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ANALISIS - CLAVES PARA ENTENDER

¿Y si el sector público paga por productividad?

Por MARTIN TETAZ (*)

¿Y si el sector público paga por productividad?

shutterstock

Twitter: @martintetaz

El cuento tiene diversas formas, pero en la versión que recuerdo una importante empresa multinacional importaba una máquina de última tecnología, en la que había invertido doscientos millones de dólares. A poco de instalarla, la flamante incorporación japonesa se rompe y por más que los operarios buscan infructuosamente alguna solución, el mecanismo no logra volver a la vida.

Desesperado, el gerente busca por todos lados hasta que da con un técnico que aparentemente se había formado en tierra nipona y conocía en detalle al sofisticado robot. El experto llegó temprano y se quedó un buen rato observando la impotente maravilla. Al cabo, abrió una tapa del lateral derecho, escrutó con suficiencia la combinación de piezas desnudas y le pidió a uno de los capos de la firma que lo observaba con ansiedad, que fuera tan amable de alcanzarle el destornillador amarillo. Con precisión de relojero suizo calzó la herramienta en una hendija del motor hasta que dio con el tornillo buscado, ajustó dos vueltas de rosca, tomo distancia del paciente y pidió que encendieran la llave de contacto.

El sonido era suave, como el de un coche cero kilómetro, pero el ronroneo fue suficiente para que todos comprendieran que el corazón de la maquina había vuelto a latir. Una semana después, el técnico mando la factura correspondiente a sus honorarios y cuando el gerente vio el número de cinco cifras se le indigestó el desayuno. En seguida llamó al especialista y le reclamó “¿50.000 pesos por ajustar un tornillo?”. “No”, respondió el técnico, “por ajustar el tornillo son solo 5 pesos, los restantes 49.995 son por saber cuál era el tornillo que había que ajustar”.

¿CÓMO MEDIMOS LA PRODUCTIVIDAD EN EL SECTOR PÚBLICO?

Se le atribuye a Bernard Shaw haber dicho que a los médicos no había que pagarles por cada enfermo que atendieran, sino que había que asignarles, digamos, 100 pacientes de cabecera a cada uno y pagarles por la cantidad de ellos que mantuviera sanos.

No resulta difícil pensar una alternativa en esa misma sintonía para los Docentes, por ejemplo. Sería injusto que algunos les toquen niños de contextos desfavorecidos mientras que otros tengan la suerte de recibir chicos que ya aprendieron a leer y a escribir incluso antes del primer día de clases, como ocurre hoy en día. Pero podríamos imaginar un sorteo donde a cada docente le toquen 30 alumnos al azar y se los remunere por el porcentaje de los mismos que alcanzan los objetivos pedagógicos establecidos por el Ministerio. Claro, la evaluación tendría que ser externa, efectuada por un tercero que de manera objetiva pueda medir el producto concreto de lo que ocurrió dentro del aula. El resultado seguramente sería polémico; algunos Docentes ganarían mucho dinero. Mucho más de lo que hoy obtienen con este sistema vetusto que premia la mediocridad y no genera ningún incentivo a esforzarse. Pero claro, otros ganarían menos incluso de lo que hoy obtienen, de suerte tal que el mecanismo empujaría a esos docentes malos fuera del sistema, al mismo tiempo que invitaría a los talentosos que hoy prefieren otras carreras, a probar suerte en la docencia.

La gestión de la administración pública podría hacerse por objetivos concretos y monitoreando los resultados de cada trabajador

Lo mismo podría intentarse en diversas reparticiones donde la burocracia puede producir sus propias métricas. De nada sirve pagar por hora silla, cuando podría remunerarse la función administrativa en relación a la cantidad de expedientes sacados, o a la celeridad de cada uno de sus despachos. Obviamente el sistema tendría que resguardar la calidad, cosa que podría lograrse descontando aquellos expedientes que vuelven con errores o resultan recurridos. El Director de una oficina podría exigir a sus empleados por tareas y no por horarios. En muchos casos estos encontrarían conveniente llevarse trabajo al hogar o quedarse fuera de turno, con lo que reduciríamos además el tráfico innecesario.

La gestión de la administración pública podría hacerse por objetivos concretos y monitoreando los resultados de cada trabajador. El Profesor Salman Kahn, es el padre intelectual de la academia que lleva su nombre. No se trata de una institución formal de enseñanza sino de un conjunto de videos disponibles online para que los jóvenes de cualquier lugar del mundo aprendan matemática. Pero lo notable de Kahn no es la sistematización de los contenidos que permiten ir avanzando en los temas del mismo modo que si estuvieran siendo guiados por un maestro de carne y hueso, sino el sistema de evaluación que armó; una simple aplicación que le permite a un Profesor ir viendo “just in time” el progreso de cada uno de sus alumnos, de modo de administrar su atención de manera selectiva en favor de los que pedagógicamente más lo necesitan.

Es probable diseñar un sistema similar para el control de las tareas asignadas en una oficina, de suerte tal que el Director no necesitaría siquiera estar en el mismo edificio que el resto del personal. Como un corredor de acciones que evalúa el desempeño de muchos mercados de manera simultánea, sentado frente a varios monitores que muestran la evolución de los principales activos, el Ministro o el Sub Secretario podrían ver cómo están avanzando cada una de las reparticiones de su cartera, desde un mismo lugar, identificando en tiempo real el lugar donde se traban los expedientes y los canales por los que el proceso fluye de forma aceitada.

Medir cada uno de los procesos permite gestionar los recursos del Estado de manera mucho más eficiente, al tiempo que hace factible el diseño de un esquema de incentivos que permita distinguir a los buenos de los mediocres. Lo mismo da que las diferencias resultantes generen un esquema de remuneraciones monetarias diferentes, o tan solo la distinción nominal de quienes son los mejores. Con los incentivos apropiados nace el nuevo burócrata.

 

(*) El autor es economista, profesor de la UNLP y la UNNoBA, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) y autor de "Casual Mente" y "Psychonomics"

 

 

 

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