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Un "Barbero" con sello local en el Teatro Colón

2 de Mayo de 2014 | 00:00

Por Nicolas Isasi

“El Barbero de Sevilla”, Gioacchino Rossini, ópera bufa en dos actos (1816), Teatro Colón. Libreto: Cesare Sterbini, basado en la comedia homónima de Pierre Beaumarchais. Dirección musical: Miguel Angel Gómez Martínez. Dirección de escena: Mauricio Wainrot. Diseños de escenografía y vestuario: Graciela Galán. Elenco: Mario Cassi/Omar Carrión (Fígaro), Carlos Lepore/Luis Gaeta (Don Bartolo), Marina Comparato/Eliana Bayón (Rosina), Juan Francisco Gatell/Iván Maier (Conde de Almaviva), Fernando Grassi/Sebastián Sorarrain (Fiorello), Marco Spotti/Lucas Debevec Mayer (Don Basilio), Patricia González/María Luján Mirabelli (Berta), Daniel Wendler (Notario), Cristian De Marco (Sargento). Funciones: Mañana y martes 6, 20.30; domingo 4, 17.

El encargado de contar la historia del famoso barbero en esta ocasión fue Mauricio Wainrot, coreógrafo y director del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, quien incursionó en la dirección escénica por primera vez. Acompañado por la platense Graciela Galán, quien se encargó del vestuario y una sobria escenografía de una Sevilla con grandes arcadas. Miguel Angel Gómez Martínez, oriundo de Granada y conocido por dirigir sin partitura, tomó la batuta de esa gran orquesta, y dirigió de forma ágil la pieza que Rossini supo escribir en apenas dos semanas de trabajo.

El Barbero de Sevilla se estrenó en el Teatro di Torre Argentina de Roma el 20 de febrero de 1816 bajo la dirección de Rossini. En una de las cartas que le había escrito a su madre, el propio compositor cuenta que aquella noche su obra había sido “solemnemente silbada”. Las funciones que siguieron fueron un éxito absoluto, y en otra carta a su madre escribió: “En la segunda representación y en todas las demás no han hecho más que aplaudir mi obra con un fanatismo inexpresable, haciéndome salir cinco o seis veces a recibir aplausos de un género del todo nuevo, lo cual me hizo llorar de satisfacción”. Gioacchino Rossini, nacido en Pesaro (unos meses después de la muerte de Mozart), fue uno de los mejores compositores de ópera entre 1810 y 1830, cuando decide retirarse. Su enorme legado influyó en Donizetti, Bellini, Verdi, Offenbach y Sullivan; así como en bandas sonoras de películas y musicales del siglo XX. Sus melodías vocales ornamentadas definieron toda una época. Tuvo la capacidad de plasmar en unas pocas notas, melodías tan bellas como difíciles. Y al mismo tiempo exigirles a cantantes y músicos por igual, una enorme perfección y virtuosismo en sus interpretaciones.

Se apagan las luces y se abre el telón. La sala repleta de gente, similar a lo que ocurre en cada estreno de dicho teatro. Como era de suponer, la danza tuvo su gran participación, con varias coreografías que ya desde el inicio acompañaron la inolvidable y álgida obertura de Rossini, mediante una virtuosa interpretación orquestal. Luego hubo momentos donde el exceso de baile restó un poco de protagonismo a la escena. El vestuario se destacaba claramente de la escenografía con colores mayormente primarios y saturados para los personajes principales. El coro, bailarines y figurantes pertenecían a un conjunto alusivo a la cultura española con trajes blancos, negros y capas a lunares, mientras simulaban corridas de toros, o bailes flamencos.

En cuanto a la escenografía, la mayor parte de la obra prescinde de colores y hace un uso práctico y concreto del escenario giratorio (muchas veces desaprovechado). La totalidad de la casa de dos plantas, tanto exterior como interior, presentaba un blanco austero con un material translúcido que dejaba entrever las sombras de los cantantes al pasar por detrás, y servía de pantalla para unas breves proyecciones donde grandes esferas plateadas caían sin cesar. Completaba la escenografía una serie tangible de las mismas (manipuladas por el cuerpo de baile entre algunos cambios) y una escalera larga pero muy poco utilizada, que prendía y apagaba cambiando de color arbitrariamente, durante gran parte del segundo acto.

Calificada por el mismo Giuseppe Verdi como “la más hermosa ópera bufa”, todo el brillo y encanto de Rossini y su barbero, fue exaltado por un elenco que supo acompañar y darle vida a esos maravillosos personajes. Entre ellos, Mario Cassi que realizó un convincente Fígaro en su doble faceta tanto vocal como actoral. Su cavatina del inicio (Largo al factótum) obtuvo el inmediato reconocimiento del público. Marina Comparato fue la encargada de llevar a cabo el rol de Rosina, personaje que fue creciendo a medida que avanzaba la obra. Con una clara forma en su interpretación, el bajo italiano Carlo Lepore encarnó a un Bartolo buffo y divertido. Una grata sorpresa fue la del tenor platense Juan Francisco Gatell quien realizó una excelente interpretación del Conde de Almaviva, con bellas coloraturas y una marcadísima agilidad, elementos clave para este tipo de óperas. El cómico personaje de Berta (criada de Don Bartolo) fue interpretado por una histriónica Patricia González, acompañada por un silencioso pero eficaz mayordomo. El barítono Marco Spotti, creó un sólido Don Basilio. Su aria “la calunnia” (la calumnia) comenzó de forma desapercibida, pero logró un gran nivel de interpretación a medida que avanzaba. Cabe destacar la percusión durante este aria, siendo la primera vez que escucho de forma imponente la frase “un colpo di cannone” (disparo de cañón), como merece ser oída en semejante sala. Completan el elenco Fernando Grassi, Daniel Wendler y Cristian De Marco. El coro tuvo un buen desempeño a pesar de las cortas apariciones que tiene dentro de la obra.

Fígaro está de vuelta. Si pensaba afeitarse la barba en estos días, no dude en pasar por el Colón.

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