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Juventud musical en la Catedral

Por: Nicolás Isasi

A modo de reafirmar la decisión tomada en 2017, la Fundación Catedral de La Plata brindó un concierto con Esteban Arámbulo, ganador del 1º Concurso de Piano organizado por dicha institución. Nacido en Tres Arroyos en 1996, Esteban comenzó a estudiar música con sólo una década, junto a Lucía Cavecchia en piano y a Federico Amodeo en guitarra, en el conservatorio de su ciudad natal; y actualmente continúa sus estudios en el Instituto Universitario Patagónico de las Artes bajo la tutela de Fabrizio Danei.

El programa comenzó con el “sonetto 104 de Petrarca” de Franz Liszt (1811-1886). La obra presenta un carácter romántico y algo frenético, por momentos inestable, que se aprecia tanto en la melodía como en la administración de los silencios. La interpretación de Arámbulo sobre el compositor y pianista húngaro, quien fuera alumno de Salieri y un joven virtuoso admirado por el mismísimo Beethoven, tuvo dos facetas. Al comienzo de la primera pieza presentó algunos desajustes en los pasajes más agudos. Sin embargo, el estudio de ejecución trascendental Nº 7 que siguió a continuación, tuvo la fuerza suficiente como para mantener el eje del tema principal repetido al unísono en ambas manos, tanto en el registro agudo como en el grave de principio a fin. Cabe destacar que las obras para piano de Liszt presentan un gran nivel de dificultad. Y esta afirmación es lógica si pensamos que llevó el mote de ser “el pianista técnicamente más avanzado de la época” (muchos incluso lo consideraron como uno de los mejores del mundo).  

Los tres preludios de Gershwin (1898-1937) fueron brillantes y se notaba el disfrute del joven pianista al interpretarlas. Aun sabiendo que la acústica del Salón Auditorio San Francisco de Asís no es la de una sala teatral de conciertos, el hecho de estar a metros de las antiguas catacumbas de la Catedral, hace que la música cobre una dimensión diferente. Y una de las obras más celebradas por el público presente fue el scherzo nº 2 op. 31 de Fryderyk Chopin (1810-1849), una obra compuesta en la mitad de su carrera dedicada a la condesa Adèle Fürstenstein. El espeluznante pero atrapante inicio con los tresillos, sumado a las respuestas sonoras y brillantes de gran contraste, generan un deleite particular en el más maravilloso de los cuatro scherzi del maestro polaco. La interpretación sentida y enérgica de Arámbulo, fue consistente y recibió la ovación de la platea en la noche del miércoles.

Para terminar, el preludio en Do menor po. 3 de Rajmáninov (1916-1937) dejó oír los acordes imponentes que sobre el final llegaban al rallentando como si fueran las campanadas de la misma Catedral. Y de las tres danzas del Mº Alberto Ginastera (1916-1983), se destacó la moza donosa, con aire galante y final disonante que dio paso a la última pieza del concierto: la danza del gaucho matrero, mucho más rústica y rítmica que las anteriores, citando ciertos pasajes del mítico malambo del máximo compositor argentino de todos los tiempos. Discreto y con pocas palabras, el joven músico de 22 años que cursa el 4º año del Profesorado Universitario de Interpretación Musical y el 3º año de la Tecnicatura de Interpretación Musical, luego de los aplausos se dirigió al público y dijo: “gracias, yo al menos lo disfruté, espero ustedes también”, concluyendo con este concierto su merecida premiación. 

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