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En proporción, la Región sufrió la mayor cantidad de secuestros, desaparecidos y asesinatos. Primero fue el accionar violento entre los parapoliciales, los grupos de ultraderecha y de la izquierda radicalizada. Después llegaron los militares apoderándose de un Estado que se tomó la facultad de juzgar, condenar y hasta asesinar. Los jóvenes fueron las principales víctimas. La Noche de los Lápices y los rugbiers de La Plata
La represión ilegal se desató antes del 24 de marzo de 1976 en todo el país y en el Gran La Plata produjo en proporción la mayor cantidad de secuestros, desapariciones y asesinatos. La represión ilegal, ejercida por bandas, en algunos casos parapoliciales y en otros por grupos de ultraderecha como el CNU y, particularmente, las Tres A, ya lo habían convertido en una zona de combate. Se mezclaron secuestros llevados a cabo por la guerrilla urbana con los meramente extorsivos y los grupos de izquierda radicalizada también realizaron algunos atentados, como el que se ejecutó contra un dirigente obrero metalúrgico y en el que consistió en arrojar una bomba a una vivienda en la que se realizaba una fiesta de la que participaban miembros del CNU. Los continuos episodios de violencia fueron la causa de que numerosos empresarios se fuera de la Ciudad y el temor reinaba en todos los sectores sociales.
Entre quienes decían combatir a las guerrillas también deben mencionarse bandas que ingresaban en los domicilios de personas sospechadas de ser “subversivos” y además de secuestrar, robaban todo lo que encontraban en las casas. Se llegó a tal extremo que el mando militar se vio obligado a ordenar la detención por algunos días de líderes de esas bandas. El enfrentamiento entre Montoneros, el peronismo gremial y de la derecha también contribuyó a la violencia que aumentó cuando los altos mandos de las fuerzas armadas autorizaron que oficiales de bajo rango y policías secuestraron y asesinaron a los presuntos “subversivos”. Por la noche pocos se atrevían a caminar por las calles céntricas y aun a desplazarse en autos, mucho antes del golpe de Estado.
Montoneros se convirtió en la agrupación con mayores adhesiones y la única que comenzó a organizar una estructura política. Algunos de sus dirigentes provenían de Tacuara y, por eso, tenían algunas vinculaciones con oficiales fascistas de la Policía de la Provincia. Ese es el motivo por el cual, desde un comienzo, sufrió infiltraciones que servían para delatar a los militantes acusados de participar o apoyar acciones violentas. Tanto es así que un vocero de la conducción de la Universidad, en la que influía decisivamente Montoneros, después del golpe de Estado ocupó un cargo en el Ministerio del Interior.
Puede afirmarse que ese proceso fue la culminación de las intensas campañas de la izquierda y la derecha para desprestigiar el sistema democrático. Sin duda, la toma del poder por el general Onganía y su gestión al frente de la Presidencia de la República, caracterizada por un autoritarismo que llegó a establecer censura en los cines y teatros, intervenir todas las provincias y prohibir las actividades de los partidos políticos, desencadenó la radicalización de los jóvenes. Se prohibió hasta la difusión de algunas composiciones del naciente rock argentino y, en un acto de violencia injustificada, el 29 de julio de 1966 tropas de la policía ingresaron en las instalaciones de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires para reprimir a las autoridades, docentes, graduados y estudiantes que se encontraban en ella. Las universidades nacionales, para el gobierno, eran uno de los centros “copados por los comunistas” y, en los días posteriores, renunciaron o fueron despedidos catedráticos de todas las casas de altos estudios y hasta de los colegios secundarios.
Onganía había llegado al poder derrocando al presidente Illia, ante la indiferencia de gran parte de la ciudadanía. Tanto es así que jóvenes funcionarios del gobierno constitucional hicieron llegar al diario EL DIA la proclama del golpe que circulaba en las unidades militares, pensando que la difusión de su contenido causaría una reacción de repudio al golpe que parecía inevitable. Solo hubo indiferencia.
En el Gran La Plata, los jóvenes que ingresaban a Montoneros provenían, en general, de familias de clase media que estaban lejos de haber apoyado al general Juan D. Perón entre 1946 y 1955. También, aunque en menor número, se incorporaron a la militancia algunos jóvenes obreros. La impaciencia por producir un cambio y el desprestigio, como ya se apuntó en este artículo, del sistema democrático promovieron que parte de esa generación comenzara a militar en la Juventud Universitaria Peronista y finalmente se sintiera atraída por montoneros, lo que no quiere decir que todos ellos pensaran que las armas eran el camino para tomar el poder.
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Desde el exilio, Perón, que se había transformado y apoyaba el programa llamado “Huerta Grande”, que proponía la nacionalización de todos los bancos y la expropiación sin compensación de todos los latifundios para crear una sociedad con una distribución más justa de la riqueza, alentaba a ese nuevo sector que pasó a formar parte de las filas del peronismo y, de alguna forma, impulsó las acciones que llevaban a cabo lo que él llamaba “las formaciones especiales”, es decir, los cuadros que, frente a la dictadura, entendían que la única opción era tomar las armas.
Bajo la conducción del general, el peronismo se impuso en 1973 en las elecciones presidenciales y era inocultable el entusiasmo de los jóvenes, que consideraban muy próxima la posibilidad de transformar las estructuras políticas, económicas y sociales de la Argentina. Tal vez la primera señal de alarma se produjo el 20 de junio de 1973, cuando el avión que lo traía de regreso no pudo aterrizar en Ezeiza, donde se libraba una verdadera batalla entre los grupos de la izquierda peronista y los de la derecha. El episodio fue conocido como la “Masacre de Ezeiza”.
