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Ocurrencias

Alejandro Castañeda
Por: Alejandro Castañeda  

22 de Septiembre de 2019 | 03:03
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Los pájaros rapaces llegaron para quedarse. Lo malo siempre arraiga mucho por estos lados. La crónica dice que días atrás se observó una gran ave de presa devorándose una paloma sobre el tanque de agua de una casa ubicada en 18, entre 47 y 48. Los vecinos se sorprendieron al ver un animal de esas características en plena Ciudad. Aunque ahora, cualquier revoloteo, perturba. Sin embargo, especialistas de la Universidad Nacional de La Plata y del Museo de Ornitología de Berisso remarcaron que la Región resulta amigable para distintas especies que antes era difícil de encontrar en esta zona. Cuervos, chimangos, gavilanes y lechuzas nos vigilan a distancia. Dicen que cada vez hay más aves de presa porque se van adaptando a las ciudades y encuentran alimento con facilidad. En plena campaña, el arribo y voracidad de estas bandadas parecen inspirarse en lo que pasa en tierra firme. Los pájaros patrullan desde una venturosa distancia el entramado revuelto de un paisaje inseguro que invita siempre a emprender el vuelo. Los estorninos ya no están solos. La naturaleza siempre reconstruye su orden y ahora apareció este nuevo bicherío para contarnos que también por arriba la cosa está difícil y que cuesta mucho encontrar comida entre los restos de una ciudad donde abundan faltantes y nada sobra.

¿Se animaran a hacer nido? Si andan buscando paz y comida, erraron el destino

Llegan a una zona donde la decepción está muy concentrada y el miedo viene muy repartido

Las golondrinas están llegando y nadie les avisó que aquí la primavera oscurece mucho. Salieron de California para renovar un instinto viajero que tiene el sol como único rumbo. Pero ignoran que por estos pagos, donde el sur se acaba, la cosa se ha puesto más peliaguda que nunca. Hacer nido en plena campaña, con tantos pajarracos rapaces levantando vuelo, es un desafío que quizá las obligue a pegar la vuelta antes de tiempo. Cinco millones de golondrinas están viajando en perfecta formación. Partieron de lugares donde hasta ayer nomás era verano. Y cada año, puntuales y sin quejas, vienen a recibir la primavera. Son aves tenaces y andariegas que le enseñan al hombre no sólo la inigualable sensación de libertad, sino aquello de que al sol cada uno debe buscarlo donde sea, aunque se le vaya la vida en el viaje.

Lo de esta travesía hacia tierras cálidas es un misterio del instinto que, a despecho de todo, borra las estrictas fronteras entre el norte y el sur y nos muestra cada septiembre cómo aprender a disparar del invierno y de la melancolía, de los días sin flores y del frío. Su aventura es una lección. Enseñan que lo peor siempre debe quedar atrás, que nada debería apartarte de tu destino y que cuando no se alcanza lo que se persigue, la clave no es esperar ni maldecir, sino ir a buscarlo, desafiando distancias y peligros, seguir aleteando como se puede y hasta el final.

Entre la desazón de estos días, el hombre debe aprender la vieja moraleja que nos dejan estas bandadas. Cruzaron por un continente lleno de humaredas, huracanes, ciudades y desiertos, sin apartarse jamás del camino. Desde su atalaya merodearon por montañas y selvas, esquivando vendavales y cazadores, peleando contra incendios y olvidos, sobrevolando muertes y festejos. Y llegan desde una California repleta de lujo y opulencia para hacer temporada en una zona donde la decepción está muy concentrada y el miedo viene muy repartido.

¿Se animaran a hacer nido? Si andan buscando paz y comida, erraron el destino. Las primeras que llegaron deberían avisarle a la bandada que en época de elecciones no estaría demás hacer una escala técnica en mitad de viaje y esperar que termine octubre para empezar a acomodarse a los nuevos cielos que están llegando. Agosto nos llenó de lluvia y devaluaciones, pero esta semana, el recuento de dólares y pobreza le sumó otras zozobras a una tierra donde la esperanza no levanta vuelo. Pero ellas siguieron viaje. Nada las perturbó. Han visto a los hombres pelear y celebrar, conocieron silencios y estruendos, avistaron palacios y miserias. Con su paseo confirman que el cielo sigue siendo de todos y que no queda otra que empeñarse en buscar el sol. Su llegada es una celebración y un recordatorio: cada primavera trae la promesa de otro comienzo. Y siempre se puede llegar más y más lejos.

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