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Editorial

La educación para adultos, un servicio indispensable

La educación para adultos, un servicio indispensable

El impulso brindado a la educación para adultos -que se refleja en un ostensible crecimiento del número de alumnos mayores de edad que se inscriben para completar los estudios secundarios- constituye no sólo un paso positivo para cada uno de los inscriptos sino para la propia sociedad, entre otros motivos porque da una respuesta válida al crecimiento de los índices de vida, ofreciendo la alternativa de las aulas que, luego, puede conducirlos a los niveles universitarios y, a su vez, porque repara las deficiencias del sistema que permitió la deserción de esos estudiantes ahora recuperados.

Tal como se acaba de informar en este diario, en 2015 los adultos inscriptos para terminar sus estudios en los Centros Educativos de Nivel Secundario (CENS) eran 174.870. Hoy, son 645.204: unos 545.000 cursan primero, segundo y tercer año del secundario, los 100.000 restantes la primaria de adultos. En cuatro años, la matrícula creció un 268 por ciento según datos ofrecidos desde la Dirección General de Cultura y Educación bonaerense.

Se recordó que los CENS son la institución vertebral del nivel secundario para adultos y que están destinados a personas que quieran retomar o iniciar sus estudios. Tienen un plan de tres años, que pueden ser menos, dependiendo de las materias aprobadas. Se indicó que la Provincia cuenta con 2.579 espacios físicos para la educación de adultos: 21 en La Plata, 2 en Ensenada y 3 en Berisso.

Las fuentes consultadas reseñaron que en la Provincia un 76 por ciento de los directores de secundaria consultados durante las pruebas Aprender 2017 advirtió que el abandono escolar era un problema en su escuela e identificaron como principal causa de la deserción (56 por ciento) que los estudiantes necesitan trabajar. Otros sostienen que el crecimiento de la matrícula adulta obedeció, principalmente, a que se amplió la oferta educativa para adultos.

A grandes rasgos conviene poner de relieve que la cada vez mayor superpoblación de adultos y, por cierto, de longevos, ha empezado a crear derivaciones problemáticas, que debieran ser resueltas en forma perentoria: la primera de ellas, una debida formación que sirva para insertarlos en las demandas de una sociedad cada vez más necesitada de capacitación y conocimiento en las personas que la integran.

Acrecentar las franjas de población activas resulta, además, imperativo desde todo punto de vista. La desocupación a edades tempranas, la pasividad prolongada de muchas personas que cronológicamente están en condiciones de brindar su aporte, constituyen gravísimos problemas para la sociedad, que puede perder sus ricas potencialidades y verse obligada a mantener a muchos seres ociosos y privados de formación.

Lo que se requiere, entonces, es mantener abiertas estas alternativas, sin perjuicio de que el Estado extreme medidas destinadas a que los escolares completen sus estudios primarios y secundarios, otorgándoles así una mayor posibilidad de inclusión y evitando que existan muchas personas devaluadas por su falta de instrucción. Pero frente a las comprobadas deficiencias que se presentan en la escolaridad, los cursos para adultos -en la medida que cumplan con las exigencias de enseñanza y aprendizaje- conforman un servicio indispensable que, a su vez, honran la mejor tradición de la educación pública en nuestro país.

 

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