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Cocinar, lavar los platos o fregar el piso son acciones que ya no poseen rótulo femenino. Cada vez más parejas organizan el orden y la limpieza de la casa con mayor justicia. La asignación de roles ya no viene de afuera y es móvil. ¿Por qué lo hacen?
Por LAURA AGOSTINELLI
Cuando Laura Schneider y Diego Guerra estaban en plena etapa de conquista, 15 años atrás, ella quiso agasajarlo con una torta de naranja. La preparó con amor y lo llamó para decirle que tenía una sorpresa. Diego fue, se alegró, comió dos porciones y salió para el club donde lo esperaban para jugar un partido de básquet. Esa tarde los muchachos tuvieron que arreglárselas sin él: quedó a un costado de la cancha, doblado del dolor de estómago.
“Yo sabía que la cocina no era mi fuerte”, reconoce Laura (35) diseñadora en Comunicación Visual, “pero lo hice por amor”. Desde entonces, fue desterrada de ese sector de la casa. Cocinar no es la única tarea tradicionalmente asignada a la mujer de las que se ocupa Diego, (37) ingeniero agrónomo: él lava su ropa, además, el orden y la limpieza son responsabilidades de ambos. “Nos queda más cómodo”, explica Laura. En su casa, las obligaciones no tienen género.
Ellos son una de tantas parejas que buscan construir un hogar con pautas diferentes. Las premisas: reparto justo y respeto de los deseos del otro. Las dificultades: muchas.
Es un ritual: los domingos, después de almorzar, la abuela de Leticia Gargano (41) se pone incómoda. No es que la comida le caiga mal o que esté apurada por dormir la siesta, sucede que Eric Leaden (31), esposo Leticia y padre de sus dos bisnietos, suele levantarse y, religiosamente, se pone a lavar los platos. Leticia se ríe “a mi abuela no le gusta porque tiene 87 años, viene de una generación en la que los roles estaban bien marcados”.
Leticia y Eric crecieron en familias organizadas como las de sus abuelos: la mujer en casa, a cargo de los hijos y el hogar, y el hombre afuera, proveedor del pan de cada día.
Ellos son hijos de un tiempo de cambio. “Los sucesos demográficos, políticos, migratorios y la sexualidad separada de la reproducción, hicieron surgir nuevas formas de relacionarse”, explica la socióloga Paula Basaldúa, coordinadora de la Comisión Interinstitucional de Géneros y Diversidad Sexual.
Creemos que los prejuicios siempre surgen desde el miedo. Cuando uno decide libremente convivir, negociar reglas o formar una familia, eso desaparece y surge la idea de hacerle la vida más sencilla al otro. Creer que un hombre es menos hombre por hacer las cosas de la casa es casi como creer que una mujer es menos mujer por arreglar una canilla”
En el hogar de Lucila (38) y José (33), él se ocupa de llevar a los chicos a la escuela y de traerlos, ambos se turnan para cocinar, la limpieza es en conjunto y en cuanto a la ropa: ella lava y cuelga. Él dobla y guarda. Puede que sea así, o al revés, o diferente, van viendo. “La organización es espontánea y rotativa”, aclara Lucila y se sincera “nuestra rutina es bastante caótica”.
Ella no tuvo que pedirle a su esposo que colaborara. “Se dio naturalmente”, sostiene. Para ser francos, la idea de José colaborador tampoco le cierra. “Cuando me dicen ‘vos tenés suerte porque tu marido te ayuda’, pienso que nunca hubiera podido hacer todo yo y que nos ayudamos mutuamente”, aclara.
Lucila y José se conocen hace 14 años y conviven hace 12. En su hogar, ambos crían a sus hijos: Violeta de 9, Paloma de 7 y Emilio de 3. Ambos trabajan, ella es artista plástica y él, masajista y músico. Hoy mantener un hogar con un solo sueldo promedio es prácticamente imposible. En septiembre, una familia tipo necesitó $12.637,53, para alcanzar la canasta básica. Debajo de ese umbral está la pobreza.
Lucila no se imagina trabajando y haciéndose cargo del hogar. “Las parejas en las que ambos trabajan y todo recae sobre la mujer, son consecuencia de la cultura tradicional y patriarcal que el mundo transita hace muchísimos años”, opina.
