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CASAS DEL CRIMEN · “EL GRIEGO” QUE MATÓ Y DESCUARTIZÓ A SU CUÑADO

En el baño del horror, medio siglo después nació una beba

Los nuevos habitantes nos abrieron la vivienda de 1 entre 44 y 45, donde en 1963 Juan Harjalich mató y descuartizó a su cuñado. El mito de las empanadas. Y nuevas historias

Hoy, el frente (remodelado para locales) tiene muy poco en común con lo que era hace 55 años/Dolores Ripoll

La casa de la calle 1 se veía muy diferente en 1963 / archivo

Por MARCELO CARIGNANO

mcarignano@eldia.com

La relación de C. con la casa de calle 1 N° 710 (entre 44 y 45) tiene ribetes de tenor novelesco; desde la primera vez que puso un pie en las viejas baldosas hasta el día en que nació su hija menor.

Algo particular, intangible, llamó su atención en la primera oportunidad en que asistió al lugar, tras una convocatoria que prometía un trabajo.

Una sensación que, según sus propias palabras, le nació “de adentro”.

Sentado sobre una pila de computadoras rotas y monitores en desuso, amontonados en una habitación muy singular (es que cada recoveco de la propiedad posee una historia), se dijo a sí mismo “esto tiene que ser mío”.

Ese fue el comienzo del correlato de C. y la vieja construcción.

Pero la leyenda de “la casa de la calle 1” se remonta a 55 años atrás, con precisión, al 17 de enero de 1963.

Los platenses de vieja cepa recordarán el homicidio, el mito de las empanadas y las semanas en las que el tema se llevó las páginas más importantes de los periódicos de antaño.

CRÓNICA DE LA ÉPOCA

La crónica de EL DÍA publicada el 19 de enero de ese año, reseñaba lo siguiente:

“Nuestra ciudad ha sido escenario de un crimen horripilante, de esos que conmueven por la magnitud inaudita de sus características y muestran con los más sombríos contornos la profundidad a la que puede descender el hombre [...] El hecho de que se trata: asesinato y descuartizamiento de la víctima.”

Luego se aclara que “el primer conocimiento que se tuvo acerca del grave hecho fue por boca de Juan Giorgia, griego, de 69 edad” quien “se presentó en la Comisaría Primera de El Dique para expresar que su compadre, Juan Harjalich, de su misma nacionalidad y de 40 años, afincado en la calle 1 N° 710, había aparecido en su casa, llevando en una valija restos humanos”.

Se trató de un crimen que tuvo en vilo a la sociedad platense, en la que se acusó a Harjalich (que regenteaba una suerte de bar con comidas al paso en la misma edificación donde vivía) de haber asesinado de un disparo a su cuñado, Andrés Saculea.

Después lo descuartizó, quemó el cuerpo y por último arrojó los restos al monte, en Ensenada.

En su cobertura del asesinato, los medios hicieron hincapié en dos situaciones que le dieron aún más fama al episodio, ambas con referencias al canibalismo.

El imaginario popular hizo el resto. 

Con muchas fluctuaciones, pruebas nuevas, indicios descartados y el hombre conocido como “El Griego” preso en el penal de Lisandro Olmos, el caso culminaría por fin.

La leyenda del autor del escabroso homicidio tendría su cierre en 1965, tras la muerte de Harjalich en la cárcel.

Mas el lugar de los hechos, esa casa del crimen, seguiría sumando ingredientes que incrementarían su propio mito.

Algunos años más tarde, Elefteria Dominga Saculea de Harjalich, esposa de “El Griego”, se desharía de la propiedad en la que su hermano fue asesinado.

Los comerciantes con más tiempo en la zona recuerdan el caso, el impacto que tuvo en el barrio de la Estación.

En el Registro de la Propiedad Inmueble descansan los nombres de los dueños que tuvo la vivienda de dos pisos.

En total, el terreno se extiende por 300 metros cuadrados. De esa área, 201 están destinadas a la construcción.

El frente de la propiedad, que es lo más nuevo de todo el edificio, fue remodelado y en el interior se dividió en locales con vista a la calle.

Escaleras, habitaciones “ciegas”, altillos y sótano, la casa de la calle 1 cumple con todos los requisitos para un cuento de misterio.

