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Romeo y Julieta, amantes eternos

En el Teatro Avenida, última función de “I Capuleti e i Montecchi”, a cargo de Buenos Aires Lírica

Romeo y Julieta, amantes eternos

Con dirección musical de Jorge Parodi y escénica de Marcelo Peruso, la ópera “I Capuleti e i Montecchi” tendrá su última función mañana en el porteño Teatro Avenida

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10 de Junio de 2016 | 02:04

“I Capuleti e i Montecchi”, ópera en dos actos. Libreto: Felice Romani. Música: Vincenzo Bellini. Dirección musical: Jorge Parodi. Puesta escénica: Marcelo Perusso. Vestuario: Stella Maris Müller. Iluminación: Rubén Conde. Cantantes: Rocío Giordano, Cecilia Pastawski, Santiago Ballerini. Coro de Buenos Aires Lírica. Dirección: Juan Casasbellas.

Nicolás Isasi

Bellini (1801-1835) fue un gran compositor italiano nacido en Sicilia, formado bajo la guía de su padre y su abuelo. Llegó a ser reconocido por desarrollar su música bajo el estilo belcantista o de “bel canto” eliminando las florituras de arias y conjunto para otorgar un canto bello de gran dramatismo. En sus treinta y tres años, compuso diez operas, logrando éxitos como “Norma”, “La sonnambula” o “I Puritani”. Su quinta ópera fue “I Capuleti e i Montecchi” que en este momento se presenta en el Teatro Avenida con producción de Buenos Aires Lírica hasta el sábado próximo.

Estrenada en el Teatro La Fenice de Venecia el 11 de marzo de 1830, tuvo su estreno argentino en el Teatro de la Victoria el 28 de octubre de 1852, como parte de los espectáculos líricos organizados por el empresario Antonio Pestalardo. En la presente producción, la dirección musical está a cargo de Jorge Parodi y la puesta en escena y escenografía, de Marcelo Perusso.

La obra gira en torno a la relación entre Romeo y Julieta, a pesar que no está basada en el drama de Shakespeare sino en la tragedia original italiana. El encargado del texto fue el genovés Felice Romani, quien escribió siete de los libretos de sus óperas. Si bien la historia en esencia es la misma, tiene otras escenas y cuenta con menos personajes. La música de Bellini es bella tanto en la línea melódica como en la instrumentación, pero por momentos (y a diferencia de la ópera de Gounod) no contempla el dramatismo y el ritmo de las escenas, sosteniendo o alargando escenas cruciales hasta el hartazgo, haciendo decaer la tensión actoral.

Jorge Parodi, músico argentino residente en el exterior, fue adecuado en su criterio de dirección. Supo conducir la obra con gran esplendor aunque se escucharon desfasajes entre el coro y la orquesta durante el primer acto. Entre los destacados se encontraba la sección de las cuerdas, el arpa y el clarinete. Rocío Giordano (Giulietta) demostró vaivenes tanto actorales como vocales. Su cuidada voz permitió desarrollar un personaje sutil e inocente, pero que por momentos quedaba pequeño en la inmensidad del teatro. Dejando de lado ciertos problemas de afinación en los agudos, su mayor logro se vio en el aria “Oh! Quante volte” sobre el final.

Cecilia Pastawski, acostumbrada a interpretar personajes masculinos desde pequeña por su tipo de voz, tuvo la enorme tarea de llevar a cabo el rol de Romeo. Su interpretación fue magnífica, a pesar de los escasos recursos escénicos. Su bella voz de mezzosoprano logró un equilibrio en la zona media-grave, dejando en evidencia que se trataba de una mujer solo cuando cantaba en algún dúo. Aquí es importante señalar el diseño de vestuario de Stella Maris Müller para Romeo, por el estilo masculino de su traje que desdibujaba las curvas femeninas. Ballerini interpreta un pequeño personaje demostrando un gran potencial de tenor, con matices que iban del forte al pianissimo, aún hasta en su registro más grave.

La puesta fue algo estática, con personajes poco desarrollados, salvo en el caso de Pastawski que viene transitando la interpretación masculina desde hace años en varias producciones operísticas. La escenografía en penumbras tampoco ayudaba a los personajes. El palacio y sus habitaciones fueron representados con una serie de módulos negros con brillos que giraban dando una sensación homogénea y poco atractiva. La iluminación era un factor clave para potenciar la puesta, pero Rubén Conde quedó a medio camino, sobre todo en la escena de la habitación, donde caía una gran cortina plástica (similar a una cortina de baño) que reflejaba luz hacia todos lados. El instante de gloria de la puesta residió en el último acto, ubicado en una despojada cripta con el ataúd al centro rodeado por tres actores que hacían de gárgolas. La disposición de esos figurantes y sus movimientos estaban precisamente marcados y bien iluminados. En un año de homenajes shakespeareanos, esta ópera vuelve a traer la historia de los amantes de Verona de la mano de la lírica porteña.

Para

recordar

Teatro Avenida (Av. De Mayo 1222). Sobrantes de abono en venta en el teatro, hoy y mañana de 13 a 20. Ultima función: Mañana a las 20.

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