La socióloga Basaldúa, explica que, si bien la concepción patriarcal en que se apoyan las desigualdades de género continúa vigente, “es innegable que la lucha de los movimientos de mujeres ha tenido éxito, porque se han conquistado nuevos espacios y derechos. A su vez, se fortalecieron las luchas de otras minorías, porque se trata de un movimiento emancipador”.
Más allá del contexto, estas tres parejas tienen sus razones particulares para ser como son: la casa es de ambos, los dos trabajan y tienen derecho a descansar. Cuando se les consulta cuáles son las desventajas de este tipo de organización, todos responden al unísono: ninguna. Democrático ¿no? Pero la democracia no está exenta de conflictos.
Que en una pareja ambos estén de acuerdo en compartir responsabilidades, asegura cierto bienestar; pero eso no quiere decir que el equilibrio sea constante.
En la pareja de Lucila, la desorganización también es compartida. “Muchas veces nos cuesta mantener el orden”, reconoce “ambos hacemos varias actividades afuera. Hubo épocas en que yo tuve más trabajo y las tareas recaían casi todas sobre él y no nos hizo bien”.
En el caso de Leticia, la principal dificultad es ponerse de acuerdo con la limpieza “los dos hacemos muchas cosas y tratamos de sostenerlas”, explica “el hogar requiere de mucha dedicación y a veces el tiempo no da para todo”. Ella es profesora de yoga y feriante, y Eric, instructor canino. Ambos dedican tiempo a disfrutar de lo que les gusta: a ella, bailar afro y tocar candombe, a él, hacer capoeira. Su hijo, Siro (5) estudia música. Y no nos olvidemos de la más pequeña, Uma, que con casi dos años anda de aquí para allá.
El equilibrio en la casa de Laura y Diego depende de cómo fue la semana de cada uno. “Algunos días no hay ganas de nada”, reconocen, pero lo resuelven sin grandes dificultades “uno hace lo que el otro, cansado, no puede cumplir. Y si ninguno de los dos tiene ganas, no se hace nada”.
En los tres hogares, cuando el desequilibrio crece, aplican una fórmula infalible: hablar.
“No siempre estamos de acuerdo en todo, es un desafío diario la convivencia en armonía siendo cinco personas” explica Lucila. En su casa, muchos de los problemas surgen por falta de tiempo libre para cada uno y buscan solucionarlos charlando, para reordenar la rutina.
En el hogar de Leticia, el pacto se renueva con frecuencia fija: “Diariamente y semana a semana nos vamos organizando de acuerdo a nuestras responsabilidades y deseos. De esa forma, logramos siempre un equilibrio”. ¿Y si alguno de los dos no cumple con su parte? “Lo charlamos y reorganizamos, con amor, paciencia y respeto”, explica.
Para Laura y Diego, también es importante renegociar: “Somos de hablar mucho, solemos decirnos las cosas que nos molestan y las que vemos bien. Eso también implica, muchas veces, levantar el dedito y decir: ‘Ey, no te olvides que yo hice esto, o lo aquello’. Cuando empiezan los reproches es porque hay uno que está sintiendo más peso que el otro”.
Un signo más de estos tiempos: establecer pactos propios. “El amor y la pareja acompañaron los cambios sociales, económicos, e históricos”, explica la psicóloga Adriana Guraieb, “algunas tendencias consideran que están en crisis, yo me animo a pensar que se ha ido transformando, de tal modo que la concepción tradicional ha dejado de ser exclusiva para convivir con nuevos formatos”.
Uniones, matrimonios, convivencias con o sin hijos e hijas, familias ensambladas, parejas del mismo sexo, madres solteras, son algunas de las tantas formas de familia que conviven hoy en día. A diferencia del siglo pasado, la pareja heterosexual, con hijos, constituida a una edad temprana y legitimada por el Estado y la Iglesia, dejó de ser la única forma válida. “Es un proceso nuevo que aún no se consolida”, aclara la Socióloga Paula Basaldúa, que coincide con Guraieb en que hay nuevos contratos entre las parejas jóvenes, producto de una mirada menos prejuiciosa que se desentiende de los estereotipos.
Pero sí, todavía, la imagen de un hombre que lava la ropa es materia prima para chistes. Aun así, en los seis años que hace que conviven, Leticia y Eric no recibieron críticas o burlas por parte de su entorno “nos rodeamos de personas que funcionan de la misma manera”, explican “y los que no, nos respetan, al igual que nosotros a ellos”.
