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Qué hacen, qué usan y por qué eligen este tradicional sitio marplatense

Después del mediodía y hasta el amanecer, los jóvenes son locales en Playa Grande

Chicos y chicas se suman a esta oleada de heladeritas, parlantes y bebidas y arman una movida multitudinaria

Después del mediodía y hasta el amanecer, los jóvenes son locales en Playa Grande

Los jóvenes copan playa grande y arman una gran movida que se extiende hasta el amanecer

Textos Jorge Garay y fotos Demian Alday

En Mar del Plata, los jóvenes marcan tendencia en la arena y frente al mar. Pero esto se refleja con mayor fuerza en Playa Grande, allí donde las aguas se mueven entre dos escolleras: desde la que está al norte, pegada al complejo La Normandina, a la que está al sur, junto al parador Quba. Ambos extremos ofrecen propuestas bolicheras y de after beach desde el atardecer a la madrugada. Y en el medio de ambos, detrás de los balnearios y paradores, Bruto y Mr. Jones se suman con más propuestas nocturnas.

Es que de un tiempo a esta parte, el perfil de Playa Grande cambió: con propuestas pensadas para los más jóvenes, poco y nada se parece a sus inicios de 1938, cuando estaba reservada para familias de clase media alta.

Ahora, junto a La Normandina (que reúne a los boliches Stadium, Only y Ananá), desde la franja gratuita de esta playa pública y hasta extenderse hacia la zona de carpas de otros balnearios, cientos de centenials (chicos y chicas de 18 años en adelante) se irán mostrando conforme pase el día: ellas en bikinis de colores vibrantes, con estampas hawaianas, animal print o en mallas enterizas; ellos, en traje de baño cortos, por arriba de la rodilla y en colores claros, sobre todo en coral que es la tendencia del momento. Y para los que no se sumen a la “onda”, allí habrá un vendedor ambulante -de los pocos que desfilan en esta zona- para ofrecer prendas en los tonos que luce la muchachada a valores que arrancan en los $300. Quien frecuente Playa Grande verá también sombreros, tipo cowboys, de paja, sobre las cabezas masculinas y femeninas y entre quienes no los tengan se paseará un senegalés para ofrecer los suyos a razón de $200 y $300. La venta es escasa antes del mediodía, cuando la playa luce casi desierta. Los pocos jóvenes que hay se confunden con algunas familias que se acomodan en el medio de ambas escolleras y surfers de todas las edades aprovechan los latigazos de las olas para barrenar sobre el mar.

Los “dueños” de la playa

El movimiento se intensifica pasado el mediodía, cuando decenas de jóvenes bajan hacia la playa después de haber peregrinado por el boulevard Peralta Ramos para plantar bandera en la arena con su sombrilla o iglú, el parlante todavía apagado y la heladerita desde la que irán tomando un fernet con cola, una cerveza o algún trago.

Para las 17, el paisaje de Playa Grande cambia radicalmente: cuesta caminar esquivando cuerpos jóvenes, heladeras y parlantes que suenan desde todos lados como distintas pistas de un boliche: si suena reggae en un lado, bastará hacer un metro y ya se estará escuchando cumbia. También se percibe el olor a marihuana, que se confunde entre perfumes y el aroma de comidas como choclos, panchos y sandwiches.

Pero, ¿qué tiene Playa Grande que atrae tanto a los jóvenes? Luna, que apura una cerveza y sonríe apenas, aclara que “no es solo por el alcohol. Es por lo lindo de su gente, por eso venimos siempre”, dice mientras se corre el pelo largo y se le ven los ojos verdes brillosos. Con 23 años, esta oriunda de San Martín, provincia de Buenos Aires, es la cuarta vez que vacaciona en Mar del Plata con su grupo de amigas y visita Playa Grande para hacer “más amigos”.

También Sol, con top amarillo, short de calce alto y anteojos de hippie se mostró a gusto en sus primeras vacaciones con amigos en Playa Grande. “Vinimos por la buena onda”, dijo esta chica de 22 años estudiante en la UBA de Administración de Empresas. “También venimos a ver si se levanta algo”, aportó cerca de ella Nicolás, de 24 años, cuerpo ancho y con pectorales marcados, de Palermo.

Pero avanzando hacia la escollera sur, hay familias y jóvenes a quienes el espectáculo que se va formando los incomoda. Se sienten extraños, como turistas perdidos en viaje y emprenden la retirada: “A nosotras nos gusta la tranquilidad, por eso nos vamos cuando explota”, aseguró Paz Montemur (23), junto a su hermana Milagros. De malla enteriza con volados, recostada sobre una toalla y a unos 30 metros de la costa en el sector joven de la playa, Paz reforzó que “el descontrol no nos gusta”.

Junto a las hermanas Motemur, un grupo de amigas destacó la tranquilidad de Playa Grande durante la mañana y hasta la hora de la siesta. Pero se van cuando estallan las pistas que se improvisan al aire libre. “Yo entreno y por eso no soy mucho de salir, soy más de la vida sana”, aclaró Inés, mientras cebaba mate de un termo importado. Con 22 años, la sonrisa fresca, el cuerpo delgado apenas cubierto por una bikini blanca, estudia atletismo en Mar del Plata y pronto se irá a Estados Unidos a cursar una beca deportiva: la preparación física, para ella, es crucial. Y además, está el bolsillo: “Acá te cobran un after $600, nos parece mucho”, contó.

Es que si se bebe en cualquiera de los boliches se puede llegar a gastar unos $1.500. Claro que a eso habrá que sumarle la larga previa en la que las heladeritas no parecen vaciarse nunca. Cada tanto un vendedor pasa como puede entre los muchos jóvenes que se quedan y las cervezas (a $80) desaparecen de sus manos.

“Es horrible verlos tomando tanto, fumando y, lo peor, ensuciando todo”, se lamenta un guardavidas, acostumbrado a que todas las tardes en las que el clima lo permite sus ojos se dividen entre esa multitud de personas y el mar. Solo desde lo alto de su mangrullo será posible ver la costa. Pues, resulta casi imposible hacerlo a la misma altura de la muchedumbre, con cientos de jóvenes, parados o sentados, adueñándose de unos 400 metros de arena.

Al caer la noche todavía seguirán bajando para sumarse a la previa en la arena o para ingresar a algún after. La desconcentración recién ocurrirá hacia las 23, cuando algunos vuelvan a casa a quitarse la arena, ducharse y perfumarse; a cambiar la malla y las ojotas por el jean, la camisa y las zapatillas, para luego regresar a alguno de boliches de Playa Grande y ver el amanecer frente al mar.

 

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