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Otra vez la inflación

Otra vez la inflación

Por: Miguel Polanski

26 de Octubre de 2021 | 01:45
Edición impresa

eleconomista.com.ar

El médico y filósofo británico John Locke (1632-1704) fue quien primero advrtió que los precios de los productos básicos que consumía la población variaban en la misma dirección y proporción que lo hacía la cantidad de dinero en circulación. Si bien podía ser sencillo advertir el movimiento de lo precios en un mundo donde no eran tantos los bienes disponibles en el mercado, no lo era percibir la cantidad de dinero en manos del público. Pero logró hacerlo, a pesar de todo.

Sea como fuera, nace con esta observación uno de los principios básicos sobre los que se edifica el funcionamiento de la economía en todas partes del mundo: la variación en el nivel de precios depende de la evolución de la cantidad de dinero en circulación.

Relación que admite que la causalidad pueda no ser automática o instantánea, si no que procede con retrasos según la velocidad de circulación del dinero, el porcentaje del ingreso que se ahorra así como otras modalidades vinculadas al consumo y la distribución del ingreso, que pueden incidir en la mayor o menor variación de los precios como reacción ante un aumento sustantivo de la cantidad de dinero sin contrapartida de un aumento de los bienes y servicios en la economía.

De lo que no cabe duda, es que el aumento generalizado y contínuo de los precios -proceso que define la inflación- es un fenómeno de naturaleza monetaria. Aparece, persiste y eventualemente se multiplica si el aumento de la cantidad de dinero en circulación no se corresponde con un aumento de bienes y servicios en la economía.

Tres siglos y medio transcurrieron desde que se publicó la primera visión sobre el fenómeno monetario, continuada por centenares de estudios, artículos, libros y trabajos que investigaron y desmenuzaron hasta sus últimas causales y consecuencias el exceso de la cantidad de dinero en una economía. También se analizaron la emisión y el atesoramiento, la moneda metálica y el dinero fiduciario, la velocidad de circulación y los problemas derivados de la existencia de diversa calidad de dinero en circulación en una economía. Todos ellos permiten tener en la actualidad un conocimiento claro y exhaustivo sobre el problema. Existe en la actualidad un sólido conocimiento sobre las causas que dan origen a la inflación así como las que la mantienen vigente y potencian su crecimiento.

Resulta sorprendente, por lo tanto, intentar una vez más contener la oleada inflacionaria desatada hace años, y ahora en franca expansión, con instrumentos y medidas probadamente ineficaces y contraproducentes. Desde que a principios del año 2007 se puso en práctica la política de financiar el creciente gasto público con emisión, el nivel de precios aumentó entre 40 y 50 veces, a pesar de los diversos procedimietos heterodoxos y ortodoxos practicados por los gobiernos que se sucedieron desde esa fecha hasta el presente.

Los resultados del impacto inflacionario están a la vista y no necesitan de mayores explicaciones o comentarios. Son miles las empresas que debieron discontinuar su actividad, millones los desocupados que pasaron a engrosar el 40% de pobreza que registra la estadística oficial y dramática la caída del salario real cuyo promedio no alcanza para el consumo de la canasta básica.

La responsabilidad de la génesis y la persistencia del proceso inflacionario recae sobre el Gobierno, la política y la dirigencia sindical y empresaria, que todavía no alcanza -o no quiere- comprender la devastadora consecuencia del fenómeno una vez instalado como mecanismo de superviviencia y beneficio para gobiernos y sectores privilegiados de la sociedad.

El impacto de la inflación nunca es neutral como tampoco posible de ser revertido una vez consumado. En primer lugar porque al desalentar e inhibir inversiones, la inflación conduce a recesiones que generan un fuerte impacto en la sociedad cuando cae el nivel de actividad económica. Estudios realizados en el país y América Latina calculan que cada 1% de caída en el nivel de actividad, conduce a 2,5% de aumento en la pobreza, que más tarde nunca se recupera.

Un impacto pocas veces considerado es que, cuanto mayor la inflación, más extendida la dispersión de los aumentos de todos los precios y salarios de la economía. Por regla de tres simple, cuanto más extendida, mayor la probabilidad que los actores económicos sean alcanzados por una diferencia imposible de ser descontada entre ingresos y gastos. Diferencia insalvable que conduce a la clausura de la actividad, la pérdida del empleo o la pérdida del hogar.

Después de siete décadas de elevada inflación en la que los salarios siempre perdieron frente al aumento de los precios, sería oportuno que por una vez la dirigencia política, sindical y empresaria, abandonde el discurso y redoble el esfuerzo para obligar al Gobierno a encarar una política que sepulte de manera definitiva la inflación.

Porque la estabilidad de los precios es un requisito esencial para lograr una economía sustentable. Y una economía sustentable es la base necesaria para alcanzar el pleno empleo con salarios crecientes e inclusión. Lo confirma la historia, la razón y también el sentido común.

 

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