donde otros ruidos menos celestiales nos aturden. Ellas aportarán su dulce placidez a una actualidad sobrecargada de indignación excesiva. Las campanas, con ese sonido oliendo a lejos, invitan a salirse un poco de los ardores momentáneos para poder hacer un alto y soñar con un tan tan prometedor.
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La Catedral anteanoche pareció más orgullosa que nunca. Se mostró resplandeciente en ese cálido atardecer. Y la gente seguramente se habrá sentido transportada por un fervor bien iluminado que sueña con llevar un poco de paz a tanto ajetreo. Su facha monumental fue mejor exhibida. La escenificación de su mensaje invitó a contemplarla. La escena permitió reponer en al aire sus ocultos fulgores. Los faros, la música y un silencio respetuoso parecieron hermanarse con el gentío al llamado de ese campanario mudo y olvidado. En una ciudad donde los silencios engañan, los ruidos distraen y los miedos se acostumbran, las campanas tratarán de llevarnos, con muy pocas chances, a otros tiempos. Los creyentes seguramente afirmaron su fe a la sombra de este espectáculo. Y los indecisos, ante semejante despliegue, quizá habrán vivido lo que alguna vez sintió el inglés Julian Barnes ante un momento parecido: “No creo en Dios, pero lo echo de menos”.
Sinfonías llenas de mansedumbre trajeron belleza y sosiego
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