NUEVO SIGLO, NUEVA HISTORIA

La extrañeza dibujada en sus rostros de C. y M. al observar la grabadora de voz y a la fotógrafa, le dio al cronista la oportunidad de sorprender a su interlocutor.

Por singular que parezca, el conocimiento que ambos tenían de la enmarañada historia de “El Griego” era apenas el hilo suelto de la madeja.

“¿Vos sabés qué pasó en esta casa?”, le pregunta el periodista a quien hoy, junto a su familia, habitan el inmueble de calle 1.

Dos personas, una abogada y un hombre entrado en años que moraba en el barrio, le habían comentado de forma orillera que, años atrás, allí se había cometido un crimen.

Mas el corazón de un buen relato está en los detalles y, con ese aporte, las caras C. y M. mutaron del asombro a la curiosidad.

Luego de la diégesis de -parte- los hechos ocurridos el 17 de enero de 1963, la hebra solitaria comenzó a crecer y unirse con otras hasta transformarse en un telar, plasmado de nuevas narraciones.

La relación de la casa con C. tuvo su origen en inicio del nuevo milenio y se trató de un amor a segunda vista.

C. aterrizó allí después de la crisis del 2001, cuando el país aún pagaba las consecuencias sociales y económicas de la debacle.

Ya recibido, se encontraba en plena búsqueda de trabajo cuando un conocido lo citó para hacerle una propuesta. Ese encuentro se dio en 1 Nº 710, donde funcionaba la Fundación Argentina en la Era de la Información.

El allegado lo guió en una breve recorrida de la imponente residencia donde, le dijo, “recuperaban computadoras viejas para repartir en los barrios carenciados” de la Región.

De esa reunión, C. se quedó con una tarjeta pero sin la oferta laboral que había dio a escuchar.

Una semana más tarde recibió otro llamado, esta vez con “algo concreto” que se vio obligado a rechazar.

Pasaron varios meses. El conocido regresó, lo volvió a llevar a la calle 1. Y, nuevamente, le mostró cada habitación .

Fue en el cuarto “ciego” (que se ubica en el patio y sólo es posible acceder con una escalera de mano) donde C. tuvo su epifanía sobre una enorme pila de gabinetes y monitores: “Esto tiene que ser mío”, se dijo a sí mismo.

Años más tarde, con idas y vueltas, su anhelo se cumpliría en parte .

“Yo siempre dije que esta casa, de alguna manera, tiene vida, se manifiesta. Cuando vienen visitas grandes hay que acondicinarla a fondo, porque todo es viejo y por algún lado estalla. Cuando te quejás porque algo no funciona, la casa responde: se traban las puertas, se tapan los caños”, explica C. en tono jocoso.

La construcción es vieja y “lo hace saber”, dicen sus habitantes.

Para ellos, es “habitable porque vivimos nosotros, no creo que otra familia se banque estar acá”.

“Un evento ‘raro’ que te puedo contar es que acá nació mi hija” en 2015, menciona M., como al pasar, mientras señala con la mano a sus espaldas.

En principio, la acotación pareciera no contener la cuota de rareza suficiente para llamar la atención de quien escribe.

No es sino cuando se añade un detalle particular, que el interés aumenta exponencialmente.

“Acá” es el escenario de ese natalicio; uno de los baños de la edificación -el principal, de acuerdo a los planos originales-(ver aparte).

El encargado de recordar y desarrollar esa secuencia es C., quien llevó a cabo la intervención: “El parto lo tuve que hacer con la cuchilla de la cocina, porque no alcanzamos a prepararnos. Fue cosa de unos segundos”.

“Tuve alguna contracción, pero no dio tiempo a nada”, interviene M.

Motivado por la urgencia y la necesidad, el procedimiento tuvo mucho de película. C. debió utilizar el cordón de uno de los botines de su hijo para atar el cordón umbilical.

La beba nació en perfectas condiciones y cuando por fin pudieron tomarse un respiro, llamaron a una ambulancia para que traslade a madre e hija al hospital.

De esa forma, la casa de la calle 1 sumó un capítulo fundamental a su historia, contrapuesto al que le dio fama: un episodio de vida.

 

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