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Una bailarina inmortal

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9 de Abril de 2016 | 00:55

NicolAs Isasi

Ballet romántico por excelencia en dos actos, que narra la trágica historia de una campesina cortejada por dos enamorados. Uno de ellos es Hilarión, un guardacotos, y el otro es Albrecht, un duque que se hace pasar por aldeano para poder conquistarla. La rivalidad entre ellos aparece desde el comienzo y la madre de Giselle le advierte que por su frágil salud, si llegara a morir antes de casarse se convertiría en una wili: espíritu vagabundo de una doncella con amor no correspondido.

Este drama con toques macabros y pasionales, se profundiza con el conflicto entre los amantes y la noticia que recibe Giselle al enterarse que su aldeano enamorado no era ni más ni menos que un duque comprometido con otra mujer. Esto desencadenará la locura total de la protagonista, y la profecía de su madre se cumple en un segundo acto lúgubre pero encantador, al igual que la película “El cadáver de la novia” del reconocido director Tim Burton.

La música de Adolphe Adam (1803-1856), probablemente compuesta en una semana, ubica a “Giselle” como una de las obras más reconocidas dentro del ballet del período Romántico. Estrenada en la Ópera de París en 1841 (Tchaikovski tenía apenas 1 año de vida), su orquestación es cuasi camarística, presenta la idea del leit motiv (motivo conductor) y hace uso de un refinamiento estilístico, dejando cierta influencia para los grandes ballets venideros. La coreografía es de Jules Perrot y Jean Coralli sobre el libreto de Théophile Gautier y Jules-Henri Vernoy, basado en la obra De l’Allemagne (1835) de Heinrich Heine.

La aparición de Giselle desde el interior de su casa es repentina y provoca el primer contacto entre los amantes, que no solo es visual sino también musical, mediante una pregunta y respuesta entre las cuerdas y el clarinete, como había sido expuesto en la obertura. Aldana Percivati compone un personaje suave y precioso con un partenaire de lujo interpretado por Miguel Ángel Klug, ambos egresados del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. La adaptación coreográfica de Martín Miranda intenta mantener este enamoramiento con algunos momentos espejados, íntimos y sutiles. Vale aclarar que la variación de Giselle en el primer acto no es original de Adam, sino que fue incorporada más adelante, probablemente por Ludwig Minkus. El Pas Paysans, extenso pas de deux del comienzo, fue correcto. La pareja presentó ciertas desprolijidades en algunos de sus trucos, pero brillaron en sus interpretaciones como solistas. Víctor Filimonov (miembro del Ballet Estable desde 1997), como Hilarión, tuvo una breve pero exquisita aparición dejando en claro su prolijidad técnica que hace honor a su país de origen, considerado uno de los mejores en el ámbito de la danza. Entre los conjuntos, perduran las imágenes del vals de campesinos y la llegada de los fantasmas de las doncellas muertas en el segundo acto. Allí se produce la imagen más cautivante de toda la puesta, cuando la wili (novia-fantasma) cruza el bosque bajo la luz de la luna con un paso ágil y preciso, de gran delicadeza, que pareciera hacerla flotar.

La batuta del joven Censabella Farré tuvo altos y bajos. Logró un ensamble sólido entre los vientos y la percusión, con una afinación que se afianzó pasados los primeros números. Entre los destacados se encuentran el clarinete, el arpa, los cornos y la sección grave de las cuerdas. Luego presentó algunos tempi lentos hasta el letargo que se evidenciaron a la salida. El aspecto visual de la obra corresponde a una reposición de la dupla Greco-Caldirola (escenografía y vestuario respectivamente), realizada para el mismo teatro en las producciones 2002, 2003, 2006, 2007 y 2010. Aún así, la escenografía es propia de un cuento de hadas. Nos transporta a la época de manera precisa, con telones pintados al fondo, construcciones corpóreas y ciertos elementos de utilería, casi como si se tratara de una pintura. Prestar especial atención al detalle en la realización de los techos de cada casa. Por su parte, el diseño de vestuario es digno de una gran producción de ballet: pieles, plumas, sombreros, armaduras, mangas acuchilladas, botas y una guardia completa durante la escena de la cacería, que impacta de pie a cabeza. Sin lugar a dudas un deleite visual en mano de grandes artistas formados en las Escuelas Superiores de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y Ernesto de la Cárcova (hoy devenida museo en pleno Puerto Madero, como patrimonio artístico e histórico único e invaluable de nuestro país y de Latinoamérica). La iluminación logró amalgamar todos los elementos con gran sensibilidad exceptuando el clásico, pero por momentos molesto, uso del seguidor. Algo que sin dudas causa extrañeza es la decisión de programar tantas funciones de ballet en días de semana y a principios de mes. Claramente las consecuencias se reflejaron en la platea, y ojalá cesen durante el fin de semana, porque el nivel artístico del espectáculo merece ser visto.

 

 

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