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Abrazo de gol: “Ted Lasso”, un refugio ante el caos

La tercera temporada de “Ted Lasso” se estrenó en Apple
La comedia que no debería funcionar vuelve a torcer el brazo de los cínicos con su encantadora dulzura en su tercera temporada

Nada en “Ted Lasso” debería funcionar. Su premisa es ridícula: un entrenador de fútbol americano que, escapando de su divorcio, es contratado por un equipo de la Premier League inglesa sin saber nada del deporte. Mucho más ridícula, además, para los espectadores de los países “futbolizados”. Y su ternura debería, a esta altura, tras tres temporadas, resultar edulcorada, ñoña. Demasiado.

Y sin embargo, de la misma manera que el protagonista que da nombre a la serie tuerce el brazo de todos sus detractores a puro cariño y empatía, con su mirada de cachorro, la tercera temporada, estrenada hace dos semanas en Apple TV+, vuelve a cambiar la mueca de duda del cínico para transformarla, a menudo a regañadientes, en una sonrisa.

Si para los que dudan “Ted Lasso” es irresistible a pesar de todas sus objeciones, para los devotos la serie hace rato es un refugio: la comedia futbolera apareció en la pantalla por primera vez en plena pandemia, y, en aquel entonces, fue abrazada por espectadores y críticos por igual, todos necesitados de una cucharada de azúcar en tiempos amargos. Se suponía que la segunda temporada, estrenada cuando la pandemia se resistía a terminar y todos nos habíamos vuelto mucho menos ingenuos ante las perspectivas de futuro, no debía tener el mismo efecto. Pero al final el mundo seguía desmoronándose, en cámara lenta, y ante ese caos, “Ted Lasso”, irresistible, nos invitaba a creer, nos convencía de creer.

Ese efecto persuasivo es, claro, la gracia del personaje: Ted Lasso fue el primero que eligió creer. En su camino, encuentra opositores criticones, frustrados, derrotados, que, ante un mundo en caos, prefieren no tener fe. Pero Ted los convence de creer y, en el camino, también a nosotros.

Pero no nos convence de creer en finales felices (la primera temporada termina con el inexorable descenso de su equipo), sino a confiar en que, ante desenlaces habitualmente torcidos de la vida, el abrazo de los amigos, la familia que construimos, es la mejor medicina. Ted Laso, y su serie, creen en la decencia humana.

Este compendio de sentencias de autoayuda funciona, no por arte de magia pero sí sorpresivamente (porque siempre somos un poco cínicos), fuera de la pantalla y también dentro de la serie: con su empatía inquebrantable, el entrenador termina generando una fuerza optimista imposible de detener en sus dirigidos, hermana a su equipo. Escucha, dialoga, nunca impone. Convence. Es una manera diferente de liderar: lejos del invulnerable varón que contagia sus ínfulas, él mismo sufre, él mismo se muestra humano.

Y entonces, que Ted Lasso no sepa nada de fútbol pasa de ser un chiste bobo a una clave de su capacidad de contagiar a los jugadores y a nosotros: el personaje se apoya en el resto, para entrenar, para salir de su propia crisis, para enfrentar la soledad, porque nadie puede solo, porque se necesita de una comunidad. Porque, como dijo el protagonista Jason Sudeikis ante el presidente estadounidense Joe Biden, “aunque no es fácil, no hay que tener miedo a pedir ayuda”.

El mundo, claro, parece apuntar en otro camino: el darwinismo social está tan de moda como la depresión, la pandemia nos ha vuelto más individualistas y aislados, mirando automatizados el monitor de la computadora al borde del burnout laboral. De todo ello “Ted Lasso” (¡esa serie que parece una pavada!) es un refugio, y más. Es un camino. Que lo siga el que crea.

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