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Opinión |Editorial
Las mujeres de Afganistán sometidas a un retrógrado código de convivencia

Las mujeres de Afganistán sometidas a un retrógrado código de convivencia

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11 de Agosto de 2022 | 01:40
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Se advirtió en muchas partes del mundo, en numerosos medios y también en estas columnas en septiembre del año pasado: la llegada entonces del régimen talibán a Afganistán podía implicar para ese país, otra vez, la puesta en vigencia de un código de convivencia retrógrado, muy duro en especial para las mujeres.

Y pese a las promesas en contrario por parte de los nuevos gobernantes, lo que viene ocurriendo desde entonces, lamentablemente, le dio razón a los vaticinios. En la edición de ayer se publicó un informe que muestra las dificultades y riesgos que deben enfrentar las chicas afganas para poder seguir estudiando.

Las jóvenes estudiantes buscan lugares ideales para poder esconder sus libros escolares. Lo hacen, inclusive, bajo la mirada recriminadora y temerosa de sus propios familiares. Una de las jóvenes nombrada en el informe asiste a una escuela clandestina en su aldea rural al este de Afganistán.

Así es y cuesta decirlo: las escuelas para mujeres se convirtieron forzosamente en clandestinas. Están fuera de la ley impuesta por los fundamentalistas. Y pese a estas actitudes y esfuerzos heroicos por educarse, cientos de miles de niñas, adolescente y jóvenes mujeres afganas se ven privadas de escolaridad desde el regreso al poder de los talibanes hace un año.

Las mujeres de Afganistán están excluidas de la mayoría de empleos públicos y no pueden realizar largos trayectos sin la compañía de un familiar varón. También deben cubrirse enteramente en público, incluido el rostro, idealmente con el burka, un velo integral con una rejilla a nivel de los ojos, usada ampliamente en las regiones más aisladas y conservadoras del país.

Incluso antes del regreso de los talibanes al poder, la inmensa mayoría de las afganas ya usaban velo, aunque fuera con un pañuelo suelto. Para los talibanes las mujeres no deben dejar su domicilio salvo absoluta necesidad. Pero la privación más brutal fue el cierre en marzo de los colegios de secundaria para mujeres en numerosas regiones, justo después de su reapertura anunciada desde hacía tiempo.

A pesar de los riesgos y por la sed de aprender de las niñas, los colegios clandestinos han proliferado por el país, a menudo en las habitaciones de los hogares.

Se sabe, asimismo, de la vigencia de la lapidación pública contra mujeres acusadas de mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio; la prohibición de usar maquillaje; la imposibilidad de hablar o estrechar las manos a varones que no sean su “mahram”, un protector o acompañante habitual; la prohibición de reír en voz alta y de usar tacos, que pueden producir sonido al caminar (el argumento es que un varón no puede oír los pasos de una mujer); la prohibición de subir a un taxi sin su mahram; la prohibición de tener presencia en la radio, la televisión o en reuniones públicas de cualquier tipo.

Es de esperar que los derechos humanos, que son de alcance universal y no excluyen a nadie, sean respetados en Afganistán, garantizándole a millones de mujeres las igualdades que con valentía reclaman y por derecho natural merecen. No existe ideología o religión alguna que pueda oponerse a esta demanda de la civilización.

 

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