Entre los vínculos de Lucila y José pasa lo mismo: “nunca recibimos comentarios negativos”, reconoce ella, “nuestra familia y amigos nos apoyan”.
Laura y Diego, cada tanto, reciben alguna burla. “Siempre nos reímos. Sabemos que, en el fondo, muchos de los que comentan lo hacen más por la sorpresa que por la molestia o burla que nos quieran hacer”, reflexiona Laura y bromea: “Muchas mujeres me envidian”.
Ambos saben que detrás de ese tipo de comentarios hay ciertos preconceptos. “Creemos que los prejuicios siempre surgen desde el miedo. Cuando uno decide libremente convivir, negociar reglas o formar una familia, eso desaparece y surge la idea de hacerle la vida más sencilla al otro. Creer que un hombre es menos hombre por hacer las cosas de la casa es casi como creer que una mujer es menos mujer por arreglar una canilla”.
Para la socióloga Paula Basaldúa, la rebeldía de las mujeres contra los mandatos que la cultura les asigna es positiva. “Permite ampliar las posibilidades del ser, sin etiquetar ni categorizar a quién le corresponde tal o cual rol”. Y agrega que, ante este nuevo escenario, “los hombres también pueden construir nuevas masculinidades”.
A pesar de los cambios, las estadísticas muestran que el hogar sigue siendo cosa de mujeres. En agosto de 2015, el INDEC elaboró la primera Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo. Entonces se supo que: las mujeres participan más que los hombres en el trabajo doméstico no remunerado: 88,9% vs 57,9%. Y que, entre las tareas que incluye ese tipo de trabajo, la mayor tasa de participación femenina es en quehaceres domésticos (86,7% vs 50,2%), seguida del cuidado de personas (31,3% vs 16,8%) y del apoyo escolar (19,3% vs 6,9%). La equidad, todavía, lejos.
Para que los hogares como el de Leticia y Eric, Laura y Diego, y Lucila y José no sean casos aislados, los expertos dicen que hay que destruir los viejos libros de convivencia. Y la idea de que esto es tarea del hombre, y aquello de la mujer. En materia de relaciones conyugales, la bibliografía es basta, igual que el territorio del amor. Se escriben consejos que van desde cómo practicar una comunicación clara hasta cómo reavivar la llama de la pasión. Pero no hay recomendaciones como las que el psiquiatra especializado en terapia familiar y de pareja Jorge Daniel Moreno plasmó en su libro “13 consejos para fracasar en pareja”.
“Si se quiere evitar sufrimientos innecesarios, furibundas peleas, juicios costosos y extensos, reconciliaciones fogosas y efímeras, noches desabridas (…)” y un sinfín de malos tragos, hacerle caso a Moreno lleva al éxito en el fracaso compartido. Sus consejos también son útiles para las parejas que van camino a la derrota, pero no saben por qué. ¡Atención! Aquí van:
1: Viole el contrato. 2: Diga una cosa, haga otra. Diga una cosa y luego diga otra. Haga y diga cualquier cosa. 3: Reclame, reproche y recrimine. 4: Idealice y desilusiónese. Después, denigre. 5: Pase la factura. 6: Sacrifíquese por su pareja. 7: Invalide a su pareja. 8: Haga desaparecer a su pareja. Sea uno con ella. 9: Juegue a las escondidas. 10: Arruine su vida sexual. 11: Estropee la comunicación. 12: Entrometa a su familia. 13: Abúrrase en pareja.
Tras una investigación de siete años realizada por un grupo de científicos, concluyeron que esas eran las formas más usadas para fracasar. Se deduce, entonces, que evitarlas puede llevar al éxito conyugal.
Sea cual sea la fórmula que apliquen, estas parejas aportan miembros a la causa de la convivencia ecuánime. “Es bueno educar a nuestros hijos de esta forma”, afirma Leticia “para que sepan que todos somos responsables de las tareas de la casa”.
En el hogar de Lucila y José, también saben lo que hacen: “Les enseñamos a nuestros hijos a ser personas independientes”, afirma ella “y a que, más allá de su género, puedan sostener su hogar y organizar su vida de acuerdo a sus necesidades y deseos”.
Al fin de cuentas, no hay revolución en este mundo que no empiece por casa.
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