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Del patio familiar en su casa a los certámenes más competitivos: un recorrido por la carrera amateur de Gonzalo Abraham, el embajador de la disciplina en la Región. La vida itinerante de un avezado jugador que encontró su lugar en la Ciudad. La historia
Gonzalo Abraham, en plena acción, en la playa / EL DIA
Nació en Saladillo, pero hace más de una década que eligió a La Plata como su casa. Gonzalo Abraham es de esos personajes que construyen identidad en cada lugar al que llegan. En su caso, lo hizo a fuerza de tejos, arrastres, clavadas y finales ajustadas. En el ambiente lo conocen por su juego, pero también por su forma de ser: “Creo que me han considerado buena gente en el mundo del tejo, y eso me animó siempre a seguir”.
Su historia con el deporte comenzó mucho antes de entenderlo como competencia. En las reuniones familiares, cuando apenas tenía seis o siete años, ya tiraba algunos tejos en el pasto, después de las cenas de fin de semana. Sin embargo, el punto de partida formal fue a los 13 o 14 años, en una “calle libre deportiva” que se organizaba los jueves en su ciudad natal. “El presidente de la comisión me vio jugar y me dijo: ‘Qué lindo que jugás al tejo, ¿por qué no venís en la semana a practicar?’”, recuerda.
Era el más joven entre adultos, pero se adaptó rápido. Le dedicó horas, semanas y años. En Saladillo ganó el individual por categoría y salió a competir. Monte Hermoso fue uno de los primeros destinos; después vendrían muchos más. “Le dediqué mucho tiempo porque entendí que si es tu pasión, hay que practicar”, explica. Sin saberlo, estaba empezando un recorrido que lo llevaría por buena parte de la Provincia de Buenos Aires y Río Negro, específicamente en Viedma.
El tejo, para él, no es un pasatiempo: es un deporte con todas las letras. “Es súper competitivo, tiene mucho potencial deportivo. Es muy diferente, no es tan parecido a las bochas; quizás el arrime es parecido, pero se distingue entre tirar el chico y el tejo. Además, uno es por arrastre y otro es por el aire”, asegura. Está convencido de que podría crecer aún más: “Se juega en todo el país, hay gente que va a competir a Brasil. No sé si será olímpico, pero condiciones tiene”.
Quien no conoce el tejo puede creer que se trata simplemente de arrastrar una pieza hasta el chico. Gonzalo se encarga de desarmar esa idea. “No es solo tirar y arrastrar. Es abrir un juego, hacer una jugada para tu compañero, clavar, tirar de derecha, de izquierda. Tiene mucha técnica”, enumera. Según su mirada, hay cuatro formas básicas de jugar: arrastre, derecha, izquierda y clavar, aunque cada partido ofrece variantes.
La estrategia también es clave. Si el rival es zurdo, conviene jugarle a la derecha. Si es fuerte en tiros largos, se lo obliga a resolver corto. “Eso te lo dan los años”, dice. Incluso los materiales cambian: algunos tejos son más livianos, otros más pesados; en federación se usan colores distintos que en asociación. Adaptarse es parte del desafío.
El clima es otro rival silencioso. En la costa el viento modifica todo. “Si tirás alto, el viento te lo baja. Tenés que jugar más plano, más de arrastre”, explica. El llamado tejo playero exige otras decisiones, otra lectura del terreno. En una final en Las Toninas, el viento fue protagonista: “Perdimos 15-14. En la última jugada el viento me sacó el tejo afuera. Fue un partidazo”.
Aun así, no elige un momento por encima del resto. “No sé si hay un momento destacado. Para mí todo momento es importante”, afirma. Más que un título, lo que lo enorgullece es haber aprendido y sentirse cómodo en la cancha. “He jugado como he querido muchas veces. Me han salido mis mejores arrastres, mis clavadas. Siento que cumplí mis objetivos”.
El tejo lo llevó a recorrer ciudades y provincias. Desde Las Flores, 25 de Mayo y Bolívar hasta Junín, Rojas y Ameghino. Por otro lado, Mendoza y Santa Rosa son dos ciudades a las que fue invitado a jugar. En esta última, el año pasado, compitió en un torneo de 128 parejas y llegó a semifinales. “Fue uno de los campeonatos más lindos que jugué”, dice sobre esa experiencia compartida con su amigo Lucas Salguero.
Uno de los hitos deportivos fue el subcampeonato juvenil nacional en Junín. “Llegamos a la final con jugadores increíbles como Seba Asim y Jonathan Florentín. Salí segundo y me traje el trofeo”, recuerda. Ese torneo, al ser individual, le permitió medir su nivel real. “Nunca dije que soy el mejor, pero los objetivos en cuanto a mi juego los cumplí”.
El tejo, para él, no es un pasatiempo: es un deporte con todas las letras: “Es súper competitivo”
En 2012 llegó a La Plata y empezó a jugar en una cancha de Avenida 72, el Complejo Fausto López. Tras un regreso breve a Saladillo, volvió definitivamente en 2015. Aquí encontró un nivel alto y un grupo que lo adoptó. Destaca a figuras locales y asegura que la ciudad tiene “jugadores muy, muy buenos”. Con uno de ellos, Iván Gorostidi—“juega increíblemente bien”—, salió a competir y logró podios reiterados.
El ambiente, insiste, es tan importante como el resultado. “Es un juego social. Se charla, se comparte, pero también hay reglamentos y jueces. Hay que aprender a ganar y a perder”. Por eso, aunque ha jugado torneos con premios en dinero, prefiere otra recompensa: “El trofeo queda para siempre. La plata uno se la gasta”.
El tejo no solo le dio viajes y títulos. También lo ayudó a cambiar. “Era bastante retraído. La competencia me hizo soltarme”, admite. Su primer campeonato fue en General Alvear, junto a su maestro Elvio Corbalán. Salieron terceros. Desde entonces, las finales fueron parte de su recorrido, con triunfos y derrotas que asumió con naturalidad.
Pero su vida no se agota en la cancha. En el centro de La Plata dirige el Hogar Santa Teresita, una residencia para adultos mayores que fundó tras años de trabajo y esfuerzo. “Siempre sentí que los abuelos son personas vulnerables y merecen cuidado”, explica. Llegó a la ciudad con 21 años y una mochila; hoy tiene su propia institución habilitada y en funcionamiento.
Además es instructor de fitness, zumba e indoor, y se dedica a terapias holísticas como constelaciones familiares, masajes y reiki. Vive en Los Hornos, está en pareja y se define como un hombre agradecido. “Amo mi trabajo, amo la vida. Soy un tipo feliz”, resume.
Cuando habla del tejo, la voz vuelve a ese tono apasionado de los comienzos. “Lo amo y lo sigo amando, aunque hoy no lo practique todos los días como antes”. Y deja un mensaje para quien quiera animarse: que se acerque a una cancha, que pruebe, que disfrute. Porque para Gonzalo Abraham, aquel chico que empezó detrás de la estación en Saladillo, el tejo fue mucho más que un juego: fue un camino.
Junto a Fernando Mendez, en el Complejo Fausto López, cuando obtuvieron el primer puesto en un campeonato de pareja elegida categoría un mayor y un libre / EL DIA
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