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Información General |a 20 años de la última visita del ex campeón del mundo al país
Bobby Fischer en La Plata: los días que anticiparon su triste y solitario final

Se presentó en 1996 en el Pasaje para lanzar una reforma al ajedrez tradicional y auspiciar un match que al final nunca se hizo. El legendario ajedrecista mostró un discurso antisemita y se terminó peleando con todos

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10 de Julio de 2016 | 02:42

Facundo Bañez

Habían pasado pocos minutos de las trece y el auditorio del Pasaje permanecía en un silencio sepulcral, con las puertas abiertas y varias hileras de sillas vacías que esperaban bajo la luz opaca de los tubos del techo. Era el jueves 11 de julio de 1996 y la cuarta vez que Bobby Fischer, el más carismático y acaso genial jugador de ajedrez de todos los tiempos, se presentaba en nuestro suelo. La razón era lanzar a nivel mundial el FischerRandom, una variación al juego tradicional que el talento nacido en Chicago y criado en Brooklyn había pergeñado para hacerle frente al avance de las supercomputadoras. Fishcer proponía una disposición nueva y aleatoria de las piezas de salida para crear así un ajedrez irrepetible y sin registros de partidas que funcionen en una memoria. “En un juego así -decía-, todo vuelve a depender del talento”. Ése era el principio detrás de la presentación del gran Bobby Fischer en La Plata, y sorprendía a esa altura, pasada media hora del comienzo convenido para la charla, que el auditorio del Pasaje tuviera un aire desolador. Al final, casi cuarenta minutos después de la hora pautada, el lanzamiento se hizo ante unas veintipico de personas y Fischer se mostró tan incómodo e irritable durante el encuentro que, pese a tener ya las partidas anunciadas, el torneo de maestros previsto para el día siguiente se tuvo que suspender a último momento.

dificil de tratar

“La presentación fue un desastre: no fue nadie” , recuerda el ajedrecista platense Carlos García Palermo, Gran Maestro y portador de un récord que lo agiganta: haber vencido en unas simultáneas de 1972 a Bobby Fischer y ganarle una trabajosa partida al mismísimo Anatoly Karpov una década después, cuando el ruso ostentaba el título de campeón mundial. García Palermo estaba presente en el auditorio y recuerda aquel día con profunda desazón. “Se había pautado un match entre el Gran Maestro de Filipinas Eugene Torre y el bicampeón argentino Pablo Ricardi y un torneo en el hall central del Pasaje, pero no se pudo hacer nada. Fischer estaba difícil de tratar, por así decirlo. Muy incordioso, muy obsesivo”.

Lo que recuerda García Palermo se hizo evidente durante la hora y cuarto que duró aquella presentación. Vestido con saco y corbata verde y un rostro serio, de ojos cansados, Fischer sólo se limitó a explicar el reglamento de su nuevo juego y se negó a responder preguntas que no fueran por escrito. Le molestaban los flashes de las únicas dos cámaras fotográficas que había en el salón y parecía hasta asqueado de su propia traductora, a quien miraba con mala cara y corregía incluso en un castellano inentendible.

“Ya hacía unos días que estaba en el país pero se fue quedando solo, y eso se debió, estimo, a su discurso políticamente incorrecto y al antisemitismo que profesaba. Estaba obsesionado con ese tema y veía conspiraciones en su contra por todos lados” , clarifica el Gran Maestro surgido de La Plata, quien además de vencerlo en los setenta supo entablar una cordial y amigable relación con él. “ Yo no soy quien para diagnosticar –plantea García Palermo-, pero ese discurso antisemita y ese odio que no paraba de repetirte me parece que tenía que ver más con cuestiones psicoanalíticas que ideológicas. Fischer no tenía un discurso que fuera correcto mostrar, no estaba muy presentable, y fue así que se terminó quedando solo. Decía barbaridades y nada le venía bien. Se peleó con todos. Fue una lástima. Esa visita terminó siendo un fracaso y yo fui el último que lo vio irse del país: me llamó para pedirme que por favor lo llevara a Ezeiza”.

Furioso contra EE UU e Israel, de quienes decía que habían creado fuerzas especiales para perseguirlo, obsesionado con el nazismo y paranoico hasta el cansancio, Fischer fue un personaje extraño e incómodo para sus propios anfitriones

Había llegado el 8 de junio y lo primero que hizo al bajar del avión fue viajar hasta la Casa de Gobierno bonaerense y, luego de anunciar el 12 de julio como el día del lanzamiento del FischerRandom, posar junto al entonces gobernador Duhalde para una foto con tablero mediante. Fischer venía invitado por el entonces llamado Instituto Bonaerense del Deporte y se anunciaba como una visita histórica que cambiaría las reglas del ajedrez. Pero a la indiferencia que pareció surgir en torno a la idea noble y lúcida de ofrecer un juego en el que se mezclaran todas las piezas para empezar de nuevo, se le sumó también el hecho de que al genial Bobby, el impetuoso, inclasificable y paranoico Bobby, ya se le hacían evidentes las señales desesperadas y enfermizas que iban a terminar, doce años después, en la postal de sus últimos días como un ciruja descarriado en Reykjavik.

