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Información General |Negligencias, falta de planificación y un Estado que muchas veces llega tarde

Fuego y drama en el sur: historias que se repiten, el factor humano y la desidia

A 30 años de una catástrofe que marcó a Bariloche en 1996, el avance de las llamas expone hoy un patrón que se repite desde hace décadas con consecuencias terribles

Fuego y drama en el sur: historias que se repiten, el factor humano y la desidia

Efectivos se alejan de las enromes llamas que avanzan sobre bosques y atraviesan la ruta / ap

10 de Enero de 2026 | 04:31
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El fuego volvió a avanzar sobre la Patagonia y, una vez más, la escena es conocida. Bosques consumidos por las llamas, evacuaciones desesperadas, rutas cortadas, pueblos cubiertos de humo y brigadistas enfrentando un enemigo que parece incontenible. En Epuyén y distintos puntos de la Comarca Andina, en la provincia de Chubut, los incendios forestales reavivan un drama que el sur argentino arrastra desde hace décadas y que, lejos de resolverse, se repite con una persistencia alarmante.

Durante los primeros días de enero de 2026, más de 200 brigadistas provinciales y nacionales combatían focos activos en la cordillera chubutense. El fuego obligó a evacuar distintas zonas, destruyó viviendas, afectó escuelas, y avanzó sobre tramos de la Ruta 40, uno de los principales corredores de la región. Miles de hectáreas de bosque nativo, matorrales y áreas productivas quedaron reducidas a cenizas, mientras el viento, la sequía y las altas temperaturas aceleraban la propagación de las llamas.

Un incendio que ya ocurrió otras veces

Lo que hoy sucede en Chubut no es una excepción ni un fenómeno inesperado. El 10 de enero de 1996, hace exactamente 30 años, un incendio iniciado en el valle del Challhuaco avanzó sin control sobre el cerro Catedral y marcó para siempre a Bariloche y a toda la región andinopatagónica. Aquella catástrofe dejó pérdidas ambientales irreversibles, viviendas destruidas y una fuerte sensación de impotencia frente a la falta de recursos, planificación y coordinación del Estado.

Treinta años después, el escenario se repite con inquietante similitud. Cambiaron los nombres de los organismos, se incorporaron tecnologías y se multiplicaron los discursos oficiales, pero el fuego vuelve a encontrar el mismo terreno fértil: bosques cargados de material combustible, poblaciones cada vez más próximas al monte y una prevención que nunca termina de consolidarse.

Incendios de interfase: cuando el fuego llega a las casas

Una de las constantes que une el incendio de Bariloche en 1996 con los actuales focos en Epuyén es el avance del fuego sobre zonas habitadas. Los incendios de interfase, aquellos que se desplazan desde el bosque hacia áreas pobladas, se volvieron cada vez más frecuentes y devastadores en la Patagonia.

La expansión urbana sin planificación, la construcción de viviendas en zonas de alto riesgo y la ausencia de planes de manejo del territorio convierten a pueblos enteros en trampas frente al fuego. Cuando las llamas avanzan, ya no está en juego solo el bosque: también lo están las casas, las escuelas, los centros de salud y la vida de miles de personas.

La mano del hombre, un patrón que se repite

Detrás de la mayoría de los grandes incendios patagónicos aparece un denominador común: la acción humana. Negligencias, fuegos mal apagados, quema de residuos, actividades recreativas sin control e incluso episodios intencionales explican el origen de muchos focos. En Epuyén, como en otros incendios recientes de la Comarca Andina, las primeras investigaciones apuntaron a descuidos humanos en un contexto climático adverso.

La ausencia de tormentas eléctricas en varios de estos episodios refuerza una conclusión incómoda: gran parte de los incendios podrían haberse evitado. Sin embargo, año tras año, la advertencia parece diluirse. Falta educación ambiental sostenida, sobran controles laxos y las sanciones rara vez funcionan como elemento disuasivo.

El Estado, siempre detrás del incendio

El incendio de 1996 fue presentado como un punto de inflexión. De aquella tragedia surgieron organismos como el Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales (SPLIF) y se fortaleció el Plan Nacional de Manejo del Fuego. Hubo avances en capacitación, equipamiento y coordinación entre jurisdicciones. Pero los incendios actuales muestran que esos progresos resultan insuficientes frente a un escenario cada vez más complejo.

Como hace tres décadas, los brigadistas vuelven a enfrentar incendios de gran magnitud con recursos limitados, mientras las distintas jurisdicciones discuten responsabilidades y la respuesta estatal llega cuando el daño ya es irreversible. En más de una oportunidad, la solución termina siendo la misma que en 1996: esperar que el clima cambie y que la lluvia haga lo que la previsión no logró.

Un drama anunciado y evitable

La repetición de los incendios en la Patagonia expone una verdad difícil de eludir. El fuego no es solo una catástrofe natural: es el resultado de decisiones postergadas, de previsiones que no se sostienen en el tiempo y de una convivencia cada vez más riesgosa entre el bosque y la actividad humana.

A 30 años del incendio que arrasó el cerro Catedral, el sur argentino vuelve a arder. Y mientras el fuego siga encontrando los mismos factores —negligencia humana, expansión sin control y desidia estatal—, la historia continuará escribiéndose con las mismas llamas, los mismos errores y las mismas pérdidas.

3.500 hectáreas
Las que llevaba consumidas hasta ayer, según datos oficiales, el incendio en Chubut. Además, obligó a evacuar a miles de personas y destruyó viviendas. Se trata de uno de los siniestros más importantes registrados en los últimos tiempos en esa región.

 

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