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Opinión |Editorial

El dilema no es entre el empedrado y el asfalto, sino entre el pasado y el futuro

El dilema no es entre el empedrado y el asfalto, sino entre el pasado y el futuro
17 de Abril de 2024 | 03:00
Edición impresa

Hace mucho tiempo que nuestra ciudad se debe una planificación de su crecimiento urbanístico y, en ese sentido, debiera rendir culto al concepto vanguardista que impusieron los fundadores en la época de su gestación. Un culto que no se vio dinamizado luego, con el devenir de las épocas, y que, en cambio, pareció quedar condicionado por esa suerte de estática marca de nacimiento. Sin embargo, está claro que el progreso siempre pide paso.

Las calles aún adoquinadas, algunas de ellas avenidas que hoy son de tránsito rápido en la Ciudad, plantean un desafío que debe ser enfrentado y resuelto en armonía con aquel legado fundacional, que en su momento convirtió a La Plata -como lo fue y sigue siendo Brasilia, la siempre renovada capital de Brasil- en una de las urbes más modernas del mundo.

Se conoce que el tema planteó controversias y que en años anteriores algún grupo de vecinos impulsó ante la Justicia una medida cautelar que logró paralizar obras de asfaltado que la Municipalidad había iniciado en varias calles, en las que aún persiste el adoquinado histórico que data de los años de la fundación.

Es verdad que existen razones a quienes proponen preservar riquezas ornamentales de la Ciudad, surgidas en el origen y mantenidas por las sucesivas generaciones, sin dejar de ver que en no pocas oportunidades se dejó de cumplir con la debida preservación de esos patrimonios.

Hay muchos ejemplos, como el de la ciudad de Florencia, en Italia, en donde las calles empedradas se mantienen sólo en el microcentro, pero que están reservadas para uso peatonal y que únicamente los vehículos impulsados por energía eléctrica son los que pueden transitarlas. Lo que se ha hecho allí, como en muchas otras ciudades europeas, es dejar dos o tres hileras de adoquines junto a los cordones, creándose así una suerte de registro histórico.

En cambio, La Plata mantiene decenas de calles adoquinadas de cordón a cordón en el casco céntrico. Además de los trastornos inherentes al tránsito, también resulta negativo el alto costo que implica su reparación, que sólo puede concretarse a través del trabajo manual y por ello resulta ser tres veces más caro que el asfaltado.

Por otra parte, según los entendidos, casi virtualmente no existen ya operarios avezados en el arte de colocar adoquines tal como sí lo supieron hacer los especialistas de antes, respetándose los abovedados y las diversas bases sobre las cuales apoyar la capa superior, entre muchas otras reglas a cumplir.

Desde luego, tal como se ha dicho, tampoco pueden obviarse las conocidas dificultades que el adoquinado, por su obsolescencia y anfractuosidades, plantea para el tránsito automotor.

Lo peor es que, por las características del empedrado, es muy posible que los autos, cuando corren días lluvia –tan recurrentes en la actualidad- se deslicen peligrosamente al intentar detenerse.

Corresponde aludir, por otra parte, a las dificultades para cruzar las calles adoquinadas de las personas con algún tipo de inconveniente motriz.

Nadie duda que las históricas calzadas romanas, con sus 100 mil kilómetros de caminos, lograron vertebrar a uno de los imperios más poderosos. Hechas con piedras y cantos rodados apoyados sobre arena, con sus carruajes unieron las ciudades de la actual Italia y se expandieron por toda Europa.

Sin embargo, el tiempo y el progreso pudieron con ellas y se las debió reemplazar por redes viales y autopistas construidas con materiales aptos para canalizar flujos vehiculares más exigentes y modernos.

El dilema platense de sus calles, entonces, no es entre el empedrado y el asfalto, sino entre el pasado y el futuro.

 

 

 

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