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Se afianza el gradualismo, en medio del lanzamiento de la campaña política para 2019

Por RICARDO ROSALES

Decepciones, pronósticos apocalípticos y otras resignaciones, resumen con certeza las expectativas que generó el discurso del presidente Mauricio Macri en la apertura de sesiones del Congreso, entre la oposición, el empresariado y sectores que apoyan al oficialismo. Sin entrar en detalles de las cuestiones políticas, para los negocios no hubo nada para festejar. La vía gradual, timorata para el gusto de los que exigen más acción, quedó ratificada una vez más, precisamente en una coyuntura mundial que parece exigir decisiones más drásticas en el frente económico. Y para agregar, el ministro de la Producción, Francisco Cabrera, pidió a los industriales que “dejen de llorar” justo cuando el presidente estadounidense Donald Trump lanzó una “guerra comercial” con subas de aranceles para el acero y el aluminio. Las previsiones de inflación y el crecimiento de la Argentina este año, están en revisión permanente: una a la suba y la otra a la baja; entre otras razones por la sequía que sufre el campo, pero que afecta a casi el 30% de la economía si se toma en cuenta a todos los sectores involucrados.

Tras las palabras en el Congreso, el debate económico sigue siendo el mismo. No hay cambios allí, entre el tira y afloje sobre el gradualismo, la inflación, el dólar, las tasas que fija el Banco Central y las reformas estructurales que siguen demoradas. La novedad estuvo en otro lado: el discurso del Presidente fue el inicio de la campaña política del 2019, con lo cual las reformas económicas parecen quedar relegadas otra vez. Fue también una suerte de línea de largada para el peronismo, lejos del poder, dividido y sin lograr consenso en casi nada, salvo en que deberían “juntarse” para las elecciones presidenciales. Los sectores más duros y los K vuelven con el pronóstico de que “esto termina en una crisis”, envalentonados por la ratificación de Macri del rumbo económico y la caída de imagen del Presidente en los últimos dos meses. Un Apocalipsis que ya habían anticipado los K para las legislativas el año pasado y que ahora parece ganar adeptos entre otros peronistas. El ex ministro Kicillof, la ex Banco Central, Marcó del Pont y otros repiten el desenlace, igual que en el 2001, sin mucho argumento salvo los ideológicos.

Mientras la economía sigue sin remontar, los miedos a una crisis abren dudas e incertidumbres que la oposición imagina capitalizar. La mirada oficial está en otro lado. Ya lo repitió el ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, de que hoy se transita el peor momento, con subas de precios, motivados por las tarifas y las naftas y salarios del 2017, que todavía no cerraron las negociaciones paritarias. Pero que hacia abril, la inflación bajará a un nivel cercano a un dígito y con una masa salarial más grande, el consumo repuntará. El funcionario, habla y explica la estrategia oficial, aunque más para los propios que para los ajenos. El fuego “amigo” de quienes apoyan al oficialismo y detestan el populismo no ceja de cuestionar el gradualismo del Gobierno y, por esas coincidencias de los opuestos ideológicos, también anticipan los riesgos de una crisis. Los argumentos en este caso son más conocidos y con reputación académica ortodoxa: los desequilibrios fiscales no pueden ser eternos y tampoco el endeudamiento. La Argentina, en consecuencia, debería acelerar sus reformas estructurales para bajar el gasto, la presión tributaria y tomar menos deuda. En el otro extremo, los emisarios K del Apocalipsis, ponen el énfasis en el endeudamiento y la política neoliberal de los ’90.

En cualquier caso, el riesgo de una crisis económica siempre existe, en la Argentina y el resto del mundo. Los ciclos económicos son una constante del capitalismo en sus varios siglos de existencia. Una debacle como la del 2001 es otra cosa bien distinta. Esa crisis, con origen bancario, alimentada por las luchas internas y la ineptitud de la coalición gobernante, se desató en toda su magnitud por razones políticas. El peronismo decidió vaciar el gobierno de la Alianza y precipitar su caída, imaginando que con la abolición de la convertibilidad y un presidente electo por el Congreso, todo volvería a la normalidad, pero con un gobierno propio. La Argentina, al contrario cayó en su mayor crisis de la historia y la clase política no encontró ninguna salida. Nada puede augurar hoy una repetición de esa experiencia histórica.

Aunque las campañas políticas abren la puerta a todo tipo de especulaciones. Y más aún si se trata de una elección presidencial, el oficialismo decidió iniciar el rumbo de la reelección del presidente Macri. En el medio del desierto, la oposición parece imaginar que el frente económico es el más débil y donde debe asentar sus críticas. El Gobierno, como es fácil suponer, tiene otra interpretación: una reelección de Macri es la salvaguardia para que el rumbo gradual, de cambios económicos que llevan tiempo, se cumpla y no queden truncos.

 

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