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Una nueva ola de anime: por qué la animación japonesa explota en Netflix

La plataforma apuesta fuerte a los dibujitos animados orientales, creando sus propios shows, trayendo clásicos a su grilla y empujando un boom que no para de crecer en todo el mundo

Una nueva ola de anime: por qué la animación japonesa explota en Netflix

“Evangelion”, clásico de los 90 y carta fuerte de Netflix para esta temporada de anime / Web

Con el éxito de “Dragon Ball Super: Broly” en los cines argentinos, y la llegada, la próxima semana, de la adaptación del clásico japonés “Alita” (con guion de James Cameron y dirección de Robert Rodriguez), ya no es ninguna sorpresa: la industria del anime, o animación japonesa, tras décadas considerada un consumo de nicho, está aprovechando las bonanzas de internet para volverse un furioso fenómeno global.

Y, por supuesto, Netflix ya tomó nota, hace rato, del fenómeno: con su billetera profunda y su deseo de conquistar todo tipo de grupos demográficos y de instalarse en países asiáticos, el servicio on demand lleva más de un lustro trayendo novedades animadas de Japón a su catálogo, pero, seguramente al ver los números que dejaban estos shows, hace dos años decidió zambullirse de lleno y comenzar a producir su propio contenido de anime.

En 2017 contrató a Taito Okura, gurú de la industria y co-fundador de Crunchy Roll, la plataforma líder en anime y que dio un paso gigante para eliminar el problema de piratería de la industria de animación japonesa, que rara vez podía vender sus productos al exterior porque su fanatizada base ya los había descargado de formas menos que legales.

Ese año realizó 12 series originales; el año pasado, los proyectos de anime o relacionados al anime (como la vituperada película con actores de “Death Note”) fueron 30, sobre 700 originales del servicio. Y 2019 comenzó con tres grandes anuncios: la serie de culto “Evangelion” llegará por primera vez a un servicio on demand occidental este año; la plataforma producirá una secuela para “Ghost in the Shell: Stand Alone Complex”; y también una serie con actores de “Cowboy Bebop”, completando así el trío de animes que cambiaron la industria en los 90.

Netflix tomó nota de un número clave: de la audiencia total ávida de anime, solo el 10% vive en Japón. El anime es global, como los Avengers o Adam Sandler. Y por eso cambió su sistema: de licenciar un puñado de shows solo para darle variedad a su catálogo, pasó a ser un jugador clave en la industria del anime, comisionando obras originales para no tener que lidiar con los problemas de licencia en cada país (lo mismo que llevó a su decisión de dejar de comprar series a las cadenas de televisión y producir su propio contenido).

Llegaron algunos éxitos, como “Violet Evergarden” y “Castlevania” (¿es un anime?), y otros shows que sorprendieron por su oscuridad y vanguardismo, como “Devilman: Crybaby” (a cargo del director de moda en la industria, Maasaki Yuasa). Y el catálogo se infló con otras propuestas no producidas por la plataforma, como las películas de Mamoru Hosoda, nominado al Oscar a mejor filme animado este año. 2019 llegará con más novedades: además de las mencionadas, ya se estrenó el cierre de la trilogía animada de Godzilla, y se prepara un show de “Ultraman”, y versiones animadas de “Pacific Rim” y “Altered Carbon”.

Todas, producidas en alianza con los principales estudios de Japón, una unión que está cambiando la forma del negocio en el país oriental: la animación es allí una industria poderosa, pero no particularmente lucrativa para los estudios de animación, que trabajan bajo las compañías de producción, grupos que operan como red de seguridad pero que también influyen sobre la libertad creativa de los estudios, que además operan en condiciones laborales al borde de la explotación laboral, para poder producir un episodio por semana y a la vez maximizar las ganancias. Varios de los rasgos estéticos que conocemos del anime (menos cuadros por segundo, escenas suspendidas) surgen de esas limitaciones.

Pero Netflix no solo toma un camino alternativo a este modelo, yendo directamente a los estudios y, además, inflando las ganancias de las producciones al volverlas globales, como ya hiciera Crunchy Roll, y aportando presupuestos más grandes (aun así, son mucho menos costosos de producir que sus series originales estadounidenses plagadas de actores, y quizás con impactos algorítmicos similares) y tiempos menos estrictos. Otros productores de contenido, como Amazon y Hulu, están siguiendo los pasos de la N roja en este sentido.

Por supuesto, no es soplar y hacer botellas: como ocurre con varias de las producciones que realizan en otros países, hasta aquí los intentos de Netflix han sido tibios. Mucho contenido, pero poco éxito entre los seguidores del medio. Para algunos fans, Netflix produce shows pensando en un público demasiado amplio, y pierde de vista el corazón de la animación japonesa; para otros, la producción bajo el modelo algorítmico de la empresa, sencillamente, no ha conseguido capturar la esencia, solo las superficies, de los shows de éxito.

Netflix, de todos modos, no dejará de intentar. Y llevando a su plataforma de casi 150 millones de suscriptores en todo el mundo, está claro que no solo está aprovechando una nueva oleada del anime, como aquella que viviéramos con el desembarco de series como “Supercampeones”, “Caballeros del Zodíaco” o “DragonBall”: también está siendo una parte integral para volver al anime un fenómeno mainstream a nivel mundial.

 

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