Al día siguiente, reunido con un grupo reducido de personas de su confianza, habría dicho: “Se han cometido dos enormes errores: no atender debidamente a la justificada impaciencia de los jóvenes y haber sacado al Ejército de los cuarteles para reprimir a un pobre grupo de muchachos en Tucumán. Las Fuerzas Armadas deben salir de sus unidades para combatir solamente a enemigos exteriores, porque además no saben actuar frente a guerrillas urbanas”.
En el Gran La Plata, los dirigentes de Montoneros siguieron ocupando posiciones claves en el Gobierno de la Provincia y conducían la Universidad Nacional. Los meses siguientes fueron los de mayor poder de ese sector acompañado por un cierto consenso social especialmente juvenil. La violencia era cada vez mayor y las llamadas “formaciones especiales” a pesar de la represión llevaron acabo algunas acciones como el secuestro y asesinato del director de EL DIA y los jóvenes militantes eran objetos de una represión descontrolada. Algunas personas que se presentaban como integrantes de Montoneros, afirmación que nunca pudo comprobarse, requerían el pago de dinero a comerciantes en concepto de protección.
Todo el poder de la organización pareció desvanecerse rápidamente a partir del día en que Perón le exige al presidente Cámpora que deje su cargo. Era el 13 de julio de 1973. El rompimiento adquirió carácter definitivo con el pedido de la renuncia de varios gobernadores, apoyados por Montoneros, entre ellos el de la Provincia de Buenos Aires Oscar Bidegain. Se procedió a designar nuevos interventores de las Universidades Nacionales y fueron despedidos profesores y empleados sospechados de pertenecer a montoneros.
Los asesinatos de la represión ilegal fueron más numerosos. Desaparecieron, o sea fueron asesinados, veinte jugadores, de entre diecisiete y dieciocho años, del Club La Plata Rugby que pertenecían a familias de clase media, en general de actuación pública conocida y que difícilmente pudieran ser identificadas todas como peronistas. La mínima manifestación de disconformidad despertaba la más violenta de las represiones como ocurrió en la llamada Noche de los Lápices, el 16 de septiembre de 1976. Después de disolver una manifestación de estudiantes secundarios reclamaban que se mantuviera el denominado boleto estudiantil en el transporte fue disuelta violentamente y diez alumnos fueron detenidos, seis de los diez estudiantes permanecen desaparecidos, sólo cuatro sobrevivieron.
Muchos jóvenes obreros también fueron objetivo de las bandas a las que desde el Estado había adjudicado la facultad de juzgar y condenar, hasta aplicando la pena de muerte. A ellas se agregaron los temidos “grupos de tareas” que integraban oficiales del Ejército y de la Policía.
La despedida de Karakachoff fue el primer acto público en repudio a la represión ilegal
Un manto de silencio en general cubría esos hechos aunque alguna familia, como la de Sergio Karakachoff, un joven dirigente radical, denunció inmediatamente su aparente detención. El 10 de septiembre de 1976 fue secuestrado, junto con su amigo Domingo Teruggi, ambos sufrieron torturas y al día siguiente, asesinados.
Ante la indignación generalizada militantes universitarios y del radicalismo le solicitaron a la familia que el cortejo fúnebre se detuviera frente a la antigua casa radical de la calle 48, entre 5 y 6, donde se realizó un acto con la participación de conocidos dirigentes y simpatizantes de UCR, además de dirigentes de otros sectores políticos.
Desde los balcones del edificio hablaron Federico Storani, en representación de la juventud y el ex gobernador Anselmo Marini que en una extensa oración fúnebre dijo entre otros conceptos que “el Dr. Sergio Karakachoff fue un militante que se incorporó con los sueños de justicia para el desposeído y sirvió con vigor y fuerza sus ideales. Ha caído víctima de un brutal e infame asesinato y nosotros no podemos hacer otra cosa que expresar nuestra dolorosa protesta”. La crónica del acto fue publicada en la primera página del diario que se reproduce en esta página.
La familia Karakachoff quería que Sergio fuera despedido por personas que compartían sus ideales y que no tenían objeción a que se convirtiera de un acto afirmación de los principios democráticos que signaron la vida del fallecido. Fue el primer acto público en repudio a la represión ilegal.
Regía un decreto ley llamado de Seguridad Nacional que definía como un delito “la difusión de cualquier información que proviniera o pudiera provenir de los grupos subversivos.” En varias ocasiones el director del diario EL DIA fue citado por autoridades que le notificaban que había violado esa norma. La primera fue a raíz de que el diario publicó la noticia de que había sido ultimado, Mario Roberto Santucho líder de ERP, cuando se realizaba un allanamiento. El hecho se había divulgado a través de las radios uruguayas y recién 24 horas después fue difundido por los medios nacionales.
Dos solicitadas de padres que denuncian la desaparición de sus hijos, publicadas el 31 de diciembre de 1979 y el 19 de noviembre de 1982, que se reproducen en estas páginas, fueron motivo de un trámite similar. Esas convocatorias se repitieron en varias oportunidades. En 1978 una misión de la Sociedad Interamericana de Prensa integrada por Edward Seanton e Ignacio Lozano llegó a la investigar la existencia de desapariciones de periodistas e informaron que la entidad de diarios de América lo había esa decidido a partir de un informe del director de El DIA de que en Argentina era habitual que desaparecieran periodistas.
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