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Espectáculos |Historias en el cine

Asesinos seriales en la pantalla: ¿por qué nos fascinan tanto?

“El estrangulador de Boston” es la última entrada en un género que nunca pasa de moda: la de los crímenes en serie, que han atrapado a los espectadores durante décadas

Asesinos seriales en la pantalla: ¿por qué nos fascinan tanto?

Norman Bates, de “Psicosis”

2 de Abril de 2023 | 06:42
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El reciente estreno de “El estrangulador de Boston” en Star+ y “Holy Spider” en Mubi son las últimas actualizaciones a una tendencia: la fascinación de la audiencia por los asesinos seriales no parece pasar nunca de moda. Norman Bates, Hannibal Lecter y Dexter Morgan son algunos de los ficticios e icónicos asesinos seriales que marcaron la historia del cine y la televisión. Sus huellas fueron impresas por sus particulares personalidades y macabros crímenes, a lo cual contribuyó el público, a través de producciones que buscaron retratar un fenómeno que provoca terror y fascinación en partes iguales.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué cada año hay historias de asesinos seriales en la pantalla, desde los días de Narciso Ibáñez Menta y “Psicosis”? ¿Por qué se reproducen las ficciones y las series documentales sobre casos reales? ¿Por qué fascinan tanto los asesinos en serie?

Desde la figura de Jack El Destripador como arquetipo del asesino serial moderno hasta el Petiso Orejudo y el siniestro clan Puccio, la ficción ha desplegado un terreno de libertad para torcer los límites de lo inenarrable en los crímenes en serie: libros, películas, series y recorridos turísticos se deslizan por formatos y lenguajes que trazan relieves sobre la crueldad y convocan a las audiencias desde un relato del horror y la persistencia de la anomalía, muchas veces con un magnetismo arrollador que bate récords.

Toda ficción tiene una relación con la verdad: la mira, la piensa, la imagina. Cuando la literatura, el campo audiovisual o las artes escénicas deciden intervenir en esa verdad la transforman: si el crimen no puede pronunciarse por lo monstruoso de sus actos y por el enmudecimiento que impone la rabia y el dolor de lo inexplicable, al devenir consumo cultural se vuelve digerible pero no por eso aceptable. Y esa es una posible explicación: el consumo de este tipo de ficciones, perturbador, también puede volver más digerible lo que es inasible, inaceptable. Ordenar el caos. Aunque, claro, muchas ficciones (como la mencionada “El estrangulador de Boston” o buena parte de la tradición noir) no cierran de manera tranquilizadora…

Pero para Marisa Grinstein, autora del libro “Mujeres asesinas”, que en 2005 adaptó al formato unitario televisivo con muy buen rating, la fascinación por lo criminal pasa por otro lado y tiene un origen concreto: la transgresión. “El que comete crímenes seriales transgrede las normas de conducta de una manera absoluta: no podría hacerlo más eficazmente. Como la mayoría nos comportamos dentro de marcos socialmente aceptables, estas actitudes despiertan curiosidad”, sostiene.

En su opinión también hay otro tipo de curiosidad, asociada a “ver qué es lo que tiene ese personaje criminal distinto de mí, qué es lo que lo transforma en un monstruo. E inclusive funciona una cuestión vinculada a una especie de conjuro: mientras uno vea en la pantalla todo tipo de atrocidades, acaso sea posible que conozca más de ese mundo siniestro y se vea protegido. De alguna manera estoy poniendo frente a lo diabólico la simbólica cruz, alejo el mal de mí”, dice la periodista que en “Mujeres asesinas” reconstruye catorce crímenes perpetrados por mujeres en una época donde la palabra “femicidio” estaba ausente del vocabulario social y mediático.

“Podríamos ver ahora que muchas de estas mujeres asesinas fueron la contracara de tantas otras asesinadas: enfrentadas a la misma violencia lograron esquivar la muerte matando al otro o a la otra”, apunta Grinstein sin que ello signifique reivindicar los crímenes sino mostrar “algunos casos de la realidad y tratando de analizar qué fue sucediendo en esas vidas para desembocar en una opción tan espantosa como el asesinato”.

El coreógrafo y director teatral Ricky Pashkus, que adaptó la vida de Yiya Murano -famosa por envenenar con cianuro encubierto en masas finas a dos amigas y una prima entre febrero y marzo de 1979- con una obra musical que se llevó los elogios de la crítica en el Teatro El Nacional en 2016, tiene una lectura similar sobre esa fricción con lo establecido: “Los asesinos seriales son muy atractivos porque rompen todos los límites, porque están afectados por la extrema posibilidad, porque son casos de maldad y perversión pero también indudablemente, por más que no sean psicóticos, están bañados en mundos extremos del comportamiento humano”.

En el caso de la llamada “envenenadora de Monserrat” decidieron reflejar “su voluntad de ascenso social, su necesidad de priorizar por encima el dinero y el poco miramiento hacia los vínculos familiares, como el hijo”, explica el director de la obra.

La figura de Murano nunca integró ese podio del terror que se le asignó a otros asesinos famosos de la Argentina. En opinión de Pashkus, “Yiya tiene una característica tan argentina, por quien fue su marido y por toda la historia, que sería difícil que el público la hubiera rechazado”, de ahí que el personaje ficcionalizado tomó el toque “revisteril” como una vedette por esa impronta argentina y porteña de la protagonista. “Lo que sucedía en la obra era que se reían a carcajadas pero entendían el mensaje: ‘estamos haciendo una fiesta con lo malo’”, explica el director, quien recuerda el acto final “con todos los asesinos seriales, como el Petiso Orejudo, bajando la escalera como estrellas” emulando las asesinas de la clásica Chicago.

Uno de los guionistas de “Historia de un clan”, Javier Van de Couter, director y actor que hace poco dirigió la película “Implosión” (2021), sobre lo que la prensa llamó “La masacre escolar de Carmen de Patagones”, grabada en la Región, tiene una explicación más diversa: para él, hay espectadores para todo, “los que les interesa el horror, otros el amor, a otros los vínculos, a otros las identidades”, ilustra.

Para Liliana Escliar, escritora y guionista de cine y televisión, que hizo dupla con Marisa Grinstein en la adaptación de “Mujeres asesinas”, y está trabajando en una miniserie sobre el femicida Ricardo Barreda, los crímenes en serie “nos fascinan, nos cuesta creer que de verdad existan y, cuando los descubrimos y vemos que actúan en el mundo real, se transforman en ‘monstruos mimetizados’. Los asesinos seriales suelen tener amigos y familia. En apariencia, sus vidas son iguales a las de los ‘normales’. Pueden compartir con nosotros un ascensor o un colectivo, darnos los buenos días y al momento siguiente elegirnos como víctimas. El formato audiovisual nos incita a buscar rasgos y marcas distintivas… pero no las hay. Son el ABC del género de terror: la familiaridad y sin embargo la otredad, estos monstruos que son seres humanos, pero no”.

Los asesinos seriales son el ABC del género de terror: la familiaridad y sin embargo la otredad, estos monstruos que son seres humanos, pero no”

Liliana Escliar Guionista

El que comete crímenes seriales transgrede las normas de conducta de manera absoluta. Como la mayoría nos comportamos dentro de marcos aceptables, nos despierta curiosidad”

Marisa Grinstein Autora

 

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