Se alojó en el hotel Etoile de la Recoleta y la primera conferencia se organizó en el Instituto que lo traía. Las instalaciones estaban colmadas de curiosos y fanáticos y reinaba la expectativa por ver y escuchar a quien alguna vez supiera destronar la hegemonía soviética en el ajedrez mundial. Sin variar jamás la expresión fría y distante que mostró desde su primera hora en el país, con una barba de científico recortada con prolijidad y una expresión que no se sabía si era de seriedad o de una profunda y sincera repugnancia, Fischer no comenzó hablando de lo que todos esperaban que hablase sino que lo hizo con una denuncia.

Fue algo inesperado: denunciaba haber sido víctima de una falsificación y del robo de la propiedad intelectual que tenía de su libro “Mis mejores 60 partidas”, editado hacía ya más de veinticinco años. Ante la sorpresa del público, que lo seguía entre desconcertado y crédulo, Fischer presentó al público su libro original y un CD Rom que, según decía hasta para sorpresa de su traductora, contenía las copias falsas que ahora servían como su gran prueba. Luego de mostrar la evidencia como quien revela un tesoro pero no espera recibir recompensa, imperturbable y distante como un témpano, el invitado de lujo empezó a largar una andanada de reproches contra el gobierno de Estados Unidos y a juramentar que la CIA y el FBI aún lo perseguían. Luego de esa conferencia, en la que poco y nada se habló del FischerRandom y su noble propósito, todo pareció seguir barranca abajo en la que sería la última visita de Fischer a la Argentina.

Quienes lo trajeron empezaron a pensarlo dos veces antes de invitarlo a dar una charla. Si bien sabían de los rasgos paranoicos e iracundos de Fischer, nadie esperaba que el norteamericano -quien fue vigilado por el FBI desde chico a causa de las simpatías comunistas de su madre Regina, de familia judía y quien había enviado a su hijo pequeño al psiquiatra porque sólo se vinculaba con el mundo a través de un tablero de ajedrez- se presentara tan intolerante y bramando a los cuatro vientos un antisemitismo y un odio que lo hacían ver como una especie de caricatura rabiosa de sí mismo.

Furioso contra los Estados Unidos e Israel, de quienes decía que habían creado fuerzas especiales para perseguirlo, obsesionado con el nazismo y paranoico hasta el cansancio, Fischer fue un personaje extraño e incómodo para sus propios anfitriones durante el casi mes y medio que estuvo en el país. “Al final se peleó con todos y quedó recluido en su hotel de Recoleta -confirma García Palermo-. Unos días después de la charla en La Plata, me llamó al teléfono de casa y me dejó un mensaje en un castellano imposible. ‘Soy Roberto’, me decía, y yo al principio no tenía la menor idea de quién era. Después me contacté con él y me pidió que lo fuera a ver a capital”.

Era fines de julio y García Palermo viajó hasta Buenos Aires junto al ajedrecista Walter Huber. “Cuando llegamos me dijo si lo podíamos llevar a Ezeiza -recuerda el platense-. Ahí me di cuenta de que estaba completamente solo y algo ido, contrariado. Me acuerdo que había comprado varios bolsos de cuero y se los tuvimos que cargar. No eran dos o tres bolsos. Eran muchísimos, una cantidad exorbitante pero se los quería llevar a todos”.

Durante el trayecto hasta el aeropuerto, Fischer no paró de hablar sobre las partidas que en la última década habían sostenido los ajedrecistas rusos Karpov y Kasparov, las cuales aseguraba estaban todas arregladas. “Se le había metido eso en la cabeza y nadie se lo podía sacar -precisa García Palermo-. Cuando yo le pregunté cuál era la lógica que ganara uno, él me decía que estaba acordado el vencedor para luego ir cambiándolo. Era muy difícil seguirlo. Parecía molesto, peleado con el mundo. Tan molesto y peleado que, pese a ser recibido con pompas y platillos, se terminó yendo sin nadie que fuera a despedirlo”.

Fischer, que ya a los 14 años era campeón nacional de Estados Unidos, dejó aquella vez nuestro país para nunca más volver. En su gesto serio, inconmovible, ya se le insinuaban los rasgos desorbitados que terminaría mostrando en Reykjavik, la ciudad que lo vio convertirse en el más grande de todos los tiempos y la que, como una vuelta irónica y despiadada del destino, doce años después lo vería también perderse para siempre en la locura y el adiós.

Es difícil discutir si Bobby Fischer fue el más grande de todos. A esta altura creo que se trata de una discusión bizantina. Es imposible saber quién fue el mejor de todos, porque todos los grandes maestros fueron distitnos y tuvieron su época. Lo que sí se puede decir es que, con Fischer, hubo un antes y un después en el ajedrez mundial

”. Carlos García Palermo

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