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Análisis

Esa eternidad que nos separa del 10 de diciembre

Luis Moreiro

lmoreiro@eldia.com

Las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias, esas que para nada servirían y que representaban un gasto que la Argentina debería haberse evitado, finalmente, fueron una bomba neutrónica que estalló tanto en el seno de la Alianza Cambiemos, como en el Frente de Todos.

Los primeros, obvio es decirlo, fueron los que se llevaron la peor parte, la de la derrota.

Los segundos, porque imprevistamente se vieron a las puertas de una posibilidad más que cierta de recuperar el poder en la primera vuelta de octubre.

La ecuación sería incompleta si no se le agregará en el medio el contenido de la gente. De los votantes que, también desde la misma noche del domingo, intentan dilucidar que es lo que les deparará el futuro, cuando aun no terminó de disiparse el humo de la deflagración.

Y mientras el común de la gente se siente como una ficha puesta sobre el tablero de un juego de estrategia y a merced de la suerte que deparen los dados arrojados por los principales jugadores, el terremoto económico que sobrevino al recuento de los votos, amenaza con transformarse en un tsunami de imprevisibles consecuencias.

Si el día a día es complicado, que decir de lo que falta hasta el 27 de octubre (fecha de la elección general). Y ni hablar del 10 de diciembre, día previsto para el recambio democrático. Una eternidad.

La Argentina debería replantearse, entre muchas otras cosas, sus plazos políticos. Llamar a una votación en Primarias en agosto pero con un escenario de transición a cuatro meses vista, hoy, se asemeja bastante a un viaje hacia un pasado que se creía superado.

Lo sufrió Raúl Alfonsín, que tuvo que resignar la primera magistratura del país luego de que su partido, la UCR perdiera las elecciones a manos del peronismo encarnado por Carlos Menem y Eduardo Duhalde.

En un contexto de hiperinflación Alfonsín se vio forzado a adelantar para mayo los comicios previstos para octubre. El traspaso del mando debía ocurrir en diciembre, pero el 8 de julio el de Chascomús se iba anticipadamente de la Rosada.

Treinta años después el recuerdo de aquellas jornadas deberían servir al menos, como un apelativo a la responsabilidad de los que tienen la capacidad de decidir y también como ejemplo de lo que en la Argentina no puede volver a ocurrir. O, mejor dicho, no debería volver a ocurrir.

 

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