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El dólar, los precios y las expectativas hacia diciembre
El dólar, los precios y las expectativas hacia diciembre

Por: Héctor Rubini (*)

22 de Octubre de 2019 | 01:55
Edición impresa

eleconomista.com.ar

 

La incertidumbre sobre el futuro del tipo de cambio, las tasas de interés y la inflación siguen sin disiparse. No es claro el rumbo del programa en curso con el FMI si la actual administración lograra revertir el resultado adverso de las PASO. Tampoco si se llegara a imponer la oposición. La única frase relativamente clara ha sido la de que “el dólar a $60 está bien”. Pero las variables clave indican una calma que podría disiparse a partir de la semana que viene. Todo dependerá del resultado electoral del próximo domingo y de las señales que emita el ganador de los comicios.

El stock promedio de depósitos en pesos se mantiene estable, mientras las colocaciones en dólares parecen haber insinuado cierta reversión en la primera quincena del mes en curso. Sin embargo, las reservas internacionales continúan en descenso. Inevitablemente el Tesoro deberá liquidar en su totalidad los dólares “precautorios” que restan en cartera del BCRA. Para hacer frente a los pagos que le espera, no es claro que se logren calmar las señales de cierto nerviosismo fuera del mercado bancario. La brecha entre el Contado con Liquidación (CCL) y el dólar mayorista que monitorea el BCRA tiende a ampliarse. Si bien el CCL bajó luego de una apertura a $75,83 el último viernes, cerró la jornada a $73,83. Luce caro para los que dicen que la cotización mayorista en torno a $60 es razonable, pero no es claro que en lo que resta del año se observe exceso de demanda de pesos y que se cierre el visible exceso de demanda de dólares.

Por el lado fiscal, la caída de la actividad y del empleo seguirá complicando la recaudación tributaria y las contribuciones a la seguridad social. Sin margen político para bajas drásticas del gasto público, al menos bajo la actual administración, el déficit primario cerraría con un “rojo” en torno de los $200.000 millones que, sumado al pago de intereses de la deuda, concluiría con un rojo en torno de $850.000 millones. Si a este déficit financiero se suman los pagos por amortizaciones de la deuda, las necesidades de fondos de 2019 totalizarían poco más de $3 billones.

Financiar esa brecha ha sido posible en gran medida por el dinero prestado por el FMI (U$S 14.580 millones) para cancelar vencimientos de deuda. Otras fuentes disponibles han sido la transferencia de utilidades del BCRA ($204.200 millones), la transferencia anual durante esta gestión de fondos líquidos del Banco Nación ($ 10.000 millones), y según la presentación de los números fiscales de Hernán Lacunza de la semana pasada, la deuda flotante aumentaría en otros $10.000 millones. Otra fuente o “ahorro extra” ha sido el reperfilamiento de vencimientos de las letras de corto plazo, que redujo el gap financiero en $558.300 millones. Hacia el 7 de octubre pasado Hacienda colocó una letra a 180 días en el FGS-ANSeS para captar otros $12.000 millones. Aun así queda sin cubrirse un “gap” financiero de $709.500 millones (U$S 11.825 millones). Sin los desembolsos del FMI que se esperaban para el segundo semestre, forzosamente debe utilizarse el depósito del organismo en el BCRA para el fortalecimiento de las reservas internacionales (aproximadamente U$S 7.340 a principios de 2019) pero, en lo que va de este año, ya se ha retirado la mitad de esos fondos para el pago de compromisos. Aun con el uso total de dichos fondos ($440.000 millones con un dólar a $60), resta una brecha sin financiamiento asegurado por $269.500 millones (U$S 4.500 millones).

Sin financiamiento voluntario ni del FMI, el habitual salto del gasto corriente por salarios, jubilaciones y medio aguinaldo, forzará sí o sí a emitir dinero, y bastante más que en diciembre de 2018, cuando el BCRA incrementó la base monetaria por $170.086 millones, luego de girar al Tesoro casi $43.700 millones para vencimientos de deuda, y junto a la cancelación de Lebac, pases e intereses y otros conceptos. Si, de facto, el acuerdo con el FMI y los desembolsos esperados seguirán caídos, no habrá otro remedio que apelar a la emisión monetaria. ¿Alguien puede imaginar siquiera que antes de fin de año se mantendrá la inflación en los niveles actuales o inferiores, o que aun con controles de cambios el dólar mayorista se mantendría quieto en torno de $60?

La situación fuerza a alguna salida diferente a lo realizado en estos meses porque es a todas luces insostenible. Forzosamente, el nuevo Gobierno debería postergar todo eventual aumento de tarifas de electricidad y gas a 2020, y eventualmente al segundo semestre. Nada indica que estén dadas las condiciones de reducir al menos transitoriamente la inflación, sin tomar alguna decisión con relación a las tarifas públicas. Pero también, fundamentalmente, en materia de un gasto que se tornará imposible de controlar en caso de continuar la destrucción de la oferta de bienes y empleos, de la mano de un programa ya fracasado, basado en sostener tasas de interés exageradamente altas.

El próximo presidente enfrentará un diciembre difícil: deberá calmar no sólo las expectativas inflacionarias y suba del tipo de cambio, sino ofrecer futuro. Un horizonte con menos incertidumbre, y con alguna forma de recuperación de la estabilidad y el crecimiento. Caso contrario, el inicio de la próxima década no será mucho mejor que el final de esta.

(*) Economista

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