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Alfabetización de adultos: Una herramienta fundamental para interpretar la realidad

Los cursos duran 6 meses. Concurre gente grande, pero la mayoría son adolescentes

Elsa (54, 8 hijos) es santafesina y un día, ya hace muchos años, vino "a pasear" a La Plata y con esa libertad del que nada tiene, decidió quedarse y nunca más volvió a su ciudad. "Por ahí me gustó eso de las calles con número que son más fáciles que las que tienen nombre. Como no sé leer...", bromea sentada en la larga mesa del comedor "Los Pitufos" del barrio Santa Ana, bajo un techo de chapa agujereado y una construcción precaria, soportando ese frío al que está acostumbrada. "Vivo aquí cerca en una casita de chapa y madera y vengo aquí para aprender a leer. Nunca fui a la escuela. Siempre dependí de mi esposo que me leía los carteles, todo. Me manejaba por él. Y quiero empezar a manejarme por mí misma", dice con su nieto en brazos mientras se hace lugar para poner el cuaderno y el lápiz que saca del bolso, porque María y Matías, los maestros alfabetizadores, están por iniciar la clase.

Junto a Elsa está Aurora, de la misma edad y con 10 hijos que "sabía leer y escribir porque lo había aprendido de la vida". Siempre vivió en Santa Ana, cuando todo ese asentamiento no existía y era todo quinta y trabajo. Tampoco fue a la escuela porque no pudo, "siempre trabajé, desde muy chica, en casas de familia. Mi marido es albañil pero está desocupado desde hace tiempo, pero al menos, tenemos una casita de material". Cuando se le pregunta por qué está allí, en la escuelita, Aurora contesta con firmeza: "porque me gusta saber. Por ejemplo aquí descubrí para qué sirven las comas y en matemáticas puedo ayudar en los deberes a mi nena más chiquita". Ellas son las más grandes que concurren al curso de alfabetización que se dicta en el comedor tres veces a la semana. Pero la mayoría de los que van son jóvenes, adolescentes que buscan ascender un escalón para tener una oportunidad mejor en el mercado laboral.

"Los Pitufos" es conducido por Carina (33), que pelea por los chicos del barrio desde hace más de cinco años, cuando decidió dar respuesta a las necesidades del lugar y abrió el comedor al que van 190 chicos y algunos grandes. Integrante de la red territorial del Movimiento Octubres sabe que "no basta con dar de comer a las familias. Hay gente grande que no sabía leer, pero también muchos jóvenes que se habían olvidado o que habían dejado en los primeros grados. También hay que crear trabajo porque hace a la dignidad de la persona. El martes traen las máquinas para montar una panificadora". La Pitufa, como la llaman, también es alumna porque "mis hijos ya son grandes y me gusta entenderlos. A mi me costaba escribir y no podía ser. Así que salió esto y fui la primera que me anoté para aprender y poder desenvolverme sola".

EL HOMBRE DE PIE

Hace algo más de 10 años se realizó el Primer Encuentro por la Vida de los Niños de América latina organizado por la Provincia de Buenos Aires y la OEA. Allí, Marie Pascale Chevance Bertin se preguntaba al afrontar el tema de la pobreza y la indigencia: "siempre hablamos de los chicos, pero ¿dónde están sus padres? ¿Las sociedades de las que son ciudadanos, les dan condiciones para ser padres o los condenan a ser meros progenitores?... ¿Les dejamos un lugar a esos progenitores para ser padres o somos cómplices de las condiciones que hacen que sus hijos sean condenados? Ese niño, heredero de la pobreza, la marginación, ¿podrá decir sí a la vida o solamente no a la nada?". Bastantes años antes que los interrogantes de Chevance Martin, exactamente en los efervescentes años que precedieron al encuentro de obispos de Medellín y cuando se imponían políticas desarrollistas en el sur del continente, monseñor Helder Cámara los había respondido con una fórmula simple: "desarrollo es poner al hombre de pie".

La mitad de los adolescentes es pobre en la provincia de Buenos Aires y un 38,8 % de ellos es indigente; uno de cada cinco adolescentes no estudia ni trabaja; el 2,3 % de los adolescentes es analfabeto, son 12.382 los jóvenes de 14 a 21 que no saben leer ni escribir; el 80% de los chicos que se encuentran en institutos de menores es por causas asistenciales.

¿Se podrá ponerlos de pie? Enseñarles a leer y a escribir, es un paso. Capacitarlos y crearles fuentes de trabajo, otro. El Programa Nacional de Alfabetización "Encuentro" es un plan del Ministerio de Educación de la Nación en conjunto con el Frente de Organizaciones Populares (FOP), entre las que se encuentra Octubres. Su responsable del Programa, Lucrecia Gusmerotti, explica que "nosotros decidimos instrumentar este programa porque consideramos que alfabetizar es unas de las herramientas necesarias para comprender nuestro medio, nuestro mundo y participar en igualdad de condiciones. Es un punto de partida para pensar críticamente acerca de nosotros mismos y de nuestras prácticas. Significa empezar a participar de la cultura, de la literatura y de la historia. Porque la educación también es reflexionar sobre nuestro pasado, nuestro presente y lo que queremos sobre nuestro futuro. Por esa razón, pensamos que aprender a leer y a escribir es un derecho impostergable de nuestro pueblo". En La Plata, "mantenemos 16 centros de alfabetización con un total de 65 alumnos que son atendidos por 15 alfabetizadores y 2 capacitadores. Precisamente este mes de julio se realizará la primera entrega de diplomas para varios de los centros de La Plata. Las personas que reciban el certificado podrán continuar sus estudios en la Rama Adultos de la Dirección General de Escuelas de la Provincia. Tanto los capacitadores como los alfabetizadores son voluntarios y dan clases dos o tres por semana, generalmente en los comedores o en casas particulares. La duración de cada clase es de dos horas. El curso dura seis meses".

Cuando visitó nuestro diario el escritor y diplomático Abel Posse el jueves pasado, calificó casi de escándalo que en la Argentina hubiera chicos que mueren desnutridos. Trágica paradoja de un país productor de alimentos para el resto del mundo. Contó también el asombro de los españoles al ver que sus entidades de solidaridad nos enviaban alimentos mientras llegaban a sus puertos barcos argentinos cargados de carne y cereales destinados al Mercado Común Europeo. El mismo barrio Santa Ana sintetiza esa dramática paradoja. En el lugar en donde hoy se levantan casillas precarias de madera y chapa, había quintas y trabajo. Sin embargo en Santa Ana habita la esperanza, que nunca es sinónimo de resignación. La misma que le hacía decir a Posse el jueves pasado, que era optimista sobre el futuro del país, destacando para sostener su esperanza, las redes solidarias y las manifestaciones espontáneas del pueblo, "que lo hacen resistir porque tienen voluntad de vivir".

LALO PAINCEIRA

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