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EL LADO LUMINOSO FRENTE A LA ADVERSIDAD

“Casada con la vida”: una historia con final feliz que comenzó con una amputación

Hace un año y medio se quedó sin una pierna y, ahora, la platense Juana Rodríguez Abadie (20) llevará su experiencia de superación al teatro, acompañada por Federico Barón y con producción de Nazarena Vélez

“Casada con la vida”: una historia con final feliz que comenzó con una amputación

Juana está lista para contar su historia -y la de su prótesis dorada y con brillos- en “Casada con la vida” / FFF

Por MARÍA VIRGINIA BRUNO

vbruno@eldia.com

Si hay algo que esta historia no se merece es un golpe bajo porque su protagonista, Juana Rodríguez Abadie, es una oda a la alegría. A los 18, un virus contraído en una de las catorce cirugías que debió afrontar para tratar de combatir una extraña afección en los músculos de sus piernas, la dejó a ella y su familia, como en el final de una serie, en un cliffhanger: era la pierna o la vida. Obvia fue la elección.

Un año y medio después de haber salido del Hospital Italiano, tras 45 días en terapia intensiva y otros 15 en coma, la joven platense está atravesando esas puertas que, la remanida frase hecha, le vaticinaba que se iban a abrir.

La historia de Juana trascendió, llegó a la tevé y Nazarena Vélez, conmovida por su experiencia, la contactó por las redes sociales, y, a través de su productora, Frida, le ofreció llevarla a las tablas.

Amparándose en la formación artística que Juana había recibido durante su infancia y adolescencia, en la que también hizo natación y running, no dudó en aceptar.

Así nació “Casada con la vida”, una propuesta que, para Juana, se transformó en “el cierre ideal” de toda su experiencia personal, a partir de una trama basada en su propia historia, con mensajes alentadores y resilientes universales, sobre cómo, a pesar de la adversidad “hay que seguir apostando por la vida, hoy y siempre”.

En escena, Juana estará acompañada por Federico Barón, el hermano de Jimena, con quien, además de edades parecidas, comparte intereses en común. En la obra, el actor se pone en el cuerpo de una ex pareja que, tras enterarse “de lo que le pasó”, va a su rescate, pensando encontrarla como una piltrafa, sumida en un pozo depresivo, pero se sorprenderá con el cuadro real.

Ese será el inicio de una trama que “está buenísima”, según advierte Juana, y que verá la luz por primera vez mañana a las 21 en el Teatro La Nonna, 3 esquina 47, a donde volverá para una segunda función el viernes 30 de agosto.

Está convencida Juana de que, como dice su amiga, “tu peor momento puede convertirse en el mejor momento”, dependiendo la actitud con la que enfrentes lo que vendrá. Su canchera prótesis dorada y con brillos habla por sí sola de ella.

Se ríe recordando cómo todos se la miran cuando llega a algún lugar. “Pero eso no me avergüenza, al contrario, me encanta que la gente me pregunte qué me pasó, para qué sirve, porque me parece que va por ahí el lado de la inclusión”, reconoce la joven que cursó el secundario en el Normal 1 y que, a través de su cuenta de Instagram (@juanirodrigueza), pudo ponerse en contacto con personas que han -o están- atravesado alguna situación similar.

Confiesa Juana que, hasta que le tocó a ella, jamás había visto en la calle a una persona usando una prótesis, ni siquiera sabía qué era. Por eso, sostiene, es bueno darle visibilidad.

“Cuando nos pasan estas cosas, uno tiende a querer esconderse, pero por el hecho de que no es algo cotidiano. Entonces, mi misión es naturalizarla. Quiero que se vea, que se conozca que es algo que puede pasar, que se entienda que no es el fin del mundo, que no es algo grave”, reconoce, convencida de que ese aparatito “es lo que me hace estar de pie, y lo que me permite tener una vida normal”.

Inquieta, demandante y con el “ya” marcando la pauta, así era la Juana anterior porque la nueva ya no viste esas pilchas. La de ahora, dice, es equilibrada, madura, reflexiva y, sobre todo, paciente.

Tras dos meses en el hospital, pasó luego otros tantos para rehabilitar la pierna sana para poder despedirse de la silla de ruedas y, aunque camina con normalidad, todavía le quedan varias visitas a la rehabilitación.

Confiesa que fueron difíciles esos primeros días en los que debió enfrentarse al gran enemigo de las mujeres, sobre todo, en la adolescencia: el espejo.

“Me amputaron la pierna a los 18 años, la edad en la que las mujeres empezamos con todos los complejos, ‘qué la celulitis, qué la estría, qué el rollito’… La primera imagen fue shockeante pero después empecé a aceptarme y a amarme como soy. Yo me miro al espejo y me encanta lo que veo. No me da tristeza, no me da enojo. Me siento más completa que nunca”.

Dice que, como en la película, aprendió a encontrar el lado luminoso de la vida, aún en la adversidad. “Yo no miré la pierna que se fue, miré la pierna que se quedó; me quedé con que tengo salud, que me salvaron la vida, que tengo amigos”, analiza.

Su vida, cuenta, es completamente diferente a la que tenía hace un año y medio. “La Juana con dos piernas no es nada que ver a la Juana con una pierna. Yo cambié para bien. Soy una mejor persona”, remarca.

La rabdomiólisis, la rotura masiva del tejido muscular que le diagnosticaron cuando llegó aquel febrero al hospital con las dos piernas hinchadas y con un dolor insoportable, quedó atrás. Con ella se fue una Juana pero nació otra.

Convencida de la certeza del dicho de que “toda crisis es una oportunidad”, Juana entiende que lo que le tocó atravesar tuvo un significado profundo y lo cuenta.

“Fue la puerta a una vida mucho mejor. Cuando me anoté en la Facultad -se había inscripto en Derecho- no me sentía muy cómoda, no estaba convencida. Después pasó todo lo que tenía que pasar, y cuando me llegó esta oportunidad de la actuación, que fui a conocer el teatro donde voy a debutar, sentí una sensación que nunca había vivido. Me dije ‘acá soy, acá pertenezco’. Siento que encontré mi camino en la vida. Siento que tuve que pasar por esa situación para poder hallarlo”.

 

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